
Un balance del Gobierno Petro y, a la vez, una respuesta al 'Libro de la verdad' de De la Espriella
Juan Carlos Botero, en su columna del 14 de agosto, en El Espectador, escribió: “El gobierno de izquierda fue un fracaso rotundo en todos los frentes”. Y a partir de allí le exigió una autocrítica a esta corriente política. Me llamó mucho la atención que, en algunos chats, esta afirmación y esta petición generaran una extensa conversación. Incluso vi que en uno de ellos el senador Iván Cepeda, jefe de la oposición, respondió con una decencia y una paciencia enorme a la frase, reconociendo algunos errores del Gobierno de Gustavo Petro y, en todo caso, defendiendo la política social y otros aciertos del proyecto político.
No entendía yo que una posición de este tipo pudiera merecer la atención de intelectuales y políticos de trayectoria, y menos del excandidato Cepeda. Tampoco entendería que un líder político, un intelectual o un conocido militante de la izquierda pudiera desatar un debate con la afirmación de que el presidente Gustavo Petro “fue un éxito absoluto en todos los campos”.
Afirmaciones de esta naturaleza no son serias ni ayudan a mirar los altos y bajos de un gobierno, cualquiera sea su perspectiva política. Es cierto que el Pacto Histórico tiene la obligación de hacer un balance de la administración Petro, y se lo debe a su militancia y al país. Podría ser, además, una respuesta prolija al publicitado libro La verdad del presidente Abelardo de la Espriella. Quizás el escenario ideal para ese balance sea el Congreso que ese partido ha citado para el mes de noviembre. Es una ocasión para lavar la ropa sucia en casa.
Eso significaría que los dirigentes de la colectividad mantienen la serenidad y no se dejan presionar por personas francamente interesadas en hacerles daño o, incluso, por personas bien intencionadas que poco o nada saben de la enorme dificultad que significa gobernar a un país como Colombia. No nos paren muchas bolas a los analistas: somos gente que miramos la política desde la barrera, a veces acertamos, solo a veces, y tenemos la vanidad de reclamar esos ciertos por meses o años.
He oído decir muchas cosas sobre el Gobierno de Petro. Una directora, de una prestigiosa fundación, dijo ante un auditorio de funcionarios de un banco multilateral que Petro la había defraudado completamente, que todas sus expectativas se vinieron al suelo con el paso de los días, ante lo cual le pregunté amablemente por su voto en la segunda vuelta de 2002 y dijo, sin sonrojarse, que había votado en blanco porque no creía en Petro y ante semejante respuesta me vi obligado a decirle que entonces el presidente había colmado sus expectativas y debía estar muy satisfecha.
También le oigo decir ahora a intelectuales, periodistas y dirigentes políticos que Iván Cepeda se equivocó de plano al no abrir las puertas para grandes e importantes alianzas políticas y también para conseguir una financiación cuantiosa de la campaña política. Son los mismos que ayer le criticaron a Petro sus alianzas con políticos tradicionales, algunos con una reputación non sancta, o que hubiese permitido que el Clan Torres le metiera un billete largo a las presidenciales de 2022.
Pero detrás de la crítica, quizás justa, de que a Cepeda le faltó alguna audacia, alguna decisión oportuna para buscar a las fuerzas del centro político y persuadirlas de una alianza que permitiera detener el ascenso de esta nueva derecha agresiva, fanática si se quiere, chambona, según lo que hemos visto en los primeros quince días de gobierno; detrás de eso hay un hecho irrefutable: la izquierda sola arrastró la mitad de la votación del país y eso nunca se había visto. La izquierda debe aferrarse con uñas y dientes a esa realidad. No puede permitir que menoscaben esa victoria relativa o mejor esa derrota que tiene la dignidad que no tienen algunas victorias.
La mayor responsabilidad con este electorado rebelde y copioso les corresponde a Gustavo Petro y a Iván Cepeda. Por ningún motivo se pueden dividir. No se pueden separar. Tienen la obligación de cohabitar, de conversar, de negociar sus diferencias en el momento en que se presenten. Son dos historias distintas, dos temperamentos, dos personalidades diferentes, dos pensamientos, pero tienen un lazo que los amarra: las reformas sociales, la superación de las brechas y las inequidades de este país y eso tiene que estar en el centro, en el corazón, de cada decisión.
Leí con detenimiento El libro de la verdad presentado en evento del presidente Abelardo de la Espriella, su vicepresidente, la fiscal general, el procurador y el contralor. Si no leí mal, buena parte del contenido del libro recoge información de esos organismos de control y de justicia presentes en el acto. Es un documento crítico de la capacidad administrativa y de los bajos niveles de ejecución del Gobierno anterior y también sobre algunos escándalos de corrupción ya denunciados en los medios de comunicación. Es una gran oportunidad para el Pacto Histórico le meta el diente al libro y elabore una visión detallada de lo realizado por el Gobierno sin esquivar la crítica. Debo decir que ese libro me pareció “un parto de los montes” y no entiendo cómo diarios con una larga trayectoria periodística y periodistas avezados se dejaron meter los dedos en la boca y lo presentaron como un gran documento de balance y un compendio nunca visto de la corrupción pública.
¡Ah! Y por favor, doctor Cepeda, mantenga su acostumbrado tono en el debate, no se deje arrastrar al lodazal, no se meta nunca en la alcoba de nadie, no ventile ninguna intimidad. Alguien debe actuar con pudor, con algo de pudor, y algún día tendremos que darle altura el debate político y convertirlo en un cruce intelectual de espadas, donde no se consienta el insulto, ni la degradación, ni la mentira descarada.
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