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LOS GOLAZOS DE LA FIFA

LOS GOLAZOS DE LA FIFA
Daniel Samper Pizano
Los Danieles

LOS GOLAZOS DE LA FIFA

Pocos son los regímenes donde la libertad de expresión ha sido cortada de un tajo y se castiga a quien opine: Corea del Norte, Turkmenistán, Eritrea y la FIFA.

La sigla FIFA, por si alguien lo ignora aún, corresponde a la Federación Internacional de Asociaciones de Fútbol, corporación que desde 1904 controla el deporte más famoso del planeta. Los aficionados al balón tenemos una enorme deuda con ella. La FIFA codifica, unifica y actualiza las normas de juego. Por no acatarlas han surgido pasatiempos teratogénicos como el rugby y el fútbol norteamericano, donde la pelota parece un huevo de caimán y se coge con la mano. La FIFA estimula y promueve este que Albert Camus llamaba “el deporte más bello del mundo” y organiza torneos ecuménicos como la Copa Mundo, que se juega a toda hora durante unas semanas cada cuatro años para deleite de millones de terrícolas, incluso aquellos que lo niegan.

La Federación reúne a 211 países, lo que supera a los 193 miembros de la Organización de Naciones Unidas. El problema con la elefantiásica red es el mismo que afecta a toda organización humana excesivamente extendida: su sombra cría hongos venenosos como la envidia, la soberbia, la deshonestidad, la lambonería, el personalismo, el caudillismo. Varios directivos salieron acusados de corrupción. El todopoderoso Joao Havelange y su sucesor, Joseph Blatter, pasaron de reyes a reos.  

Como si fuera la caricatura de un país, la FIFA ejerce los tres poderes públicos: administra, que es su principal función; legisla, y modifica el reglamento, en ocasiones para mejorar el juego y en otras para destrozarlo, como las novedosas pausas de hidratación, nombre engañoso de unos espacios que inventó la entidad para embutir más cuñas publicitarias a expensas de la continuidad e integridad de los partidos. El público, primer defensor del juego, abuchea desde la tribuna cada interrupción artificial. 

Desde hace poco, la FIFA también juzga. Una ley suya acaba de borrar el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos del Hombre, según el cual “todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión”. Salvo, eso sí, que se halle en un campo de fútbol y se cubra la boca al hablar, con lo cual se presume que encubre opiniones racistas y será expulsado del terreno sin derecho a demostrar lo contrario, lo que equivale casi a destrozar el partido y condenar al equipo en desventaja numérica.

La insólita ley mordaza nació de unos insultos inaceptables contra Vinicius que pronunció un rival del brasileño cubriéndose la boca con la camiseta y desataron una campaña antirracista. Además de sobresaliente delantero del Real Madrid, Vinicius es famoso actor dramático de la grama, buscador de líos y protagonista de aspavientos. Para que no se dijera que la FIFA es indiferente a la plaga racista, sus dirigentes decidieron acabar con la libertad de expresión en la cancha y fomentar la delación como sistema para ganar partidos. Cada vez que un jugador se dirija a un rival con la boca cubierta por la mano, el brazo o la camiseta, se presumirá que es un neonazi y recibirá tarjeta roja, máximo castigo que contempla el reglamento. 

En el actual campeonato mundial ya han sido sancionados por lo menos dos: el paraguayo Miguel Almirón, a quien los turcos acusaron, y el ecuatoriano Piero Hincapié. Para condenarlos bastó con que se cubrieran la boca. Mientras tanto, el presidente de la FIFA besa con cara radiante el trasero del villano Donald Trump.

Los futbolistas intentan encubrir sus diálogos en forma permanente, pero no para camuflar vituperios étnicos sino para que los rivales no se enteren de sus estrategias y planes. Tan estúpida es la ley que fue preciso aclarar que si al oído del árbitro lo escuchado no parece un insulto, bien puede dejarlo pasar. ¿Y lo contrario? ¿Qué pasa esos idiomas raros en que un soneto de amor suena a regaño? Los referís andan cada vez más atareados y no tienen tiempo para traducciones inmediatas ni sutilezas… y la FIFA tampoco. En mayo de 2020 el delantero uruguayo afincado en Inglaterra Edinson Cavani agradeció en sus redes sociales el mensaje amable de un coterráneo apodado el Negrito. Pues bien: los sapos, que nunca faltan, denunciaron por racismo a Cavani ante la Liga Inglesa. Y aunque Uruguay y su Academia de la Lengua aclararon que “negrito” es en América un apelativo cariñoso, la ignorante autoridad futbolera le clavó 135 mil dólares de multa y lo vetó durante tres partidos.

¿Creen ustedes que estos dirigentes con cabeza de adobe pueden juzgar lo que nadie dijo y nadie oyó? La discriminación por color de la piel no florece en la zona de penalti sino en las tribunas. Durante décadas se permitió el acceso de símbolos políticos violentos a los estadios. Hoy pagamos tanta tolerancia. Está bien que un árbitro, al presenciar un ataque racista, expulse al culpable. Pero no es justo suprimir de hachazo el derecho a hablar y opinar a los ciudadanos que golpean la bola con el pie. Delegar en un grupo de dirigentes deportivos la guarda de la libertad de palabra es como encargar a la Corte Suprema de Justicia las normas sobre el fuera de juego.

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