
‘Michael’: una película en la que el mito eclipsa al hombre
La película biográfica sobre Michael Jackson recuerda el talento inmenso, la música y el espectáculo monumental del artista, pero difícilmente describe al hombre detrás del mito. Una visita más al museo cuidadosamente iluminado de su leyenda.
Hay artistas cuya muerte no clausura una carrera, sino que inaugura una industria. Michael Jackson pertenece a esa categoría extraña de figuras culturales que continúan produciendo imágenes, nostalgia y debate incluso décadas después de desaparecer. La nueva biopic Michael, dirigida por Antoine Fuqua y protagonizada por su sobrino Jaafar Jackson, intenta condensar todas las versiones posibles del cantante —el prodigio, el genio, la víctima, el monstruo mediático— en una sola narrativa. Lo que termina revelando, sin embargo, es algo más interesante: la dificultad contemporánea de mirar a Michael Jackson sin convertirlo inmediatamente en mito.
La película funciona menos como una exploración biográfica que como una restauración emocional. Desde el inicio queda claro que Michael no quiere interrogar a su protagonista; quiere devolverle solemnidad. Cada encuadre parece diseñado para reconstruir la majestuosidad perdida del rey del pop. Y ahí aparece el problema central de la cinta: mientras más intenta humanizarlo, más cuidadosamente evita aquello que lo volvió verdaderamente humano: sus contradicciones, sus zonas oscuras y la ambigüedad moral que rodeó los últimos 20 años de su vida pública.
La decisión no es casual. Después de Leaving Neverland (2019), cualquier representación de Jackson existe bajo una tensión inevitable. Ya no basta con admirar el genio musical; también existe la pregunta incómoda sobre qué hacer con figuras cuya obra permanece culturalmente inmensa mientras las acusaciones alrededor de ellas continúan abiertas en la memoria pública. Michael responde a ese conflicto de la forma más tradicional posible: desplazándolo.
La película transforma el trauma en explicación total. Joseph Jackson aparece como el origen psicológico de todos los dolores futuros del cantante: la obsesión con el perfeccionismo, la imposibilidad de vivir una infancia normal, la necesidad enfermiza de aprobación. El sufrimiento funciona aquí como mecanismo de absolución narrativa. Y aunque la película nunca niega explícitamente las controversias, tampoco se atreve a habitarlas con profundidad. Cada vez que el relato amenaza con entrar en terrenos incómodos, vuelve rápidamente al espectáculo. Y el espectáculo, hay que admitirlo, funciona.
Las secuencias musicales son extraordinariamente eficaces. Hay momentos en los que Jaafar Jackson deja de parecer un actor imitando a Michael y comienza a sentirse como una especie de recuerdo corporal del artista. La precisión física resulta inquietante: no solo reproduce los pasos de baile sino pequeñas pausas, inclinaciones y gestos que forman parte de la memoria colectiva del pop moderno. En esos momentos, la película logra capturar algo genuinamente poderoso: la dimensión casi sobrenatural del magnetismo escénico de Jackson.
Pero ahí también se vuelve evidente otra paradoja. Michael entiende perfectamente el tamaño del ícono, pero parece incapaz de imaginar al hombre fuera del escenario. Cada escena íntima se siente subordinada a la necesidad de preservar el mito. La película nunca permite que Jackson sea verdaderamente extraño, contradictorio o perturbador. Y Michael Jackson era, precisamente, todas esas cosas.
Por eso, los documentales sobre él terminan siendo mucho más interesantes que esta biopic cuidadosamente administrada. Leaving Neverland, de Dan Reed, no funciona únicamente por las acusaciones que presenta, sino porque comprende algo esencial: Jackson no puede analizarse desde la pura fascinación. El documental explora cómo el carisma y el poder pueden coexistir con dinámicas profundamente inquietantes, y cómo el culto emocional alrededor de ciertas celebridades vuelve casi imposible cualquier juicio claro.
Incluso Michael Jackson’s this is it —un documental construido prácticamente como homenaje— consigue mostrar una fragilidad que Michael apenas roza. Entre ensayos y correcciones aparece un hombre agotado, atrapado dentro de la obligación permanente de seguir siendo Michael Jackson. Hay algo triste en verlo intentar sostener un mito que ya parece demasiado pesado para su propio cuerpo.
La película de Fuqua evita casi siempre esa tristeza real. Prefiere una narrativa más segura: la del genio incomprendido perseguido por la prensa y destruido por la fama. El problema es que Michael Jackson nunca fue solo una víctima. También fue una de las figuras más poderosas del entretenimiento global, alguien capaz de controlar narrativas, construir fantasías culturales y moldear la percepción pública de sí mismo durante décadas. Reducirlo únicamente al dolor termina simplificando aquello que lo volvió fascinante.
Porque la verdadera extrañeza de Michael Jackson no estaba solo en las acusaciones o en la cirugía estética, sino en la manera en que parecía existir permanentemente como performance. Su voz, su rostro cambiante, Neverland, su relación pública con la infancia: todo en él transmitía la sensación de alguien incapaz de vivir fuera de una escenografía emocional. Incluso sus momentos más íntimos parecían cuidadosamente coreografiados.
La película apenas insinúa esa dimensión casi trágica. En lugar de explorar la rareza psicológica de Jackson, la suaviza para convertirla en sensibilidad artística. Y quizá ahí reside su mayor limitación: Michael no tolera demasiado bien la contradicción. Las mejores películas biográficas entienden que la ambigüedad no destruye al personaje; lo vuelve humano. Esta, en cambio, parece obsesionada con organizar el caos moral de Jackson dentro de una narrativa de redención. El resultado es técnicamente impecable, emocionalmente efectivo y, al mismo tiempo, curiosamente vacío.
Uno sale recordando el talento inmenso, la música y el espectáculo monumental que fue Michael Jackson. Pero difícilmente siente haber conocido más al hombre detrás del mito. Solo haber visitado, una vez más, el museo cuidadosamente iluminado de su leyenda.
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