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Juan David Correa
Puntos de vista

Recuerdos del futuro

El pasado 4 de noviembre de 2026, las elecciones en las que se jugaba el destino del jefe de Escudo de las Américas Corp., salieron mal: a pesar de los esfuerzos del rubicundo jefe por boicotear durante meses la elección del imperio, ni siquiera los mastines robots pudieron detener el fracaso para conservar el dominio en la Cámara de Representantes y del Senado. Los perros, operados a distancia por miembros del Servicio Secreto, no se cansan nunca, cuestan cien mil dólares, filman todo lo que ven, y el jefe ahora los mira con ganas de molerlos a golpes.

Con un mechón rubio surcándole el rostro enrojecido por la urticaria, el jefe de Escudo de las Américas Corp. ha decidido que nada ni nadie lo detendrá, a pesar de que, a tan solo un día de su derrota, la Cámara de Representantes abrió los archivos donde se comprueba que ha sido un pedófilo y que ha influido, de manera concreta y clara, en las elecciones de los países que estaban destinados a ser filiales de su emprendimiento, a través de operadores digitales que han difundido noticias falsas, y controlado el algoritmo de los softwares electorales, dispuestos a complacer su propia futilidad, con la intención de destituirlo. 

Mientras llama al perro robot con un hueso digital, saca su celular y postea en TikTok el video que preparó esa mañana en la que decidió que el mundo debía acabar si él estaba acabado. En el video se le ve sentado en su escritorio, desde donde, impertérrito, comunica sus decisiones, vestido con blazer, camisa y corbata de la cintura hacia arriba. 

Saca un mapa impreso en cartulina plastificada, en el que se ven las seccionales de Escudo de las Américas Corp., y con un marcador tacha los antiguos nombres de esos llamados países, que ahora son parte de su corporación. Encima de cada uno escribe dos palabras: ‘Propiedad privada’. Luego mira a la cámara y dice: “Primero pagarán los gerentes de las seccionales del sur. Luego iré por el norte pues la miel de maple ha sido una de las peores vergüenzas de nuestra civilización. Trasladaré la sede de este Gobierno al Estado de Israel, desde donde someteremos a Irán o Irán nos seguirá sometiendo, así es la vida; y le pondré aranceles a la fauna marina si es que quiere acercarse a nuestras costas, que se jodan las focas”. 

Todo comenzó dos meses atrás, en Santa Cruz de la Sierra, cuando Fernando Cerimedo, un esquilmador profesional de nacionalidad argentina al servicio de la corporación, intentó asesinar a su esposa al enviar a un par de repartidores de domicilio que sacaron de sus bolsas de papel cartón biodegradable dos pistolas cumpliendo a satisfacción la entrega: le enviaron por chat fotos de la mujer tendida en el piso y un mensaje: “Hermano, en este momento le dispararon”, como corresponde a toda verificación solicitada por estas diligentes plataformas. El esquilmador fue detenido.

A pesar de que se trataba de un tipo con acceso a casi todos los despachos de los títeres puestos allí por el jefe de la corporación, y de que su víctima reveló en apenas una semana dónde escondía el dinero ilegal, dónde podían rastrearse sus comunicaciones con altos mandos de la corporación, cuáles eran los cuartos donde alojaba granjas de celulares para inventar relatos crueles y brutales en contra de quien osara oponerse a Escudo de las Américas Corp., cómo había ayudado a cada uno de los delegados por el jefe a obtener la Presidencia de cada una de las nuevas sucursales…, a pesar de todo eso, ningún medio de comunicación empresarial había dado la noticia. Más bien habían ayudado a deslizar el relato de ser un asunto sin importancia. Ante la aplastante evidencia, Cerimedo alegaba que no tenía nada que ver, que no conocía a nadie y que las fotos eran falsas, “pura Inteligencia Artificial, como puede verse”, autoincriminándose. Como exvendedor de perfumes, este hombre, hoy ya olvidado, sabía que toda garantía es limitada: a pesar de haber sido el operador y confidente de todos los títeres de turno por orden de uno de los asesores del rubicundo, jugador de póker en Las Vegas, junto a un español que había construido su leyenda de periodista falaz en In Mundo, un diario dedicado a exaltar las banderas del viejo y decadente franquismo, su rastro ya había desaparecido.

Sin embargo, cientos de pequeños medios alrededor del mundo se dedicaron a mantener la memoria de esta conexión y poco a poco estos hechos desencadenaron no solo la derrota del jefe, sino que mostraron cómo su estructura era puro humo. 

Doscientos sesenta kilos de cocaína acaban de ser incautados en el puerto de Naportec, en Guayaquil. El empleado local de la seccional de Escudo de las Américas Corp. ha sido el primero en experimentar la brutal ira de su jefe: “Siempre puede haber alguien más enfermo que tú”, piensa. Vestido de naranja y gris, encadenado de pies y manos, el mismo hombre que había sido puesto allí con aplausos y palmadas en la espalda, y que entregó todos los datos públicos de su país a la empresa Señor Anillo Inc., ahora parece entender que la vida es una paradoja: El señor, propietario de una industria de bananos, que también empacaba cocaína en las cargas de exportación, había pisado una fatal cáscara, como en las caricaturas.

En Barranquilla, en la seccional donde fue nombrado un figurante elegido a última hora, de quien se tenían algunos expedientes judiciales abiertos sobre conductas punibles bastante concluyentes en la sede principal, la venganza contra un magnánimo líder político estaba en marcha. El jefe de los viejos ejércitos paraestatales no estaba dispuesto a quedarse satisfecho hasta ver en la cárcel a ese hombre otrora todopoderoso que les incumplió y los envió al país de las estrellas para callar la verdad de sus relaciones de sangre. El figurante había sido su abogado. Por eso, en medio del descontrol que se está produciendo por cuenta de la derrota del rubicundo gerente general de Escudo de las Américas Corp., ha mandado a llamar al figurante —nadie sabe que su nombre es Tartufo, salvo Orgón— para decirle que o actúan rápido o su suerte estará echada, como la de todos los anteriores que han ido cayendo uno a uno: lo enviarán de regreso a Florida.

Tartufo, el figurante, sale cabizbajo de la enorme hacienda que le devolvió a Barbie —así se llama uno de sus amigos paramilitares—. Piensa que gastó los dos primeros meses hablando de la patria milagro sin entender el significado de los dos eclipses seguidos que precedieron al terremoto que dejó a miles de colombianos sin techo, y a cientos de víctimas mortales que le impidieron el milagro de desaparecer campos y personas con su estrategia de seguridad ideada por la corporación, de fumigar vastas extensiones de campos sembrados de coca, de bombardear a los grupos armados organizados y a quienes estuvieran cerca, y de arrasar las instituciones y la Constitución de su país para edificar de nuevo el mapa de ese lugar que había dibujado y diseñado él mismo para estamparlo en la portada de su biblia personal.

En Santiago, el hijo de un viejo nazi vestido de liberal parece convencido de que la historia se repite primero como tragedia y luego como comedia. ¿A quién se le ocurrió la idea de que la izquierda pretendía cambiar la bandera chilena y el himno nacional para rechazar el plebiscito del expresidente Boric? ¿Por qué habían inventado que su contradictora Evelyn Matthei padecía Alzheimer y era ‘cuasicomunista’? ¿Quién diablos había llamado a Cerimedo para tomarse fotos con su equipo de comunicaciones? Al mirar al cielo, advierte un movimiento similar a lo que su padre y sus amigos de las fuerzas militares realizaron en 1973 por orden del señor de la guerra contra las drogas, que para entonces intentaba salvar el pellejo tras haber sido descubierto espiando y grabando a sus competidores. El hijo del nazi sabe que la furia del rubicundo gerente general no tiene límites, y que está a punto de terminar incendiado por los aviones de sus propias fuerzas, que repentinamente han sido llamadas al orden por Escudo de las Américas Corp.    En San Salvador, el presidente de la filial, vestido de traje blanco con capa azul, se dirige a los medios para insistir en que su cruzada es legítima, mientras habla para sí mismo: “Yo soy una persona creyente, creo que Dios puede perdonar a todos. Sé que si el delincuente se arrepiente va a ir al cielo como cualquier otro pecador. Pero eso le compete a Dios. En la Tierra tiene que estar en prisión”. ¡Plop!

En la seccional vecina, donde un exgerente narcotraficante fue indultado por el rubicundo presidente general de Escudo de las Américas Corp., el títere en funciones declara que el feminicidio número 163 en lo que va corrido del año lo obliga a proteger a los hondureños de la ola feminazi que recorre diversas filiales de Escudo de las Américas Corp.

Finalmente, en Buenos Aires está el hombre rollizo, donde sus dos dogos clonados de Conan, su primer perro, han terminado por cercarlo. Poco puede caminar y ha pasado los dos últimos meses reventándose de fármacos que le impiden dormir en esa casa pintada de rosado que tanto odia y que quiso vender al dueño del señor Anillo. Milton, llamado así en honor a Milton Friedman, eminente pensador e inspirador del desastre que vivimos, lo mira con ternura: hace dos meses el hombre, sudado, excedido, extático, peleaba con su hermana por un negocillo de coimas públicas, y cuando el perro se le acercó, le asestó una patada tan brutal que el animal está dispuesto a abalanzarse encima: “Perro come perro, y por un hueso te matan”, tararea un empleado venezolano por el corredor.

 Mientras tanto, los medios de comunicación corporativos que inundan la mañana con noticias que mezclan el asesinato de niños en Gaza con el mejor restaurante de la Kiev bombardeada, informan que las cosas van bien, que se están produciendo los cambios de gerencia que la gente quería. Que la esposa de un exministro iba a ser nombrada en alguna seccional privada, pero que, por motivos desconocidos, no lo será. Y agregan: “¡Y qué viva Cristo Rey!”.

Coda larga. El pasado lunes, cuando se disponían a comenzar el consejo de redacción de todas las mañanas, la directora de Mañanas Blu, Camila Zuluaga, fue llamada a la oficina del vicepresidente de Radio de Caracol Televisión, Carlos Gallego, para informarle que su programa había sido cancelado. A la mayoría de los periodistas les dijeron que debían marcharse. A algunos les ofrecieron una salida distinta por tener fuero laboral. Solo la jefe de Emisión del programa, que fue parte del equipo de prensa de Iván Duque, continuará en la empresa. Eran conocidas las advertencias del presidente Abelardo de la Espriella contra Zuluaga y Ana Cristina Restrepo, quien ha sido amenazada, perseguida e insultada en lugares públicos y redes sociales. A mis colegas, con quienes he tenido diferencias públicas siempre respetuosas, quiero extenderles mi solidaridad y mi disposición a seguir hablando de estas relaciones tormentosas entre el capital privado y el periodismo que han destrozado lo que permanecía de un mundo anterior, nada perfecto y pleno de intereses, de los medios de comunicación del mundo entero. La orden ha sido dada. Que nadie se sienta a salvo en estos medios, donde hay un fantasma de intocabilidad, que hoy ya ni siquiera cobija a quienes están en lo más alto del poder corporativo. 
 

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