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David García
Puntos de vista

Borrados del mapa

El Instituto Smithsonian es el complejo de museos, educación e investigación más grande del mundo. Hace varios años tuve el privilegio de visitar en Nueva York la sede del Smithsonian, donde el maestro Carlos Jacanamijoy presentó algunos de sus cuadros en la exposición Borrados del mapa: Paisajes de la imaginación nativa. Sus cuadros eran tan sorprendentes como el título, que aludía a algo que había sido borrado, ignorado, invisibilizado en el arte contemporáneo: la mirada de los pueblos indígenas sobre el territorio y sobre sí mismos.

El asunto de aquella exposición vuelve a ser particularmente actual en Estados Unidos. La administración de Trump ha emprendido una ofensiva contra el Smithsonian, al que acusa de presentar una historia estadounidense “divisiva”, excesivamente concentrada en el racismo, la esclavitud, la inmigración, la diversidad y otros asuntos que considera expresión de una determinada ideología. En 2025, Trump firmó una orden ejecutiva destinada a “restaurar la verdad y la cordura” en la historia estadounidense y cuestionó la manera como las instituciones del Smithsonian presentan determinados episodios de la historia.

La ofensiva no se ha quedado en las declaraciones. Este 3 de septiembre, el Gobierno de Estados Unidos amenazó con que distintas agencias federales podrían reducir o suspender su cooperación con el Smithsonian. Una carta enviada a la institución plantea incluso que las agencias federales podrían dejar de prestar piezas para sus exposiciones, facilitar procesos de adquisición o conceder determinadas subvenciones discrecionales.

La crítica es difícil de justificar si pensamos, por el contrario, en cuánto ha faltado por contar de la historia estadounidense. Basta con leer el extraordinario libro de Howard Zinn, La otra historia de los Estados Unidos, para comprender que durante mucho tiempo la historia fue narrada desde la perspectiva de los vencedores, mientras quedaban en segundo plano los pueblos indígenas, los afroamericanos esclavizados, los trabajadores, los inmigrantes, las mujeres y otros grupos excluidos del relato dominante.

Zinn no busca afirmar que exista una única manera de contar la historia: demuestra, con documentos, la necesidad de cambiar el punto de observación. Pregunta qué significó la llegada de Colón para quienes ya habitaban América; qué intereses estuvieron detrás de ciertas decisiones políticas; cómo se construyó la esclavitud y de qué manera las divisiones raciales sirvieron también para mantener las relaciones de poder. Su investigación evidencia que la historia se puede manipular mediante la omisión al decidir quién no aparece en el relato.

Y aquí surge una pregunta fundamental: ¿para qué sirve un museo?

Néstor García Canclini da una respuesta. El museo, dice, es una institución destinada a “la definición y conservación del patrimonio nacional”, pero también a “unificar y jerarquizar” las expresiones simbólicas de diferentes territorios y grupos sociales. Es decir, el museo no solamente conserva el pasado: lo organiza, lo clasifica y establece relaciones entre sus fragmentos. Ese procedimiento establece un contexto y, con ello, una narrativa.

Por eso es tan importante otra pregunta que formula Canclini: “Todo depende de quién es el sujeto que selecciona los patrimonios de diversos grupos, los combina y construye el museo”. Ahí está el poder.

Un museo tiene que seleccionar, abstraer. No puede exhibirlo todo. Tiene que decidir cuáles objetos se muestran, cuáles no, cómo se clasifican, dónde se colocan, qué texto los describe, qué acontecimientos aparecen antes o después y qué personajes reciben el foco de la narración. Una misma pieza puede adquirir significados completamente diferentes, dependiendo del contexto en que sea presentada.

Por eso, un museo no es neutral. Aunque intente ser riguroso, es una construcción cultural. Y precisamente por eso su responsabilidad es enorme. Canclini advierte, además, que en los museos nacionales el repertorio suele surgir de la mediación entre la política del Estado y el conocimiento de los científicos sociales, pero que “rara vez pueden intervenir los productores de la cultura que se exhibe”.

Esta observación debería obligarnos a pensar en quiénes participan hoy en la construcción de los relatos museográficos. Los científicos sociales son indispensables, pero también lo son las comunidades cuya historia se está contando. No basta con investigar a los pueblos indígenas, a los afrodescendientes, a los campesinos, a los migrantes o a las comunidades populares: es necesario escuchar sus voces y permitir que participen en la construcción del relato sobre ellas mismas.

La historia demuestra, además, que la tentación de utilizar los museos para fabricar una memoria oficial no pertenece exclusivamente a un régimen, una ideología o una época.

La Alemania nacionalsocialista entendió y utilizó el poder político de la cultura. No se limitaron a controlar los medios de comunicación: quisieron transformar todo el entorno cultural alemán, expulsando aquello que consideraban “judío”, “extranjero” o “degenerado” y promoviendo una concepción racial de la cultura. El Ministerio de Propaganda y la Cámara de Cultura del Reich intervinieron en las artes, la literatura, la música y las exposiciones. En 1937, la exposición Arte degenerado convirtió las obras de numerosos artistas modernos en objetos de escarnio público: el museo y la exposición dejaron de ser espacios para comprender el arte y fueron utilizados para decirle al ciudadano qué debía despreciar y qué debía considerar auténticamente alemán.

Y en la Rusia de Putin encontramos un ejemplo contemporáneo. La exposición Rusia, respaldada por el Kremlin, fue concebida como una gran celebración patriótica y terminó convirtiéndose en una instalación permanente. Allí se presenta una determinada interpretación del pasado, del presente y del futuro del país, incluyendo la representación de los territorios ucranianos que Rusia afirma haber anexado y una exaltación de sus fuerzas armadas.

Los contextos históricos son diferentes y sería absurdo equipararlos. Pero existe una preocupación común: cuando el poder político decide qué debe recordarse, qué debe olvidarse y desde qué perspectiva debe interpretarse el pasado, el museo corre el riesgo de convertirse en una herramienta de legitimación política.

Ese es precisamente el peligro que plantea hoy el caso del Smithsonian.

El poder estructural siempre tendrá la tentación de instrumentalizar la memoria: mostrar en él solamente aquello que quiere que una sociedad vea de sí misma. Cuando un gobierno pretende decidir qué debe recordar una sociedad, está intentando algo muy peligroso: no solamente gobernar el presente, sino también manipular el pasado. Y una sociedad que permite que el poder borre o escriba por ella su memoria corre el riesgo de despertar un día sin historia propia.

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