
Nino Bravo no era el cantante favorito de quienes le debemos gran parte de la educación sentimental a la canción protesta, la Nueva Trova Cubana, los poemas musicalizados de los grandes poetas y al rock en español. Nuestro repertorio estaba lleno de letras de Joan Manuel Serrat, Pablo Milanés, Mercedes Sosa, Víctor Jara, Silvio Rodríguez, Joaquin Sabina y León Gieco, entre tantos otros que sonaban en los bares llenos de afiches de figuras revolucionarias y de películas como La historia oficial o La noche de los lápices. Rotábamos los casetes piratas y asistíamos sin falta a sus conciertos. Pero Nino Bravo no estaba en los favoritos de mi grupo de amigos.
De igual forma nos sorprendió que incluyeran en la nómina de cantantes invitados al chileno Alberto Plaza en el legendario concierto ‘Todas las voces todas’ que se realizó entre el 7 y el 9 de junio de 1996 en el estadio Rumiñaui de Quito, ante más de 12.000 espectadores en beneficio del proyecto La Capilla del Hombre del pintor ecuatoriano Oswalddo Guayasamín. La inclusión de Plaza parecía un error tratándose de un artista que muchos consideraron cercano a la dictadura de Augusto Pinochet.
El asunto era que Nino Bravo no se escuchaba en aquellas tertulias porque circulaba la leyenda de que su canción Libre había sido escrita en memoria de Peter Fechter, un joven de dieciocho años que murió desangrado tras intentar cruzar el Muro de Berlín en 1962 y que la dictadura chilena ponía a todo volumen en las cárceles donde estaban miles de estudiantes detenidos y torturados para acallar sus gritos. El régimen la incorporó a su imaginario propagandístico y Libre comenzó a sonar como un emblema del régimen construido precisamente sobre la negación de las libertades. Décadas después se sigue cantando en eventos de Vox y la interpreta Javier Milei, entre otros.
Sin embargo, uno de sus compositores, Pablo Herrero, fue enfático al desmentir esta leyenda: “No se inspiró en esa historia. Fue menos épica, mucho más doméstica, menos importante. Esto fue el producto de una rebeldía, de una generación que había nacido en España justo después de la guerra y que vivimos la dictadura a base de una fuerte represión que se extendió hasta el año 75, que fue cuando murió Franco. Sin embargo, esta canción es del año 1972, y él estaba todavía vivo. No teníamos que mirar a Alemania. Lo estábamos viviendo aquí. La falta de libertad era manifiesta”. Si bien la muerte del joven Fechter es una herida que debe doler por siempre a toda la humanidad y merece todos los poemas y canciones que lo honren, el hecho de que la leyenda dijera que la canción era inspirada en este hecho histórico concreto la convirtió en un emblema anticomunista.
Con el tiempo, mis amigos y yo empezamos a escuchar a Nino Bravo con menos prevención y más emoción. Sus canciones nos hablaban de otra forma con el paso del tiempo y Noelia, América, América, Te quiero, te quiero y, por supuesto, Libre y Un beso y una flor se fueron añadiendo al repertorio de nuestros bares, reuniones y al respectivo karaoke. Como las buenas canciones, estas también hablan de la experiencia humana sin importar el tiempo y la circunstancia. Llegaron tarde pero llegaron al cancionero indeleble del corazón.
Por eso, la noticia de que Un beso y una flor se empezó a corear en las tribunas donde estaba la hinchada española en el estadio MetLife de Nueva Jersey el pasado 19 de julio, minutos después de culminar la final del Mundial de fútbol y cuando comenzaron a circular los videos de las multitudes de aficionados cantándola a todo pulmón por algunas calles de Madrid y otras ciudades de España, la emoción se contagió con rapidez. Cinco décadas después, Nino Bravo otra vez ocupaba el centro de una emoción colectiva. Así, de manera espontánea, una canción que había estado en los primeros lugares de los listados de éxitos hace más de cincuenta años volvía a estar en el corazón de una nación que acaba de conquistar su segundo título mundial. Era una nueva generación la que cantaba hoy, con banderas y camisetas de la selección española y la decretaba como la banda sonora de un mundial inolvidable.
Un país se reconocía en esas letras, en esos versos sencillos que cohesionaban a una sociedad que está dividida en lo político. Esa fractura se alivió un instante al grito unísono de “Al partir, un beso y una flor / Un ‘te quiero’, una caricia y un adiós / Es ligero equipaje / Para un tan largo viaje / Las penas pesan en el corazón // Más allá del mar habrá un lugar / Donde el sol cada mañana brille más / Forjarán mi destino / Las piedras del camino /Lo que nos es querido siempre queda atrás”.
He visto varias veces los videos y me emociono como si esa victoria me perteneciera. Es escuchar que esa canción, que ya hace parte de la historia cultural de la lengua española y que nos ha permitido abrazar a los afectos verdaderos, era un himno de la victoria. Un beso y una flor pertenece a la memoria sentimental de las dos orillas del Atlántico. Los jóvenes españoles la cantaban para celebrar y recordar a sus abuelos con quienes fueron por primera vez a un partido. Cantar esta canción por las calles era celebrar también con sus muertos y antepasados como si ese grito pudiera escucharse más allá del cielo.
Las canciones, como los poemas, los mitos y los relatos, no pertenecen a gobiernos sino al pueblo y así con espontaneidad cohesiona al colectivo y lo conecta con una misma emoción. Nadie lo planeó. No había un libreto. Alguien la empezó a cantar en la tribuna y todos los demás descubrieron que esas palabras hablaban también por la emoción de ellos. Esa es la fuerza y el poder de la poesía siempre.
¿Cuántos de esos jóvenes escucharon por primera vez Un beso y una flor en un casete que sonaba durante un viaje de vacaciones, en la radio de sus abuelos, o en una fiesta familiar? ¿Cuántos descubrieron esa melodía sin saber siquiera quién era Nino Bravo? Así nacen los verdaderos himnos nacionales y por eso permanecen y hacen parte de esa memoria familiar que atraviesa generaciones.
Ver esa euforia me hace pensar en que la canción recuperó su destino y regresó nuevamente a la emoción genuina de la gente. Para cada persona la letra y la melodía trae una historia y unos recuerdos distintos. Esta nueva generación la llena de un nuevo sentido y le añade una alegría adicional para que siga sobreviviendo en el tiempo “lejos de aquí”.
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