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Matilde de los Milagros
Puntos de vista

Criar un hombre: el pánico de una madre feminista

Muchísimas madres, especialmente feministas, temen traer al mundo a otra mujer. Las razones sobran: cualquier niña que llegue a nuestra realidad tiene por delante múltiples violencias esperándola, desde su infancia hasta su muerte. Somos feministas y las estadísticas las conocemos bien. El abuso sexual infantil, el acoso, la violación, el feminicidio, la violencia psicológica, legal, laboral y económica, el abuso de poder y otras formas más sutiles de la cultura machista como el mansplaining y las miles de expresiones del micromachismo. Muchas de estas cretinadas las hemos sufrido nosotras, y casi todas las mujeres que nos rodean, y es demasiado probable que las vivan también nuestras hijas aunque queramos evitarlo, aunque trabajemos día y noche para que no sea así.

Y a pesar de esos temores tan justificados, si hubiera sido posible, yo habría escogido maternar una niña. El feminismo también me ha enseñado a acompañar mujeres. Mi empatía y sensibilidad se han agudizado frente a sus dolores y he aprendido las rutas necesarias para poder ayudarlas y contenerlas. Los grupos de apoyo, las organizaciones y las abogadas, las psicólogas y psiquiatras con enfoque de género, las periodistas son colegas y amigas mías y si algo le pasara a mi hija, algo inevitable, yo sabría a dónde ir. Podría mi mejor versión estar ahí para ella.

Entonces, dada la intensidad de mi deseo por ser madre de una niña, no me sorprendió en absoluto cuando el ecógrafo confirmó mi mayor miedo: voy a ser madre de un hombre. Y es que a mí eso de la “manifestación” siempre me sale mal. “Pide tu deseo y este será negado” parece ser el mensaje que me manda el universo cada vez que recibo exactamente lo opuesto a lo que pedí. Por eso desde que quedé embarazada, gracias a un largo e intenso proceso de fertilidad, tuve la sensación, más bien la certeza, de que la vida me daría exactamente lo que temía: un niño.

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