
Cualquiera en Colombia podría describir qué es la violencia, pues esta es gráfica y palpable; la paz, en cambio, es un sueño, un ideal y un proceso en constante construcción que no tiene punto final.
Por eso me llama la atención que algunos personajes públicos, periodistas, editoriales de prensa e incluso artífices de anteriores acuerdos de paz, pongan de entrada en duda los esmeros del Gobierno actual en sus propuestas para acercarse a la paz.
Valoramos los esfuerzos que el equipo negociador anterior hizo por llegar hasta la firma del acuerdo en el Teatro Colón pues de allí derivaron importantes cambios que, a pesar de todos los problemas, pusieron a Colombia en otro lugar; pero también hay que recordar que el proceso de paz del gobierno Santos tomó su tiempo, tuvo altos y bajos –como por ejemplo el cónclave en la estrategia para definir la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP)– que hoy representa el núcleo y herencia central de esos acuerdos; o el principio adoptado entonces de hacer la guerra como si no se estuviera negociando y negociar como si no se estuviera en guerra, lo que dificultaba la desaceleración del conflicto mientras que la gente en el campo seguía sufriendo en medio. Además de estas dificultades, no siempre se comunicó bien y, lo peor, posteriormente no encontró en Duque un líder para cumplir lo acordado. Nos quedamos a la mitad del camino y otras estructuras violentas tomaron ventaja.
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