
Hay ciudades que entienden la salud únicamente como la ausencia de enfermedad. Otras empiezan a comprender que una sociedad sana y en bienestar también depende de la calidad de sus vínculos, de la posibilidad de expresar las emociones, de sentirse parte de una comunidad y de generar espacios para moverse, crear, encontrarse y celebrar. Bogotá quiere pertenecer a ese segundo grupo.
Poco se ha conversado en las últimas décadas sobre los vínculos entre cultura y salud. Como si una perteneciera al mundo del entretenimiento y la otra al de los hospitales. Como si el arte sirviera para distraernos, pero no para ayudarnos a vivir mejor.
En años recientes, no solo hemos comprendido sino constatado algo distinto. Cada vez más investigaciones indican que participar en actividades artísticas, culturales o de movimiento fortalece la salud mental, reduce la soledad, mejora el bienestar emocional y contribuye incluso a prevenir enfermedades asociadas al aislamiento y al estrés. No es una intuición romántica. Es un campo de conocimiento que hoy inspira políticas públicas en numerosos países y que empieza a transformar la manera como las ciudades entienden el cuidado.
En Bogotá decidimos asumir ese desafío.
Desde la Administración de Carlos Fernando Galán reconocemos que la cultura no es solamente un sector que produce bienes, servicios o espectáculos. La cultura es un determinante de la salud y el bienestar. Por eso nació EstarBien Bogotá, una estrategia que une a las secretarías de Cultura, Recreación y Deporte; Salud, Educación e Integración Social para trabajar, desde el arte y las prácticas de movimiento, con dos poblaciones particularmente vulnerables: adolescentes con ideación suicida y personas mayores en riesgo de soledad no deseada. La decisión no surgió de una moda. Surgió de una realidad que nos interpela.
Vivimos en una época atravesada por una paradoja. Nunca habíamos estado tan conectados tecnológicamente y, sin embargo, millones de personas experimentan una profunda sensación de aislamiento. La ansiedad, la depresión, la ideación suicida y la soledad se han convertido en algunos de los grandes desafíos de la vida urbana contemporánea. En Bogotá, casi una de cada cinco personas ha reportado haber tenido ideación suicida alguna vez, mientras una parte importante de las personas mayores enfrenta condiciones de soledad persistente.
Frente a esa realidad, la respuesta no puede limitarse a la consulta médica. La salud también necesita plazas, bibliotecas, parques, escenarios, centros culturales, salones de baile, caminatas, música, teatro, danza y espacios donde la expresión individual o colectiva sea posibilidad de reflexión, contacto y diálogo.
Porque el bienestar también ocurre cuando alguien encuentra un lugar para cantar después de años de silencio. Cuando una persona mayor recupera el deseo de salir de su casa para encontrarse con otros. Cuando un adolescente descubre que puede nombrar lo que siente sin miedo a ser juzgado.
Eso es lo que hemos visto en EstarBien Bogotá. Más de 9.900 personas han participado en la estrategia desde 2024 en 16 localidades de la ciudad. Pero el dato más importante no es el número de participantes. Es que ha disminuido la percepción de soledad entre las personas mayores y aumenta, entre los adolescentes, la capacidad de reconocer su propio valor y expresar sus emociones. Las cifras importan porque detrás de ellas hay vidas que empiezan a cambiar.
Lo que está en juego es mucho más que un programa. Es una nueva manera de entender la política pública. Durante décadas discutimos cuánto invertir en infraestructura cultural. Hoy debemos empezar a preguntarnos cuánto bienestar producen esas infraestructuras. Ya no basta con construir escenarios; necesitamos construir relaciones. Ya no basta con garantizar acceso a la cultura; debemos reconocer también su capacidad para cuidar.
Por eso, del 29 de agosto al 6 de septiembre, Bogotá realizará la primera Semana del Bienestar Bogotá: Cultura y Salud para Vivir Mejor. Durante nueve días, la ciudad se convertirá en un gran laboratorio del bienestar, con más de 100 actividades abiertas al público y la participación de más de 90 expertos, investigadores, artistas, facilitadores y líderes provenientes de más de 15 países de Iberoamérica, Europa, Estados Unidos y África. Habrá talleres de movimiento, caminatas, meditaciones, conversaciones, paneles, entrevistas, experiencias de innovación y una feria de emprendimientos que exploran nuevas maneras de fortalecer el bienestar desde la cultura. Será, sobre todo, una oportunidad para que Bogotá dialogue con el mundo y para demostrar que esta conversación ya no pertenece únicamente a los especialistas, sino a todos los ciudadanos.
Nuestro propósito no es convertir la cultura en una medicina ni reducir su valor a sus efectos terapéuticos. La cultura seguirá siendo, ante todo, un derecho y un espacio de libertad. Pero precisamente por eso puede ayudarnos a vivir mejor. Porque allí donde una persona crea, baila, lee, canta, conversa o comparte una experiencia artística, también se fortalecen la confianza, la empatía, el sentido de pertenencia y la esperanza.
El terremoto del pasado 10 de agosto en Colombia nos enseña que una ciudad no se reconstruye únicamente cuando repara sus calles, sus edificios o su infraestructura. También necesita prever cómo acompañar el duelo, el trauma, la tristeza o la soledad que quedan cuando ocurre una tragedia.
En una ciudad tan grande y diversa como Bogotá, esa tarea debe ser permanente: el cuidado tiene que estar presente en el día a día de las personas, en sus comunidades y en los lugares donde transcurre su vida. Hacer del bienestar una dimensión de la política pública es también construir ciudad: fortalecer los vínculos, crear espacios de encuentro y ofrecer herramientas para que las personas puedan atravesar juntas los momentos que las transforman. Esa dimensión del cuidado, que no siempre se ve, también hace parte de la recuperación de un territorio y de la vida de quienes lo habitan.
Quizá una de las grandes tareas de las ciudades del siglo XXI sea esa: aprender que cuidar no es solamente curar. Y que, muchas veces, el primer paso para sanar comienza cuando dejamos de sentirnos solos.
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