
Con un pedido de prisión contra su hermano, Daniel Quintero enfrenta su momento político más difícil
Daniel Quintero Calle, exalcalde de Medellín y excandidato a la Presidencia, junto a su hermano, Miguel. Fotos: Colprensa y redes sociales..
El exalcalde de Medellín pasó de ser uno de los dirigentes con mayor proyección de la izquierda a vivir días de incertidumbre. Miguel Quintero, su hermano, fue imputado por presuntos delitos relacionados con la contratación pública y la Fiscalía pide que sea enviado a prisión preventiva. Él, sin embargo, todavía mira hacia las elecciones de 2027 y 2030.
Por: Armando Neira
Hace un año, Daniel Quintero parecía estar en todas partes. En Cartagena apareció en el Congreso de la ANDI y desplegó una bandera de Palestina frente a un auditorio empresarial. También se le vio en la isla Santa Rosa, sobre el río Amazonas, frente a Leticia, donde retiró una bandera de Perú e izó la de Colombia. Y estuvo en el Puente de Boyacá, donde, con una bandera negra y roja en las manos, evocó a Simón Bolívar y pronunció una de las frases que mejor resumían su estilo político: “guerra a muerte para todos los traidores de la patria”.
Quintero había convertido la política en un espectáculo permanente. Sus apariciones en redes sociales alimentaban tanto a sus seguidores como a sus adversarios. Era, para unos, una de las figuras más audaces del progresismo colombiano; para otros, el ejemplo de una política deliberadamente confrontacional.
En el entorno del presidente Gustavo Petro, además, se le consideraba uno de los dirigentes que podían prolongar el proyecto político de la izquierda después del final de su Gobierno. Petro llegó a decir que el progresismo necesitaba al menos ocho años para desarrollar su programa y que, como él no podría aspirar a un nuevo mandato, Quintero podía ser uno de quienes continuaran ese proyecto.
El exalcalde llegó a tener una relación política suficientemente cercana con Petro como para que el presidente hiciera escala en su casa de Medellín para discutir estrategias. Un año después, el escenario es otro.
Quintero acumula frustraciones. Perdió dos consultas presidenciales, enfrenta un proceso disciplinario y continúa vinculado a una investigación penal por el caso Aguas Vivas. Y ahora su hermano Miguel está en el centro de uno de los procesos de corrupción más delicados relacionados con la administración que gobernó Medellín entre 2020 y 2023.
La Fiscalía lo acusa de haber intervenido, pese a no ser funcionario público, en el direccionamiento de seis contratos celebrados entre el Área Metropolitana del Valle de Aburrá y el Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Itagüí. El valor de esos contratos ascendió a $17.656 millones.

Miguel Quintero no aceptó los cargos y se declaró inocente. La Fiscalía, sin embargo, pidió que sea privado de la libertad mientras continúa el proceso. La decisión no se ha tomado: la audiencia continuará este lunes que viene. Por eso, hoy toda su familia vive momentos de incertidumbre.
Es el episodio más reciente de una historia que comenzó mucho antes de que el nombre de Miguel Quintero apareciera en un expediente judicial.
Un hermano con un pie en la cárcel
La Fiscalía sostiene que Miguel Quintero ejerció desde fuera de la administración pública una influencia sobre funcionarios del Área Metropolitana y que habría intervenido para favorecer determinados contratos.
Según la hipótesis del ente acusador, los contratos investigados incluían servicios y suministros relacionados con el Cuerpo de Bomberos de Itagüí. La Fiscalía sostiene que se habría cobrado una comisión ilegal equivalente al 15 % del valor de los contratos.
La imputación fue avalada este martes por el juez 27 Penal Municipal de Control de Garantías de Medellín. Miguel Quintero respondió que no aceptaba los cargos y afirmó ante el juez: “Soy inocente”. Ahora la discusión es diferente.
La Fiscalía quiere que permanezca detenido mientras avanza el proceso. Entre sus argumentos ha presentado presuntas presiones sobre testigos y un episodio en el que, según la investigación, personas ajenas al expediente habrían accedido a información reservada.
La Procuraduría también pidió la medida de aseguramiento. Su delegado argumentó que existiría riesgo de que el procesado pudiera evadir la justicia o salir del país. Nada de esto equivale a una condena, pero el fantasma de la corrupción que lo rodea está presente.
Miguel Quintero sigue amparado por la presunción de inocencia y será un juez quien determine si debe enfrentar el proceso privado de la libertad. Pero políticamente, el episodio tiene una dimensión evidente: el hombre señalado por la Fiscalía es el hermano de quien insiste en que él es el señalado para liderar la izquierda.
Un candidato frustrado
El deterioro de la posición de Quintero no comenzó con este expediente. Su proyecto presidencial sufrió un golpe decisivo en octubre de 2025, cuando decidió retirar su nombre de la consulta del Pacto Histórico pocos días antes de la votación. El retiro no pudo producir efectos sobre el tarjetón porque el procedimiento electoral ya estaba avanzado.
Su nombre apareció finalmente en la consulta y obtuvo 143.174 votos. Iván Cepeda ganó ampliamente aquella jornada y se convirtió en el candidato presidencial del sector. Quintero quedó relegado a una posición marginal dentro de una coalición en la que alguna vez había sido considerado uno de sus principales activos.

Después intentó volver a la carrera mediante otra consulta. En marzo de 2026 participó en la consulta interpartidista del Frente por la Vida. Allí obtuvo 227.379 votos, frente a los 257.037 de Roy Barreras. La diferencia no fue enorme, pero sí suficiente para dejar a Quintero nuevamente fuera de la carrera presidencial. Para un político acostumbrado a presentarse como una fuerza disruptiva, fueron dos golpes consecutivos.
La política y los tribunales
Quintero atribuye buena parte de sus dificultades a lo que denomina una persecución política. Insiste en acusar al Consejo Nacional Electoral, a la Registraduría, a la Procuraduría y a la Fiscalía de actuar en su contra y sostiene que las instituciones han sido utilizadas para ponerle obstáculos en su carrera política.
Las autoridades, por su parte, han tramitado los procesos en escenarios distintos y con decisiones que no necesariamente tienen relación entre sí. Uno de ellos es el proceso disciplinario por participación indebida en política cuando era alcalde de Medellín.
La Procuraduría lo sancionó con seis meses de suspensión e inhabilidad especial por actuaciones relacionadas con sus intervenciones políticas durante la campaña presidencial de 2022.
La entidad sostuvo que sus publicaciones en redes sociales constituían una forma de apoyo al Pacto Histórico. El vídeo del cambio en primera, le salió costoso. Quintero, sin embargo, cuestiona esa decisión y la disputa jurídica continúa.
El segundo frente es penal
En el caso Aguas Vivas, la investigación gira alrededor de presuntas irregularidades relacionadas con el tratamiento urbanístico de un lote de Medellín. La Procuraduría, en una investigación disciplinaria separada, señaló que durante la administración de Quintero se habrían modificado usos del suelo y condiciones de aprovechamiento urbanístico que excedían las competencias del alcalde.
En el proceso penal, una jueza anuló la imputación que había sido formulada contra Quintero. La decisión no equivale a una absolución y el caso continúa por las vías judiciales correspondientes. La diferencia es importante: una imputación anulada no es una sentencia absolutoria, del mismo modo que una imputación no es una condena. Él, empero, la celebró y la mostró como una certificación de inocencia.
La paradoja de Quintero es que su mayor apuesta política nació precisamente de la decisión que tomó al final de su mandato como alcalde. En septiembre de 2023 abandonó anticipadamente el cargo y salió a hacer política.
Su objetivo era defender el proyecto que había construido en Medellín y respaldar a Juan Carlos Upegui, candidato de Independientes a la Alcaldía, y a Esteban Restrepo, aspirante a la Gobernación de Antioquia. Él tenía metas más ambiciosas. Ninguno consiguió imponerse.

Federico Gutiérrez regresó a la Alcaldía de Medellín y el proyecto político de Quintero perdió el control de la ciudad. Después comenzaron a multiplicarse las investigaciones sobre su administración. La Fiscalía ha investigado diferentes contratos y actuaciones de funcionarios y contratistas vinculados a ese periodo. Uno de los procesos más recientes es precisamente el que involucra a Miguel Quintero.
La administración de Federico Gutiérrez sostiene que los casos forman parte de un entramado de corrupción construido durante el gobierno anterior. Quintero rechaza esa interpretación y sostiene que se trata de una operación política destinada a destruir su carrera. Ambas afirmaciones deben distinguirse de lo que determinen los tribunales.
¿Hay plata que salió de Colombia?
La disputa no termina en Medellín. El alcalde Gutiérrez ha denunciado que parte de los recursos que, según él, fueron desviados durante la administración anterior habrían salido del país y terminado en Estados Unidos, particularmente en Miami, después de pasar por Panamá.
Gutiérrez ha llevado esas denuncias a autoridades estadounidenses y sostiene que existen personas y empresas que habrían servido para ocultar el origen de los recursos. La Alcaldía afirma haber entregado información financiera y documental a autoridades de Estados Unidos.
Quintero ha rechazado las acusaciones y las ha descrito como parte de una estrategia de persecución. Puro teatro, dice. Hasta que las autoridades competentes determinen lo contrario, esas acusaciones pertenecen al terreno de las denuncias y las investigaciones, no al de los hechos judicialmente probados.
Quintero siempre ha tenido el afecto de Petro. Por eso, tras sus derrotas en las urnas lo llevó a un alto cargo. La llegada de Quintero a la Superintendencia Nacional de Salud fue uno de los últimos capítulos de su relación con el poder nacional. Petro lo nombró en abril de 2026. Permaneció allí hasta el cambio de Gobierno cuando asumió el presidente Abelardo de la Espriella.
Su paso por esta entidad produjo ruido. Su designación generó críticas por su experiencia profesional y por los nombramientos realizados durante su administración.
Ahora, además de defenderse de sus propios procesos, debe afrontar una situación que tiene un componente personal difícil de separar de su carrera política: su hermano está imputado en un expediente por presunta corrupción y la Fiscalía está pidiendo que sea encarcelado preventivamente.
El futuro
¿Todavía puede volver a las urnas? Esa es la pregunta que queda abierta. La respuesta depende de decisiones judiciales que todavía no están tomadas. La sanción disciplinaria que enfrenta Quintero no constituye, por sí misma, una inhabilidad permanente para participar en elecciones. El proceso relacionado con Aguas Vivas tampoco ha terminado en una condena.

Pero una eventual condena penal en firme por determinados delitos contra la administración pública podría tener consecuencias mucho más graves sobre sus derechos políticos.
Por ahora, Quintero conserva margen jurídico para intentar regresar a las urnas. El problema es que la política no se juega solamente en los códigos. También se juega en la percepción de los votantes, en la capacidad de construir alianzas y en la credibilidad de un dirigente después de varias derrotas.
Quintero ha demostrado que sabe sobrevivir políticamente. Lo hizo después de dejar la Alcaldía, después de enfrentarse a sus antiguos aliados y después de convertirse en uno de los dirigentes más controvertidos del progresismo.
Ahora debe lidiar con varios factores. Alrededor de su proyecto político, se acumulan derrotas electorales, investigaciones disciplinarias, expedientes penales y un proceso que puede llevar a su propio hermano a una cárcel mientras se defiende de acusaciones de corrupción.
Este lunes un juez decida si Miguel Quintero debe permanecer en libertad o enfrentar el proceso bajo una medida de aseguramiento. Para Daniel Quintero será, inevitablemente, algo más que una decisión judicial sobre su hermano.
Será otra prueba para un proyecto político que, hace apenas un año, parecía destinado a disputar el futuro de la izquierda colombiana y que hoy intenta encontrar una salida entre los tribunales, las derrotas electorales y la posibilidad de volver a empezar.
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