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Maurice Armitage
Puntos de vista

Un cambio bueno

Por no distribuir utilidades, las empresas están dejando de ganar dinero y a muchos empleados les está costando cubrir sus necesidades básicas con el salario únicamente. Pero si los empleadores entendemos que hacer eso es un buen negocio para todos, no me cabe ninguna duda que este esquema laboral impulsará el desarrollo económico de Colombia.

Esta teoría la descubrí hace 20 años cuando lo único que tenía Sidoc era un pequeño horno de cuatro toneladas y un magnífico grupo de trabajadores. En algún momento vi que ellos estaban organizando una cadena de ahorro para contar con una plata adicional cada mes, y les propuse que por cada peso que pusieran, la fábrica pondría otro peso para aumentar el valor de las cuotas. Pasado un tiempo les dije que siempre y cuando la fábrica arrojara ganancias, les compartiría un porcentaje de las mismas. Lo que en un principio fueron 200.000 pesos cada 90 días para un equipo pequeño, hoy en día son alrededor de 3.000.000 de pesos cada tres meses para 900 personas, que representa entre el 10 y el 15 por ciento de las utilidades de la compañía.

Compartir el éxito empresarial con los trabajadores que lo hacen posible tiene muchos beneficios. El primero de ellos es que sienten la empresa como suya. Entonces su compromiso llega a ser de tal magnitud que la cuidan, reducen las ineficiencias e incrementan su productividad. De manera que, al aumentar la rentabilidad, lo justo es que tengan una retribución económica adicional a sus salarios.

El segundo beneficio es humano, pues cualquier persona que recibe mayores ingresos le cambia la vida: al mejorar su poder adquisitivo puede pensar en tener casa propia, pagarles una buena educación a sus hijos o montar un emprendimiento que le genere más ingresos. Si los salarios dignos sirven para vivir, las utilidades son las que sirven para progresar.

El tercer beneficio es que el dinero circula y mueve la economía. Como si fuera poco, el Estado recauda más impuestos, lo cual significa que tendrá más recursos disponibles para invertir en salud, educación, seguridad y programas sociales. Incluso si esta filosofía se irrigara en un número considerable de empresas, ayudaría a reducir el índice de desigualdad del país.

Pero debo resaltar que si no hay confianza, nada de esto es viable. Eso es la base de todo. Y empieza cuando el empresario les habla a sus colaboradores con la verdad, contándoles las cosas buenas y las cosas malas que ocurren en la empresa. Cuando eso sucede, los trabajadores responden inmediatamente a esa confianza trabajando duro para que las utilidades sean mayores. Si el empresario cree en el trabajador y el trabajador cree en el empresario, aflora un ambiente de confianza mutua y progreso que los beneficia a todos.

Varios países del mundo tienen leyes para distribuir utilidades. Ecuador, Perú, Brasil, México, Francia, Alemania, Irlanda y el Reino Unido tienen sus propios modelos, y lo hacen una vez al año. En mi opinión, la distribución de utilidades no puede ser obligatoria; debe ser una iniciativa que nazca de la convicción de establecer lazos de confianza que promuevan el entendimiento y el progreso. Además, lo ideal es hacerlo cada tres meses. Nadie se imagina lo que representa para un trabajador que se gana dos, tres o cuatro millones mensuales, recibir trimestralmente 3.000.000 de pesos adicionales. Yo sí lo sé, y por eso seguiré promoviendo este cambio de mentalidad en la forma como nos relacionamos laboralmente.

En Colombia hay 10.800.000 trabajadores formales, según el Dane. Ellos hacen parte de una población numerosa que tiene la capacidad de empujar la economía. Vale la pena abrir el debate para que más empresarios den el paso de redistribuir un porcentaje de sus ganancias. En Sidoc empezamos hace dos décadas y vamos como un cohete. Por eso me consta que no hay nada mejor para el desarrollo de nuestro país que contar con empresas que progresan junto con sus trabajadores. Si adoptamos este esquema, nos irá mejor.
 

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