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Lucia González D.
Puntos de vista

La promesa del milagro es un daño en la cultura

El presidente electo Abelardo de la Espriella no siempre dice la verdad, pero lo que sí hay que creerle es la promesa de hacer una contrarrevolución cultural, y nada más lamentable para este país que la posibilidad de cumplir esa promesa.

Sé que la cultura no ha sido la preocupación de la mayoría de los ciudadanos y menos de los decisores de país, porque es un asunto incomprendido. Pero de lo que nos está hablando el futuro presidente tiene que ver con el alma de la nación y la posibilidad o no de aprender a vivir en armonía como un país civilizado. Tiene que ver con los valores, los principios, las prácticas, las costumbres, las relaciones, las maneras de ser y estar en comunidad, que nos atraviesan y definen.

No en vano la Comisión de la Verdad ha señalado con toda claridad cuáles han sido esos asuntos de la cultura que han hecho que en esta patria las violencias, y particularmente el conflicto armado, se haya instalado, expresado de manera tan cruel, y haya sido tan difícil cerrar el círculo. Identificamos la enorme dificultad que como nación hemos tenido para construir un “nosotros”, porque el estigma y la sospecha sobre los otros distintos, han actuado como herencias coloniales que no logramos dejar atrás: el racismo, el clasismo, el patriarcado.

También la extensión de la “doctrina del enemigo interno” que nos dejó de herencia EEUU en su lucha contra el comunismo, autorizando, hasta la fecha, eliminar a todo aquel que fuera o pareciera ser de izquierda: líderes políticos, sindicales, universitarios y religiosos entre muchos otros. Y la naturalización de la violencia, la militarización del país, la criminalización de la protesta social, ha hecho que vivamos en modo guerra.  Muchas veces, en guerra que no usa armas, pero descalifica, destituye, borra, estigmatiza.

Es por ello que la Comisión insistió en la importancia de avanzar en los cambios sociales y políticos que requiere el país para superar este estado de cosas han de fundarse en la cultura para que tengan sentido y arraigo.  No se trata solo de crear o transformar las leyes y las instituciones, se trata en esencia de moldear la cultura para producir los cambios que son necesarios.

Y como si no hubiéramos vivido el horror de la guerra, la Patria Milagro -un poco más de 13 millones de ciudadanos – propone “no solamente una batalla política, es una guerra moral y espiritual": destripar a la izquierda, eliminar las opciones religiosas distintas a la cristiana, desconocer los logros globales de las luchas feministas y de la población diversa, el derecho de los campesinos a recuperar sus tierras vilmente arrebatadas, y sobre todo, ir contra la promesa de un Estado de cumplir el acuerdo civilizatorio más importante que ha hecho este país, poniendo en riesgo a miles de firmantes que han dado fe con sus acciones del respeto a esos acuerdos. A esto lo llamo un daño en la cultura, porque nos devuelve a la confrontación, al desconocimiento del valor e importancia de la diferencia.

La promesa de la Patria Milagro de devolvernos a los “verdaderos valores”, (quien decide cuales son los verdaderos valores?), desde una narrativa violenta, excluyente, racista, clasista y homófoba, encarnada en un sujeto que es el fiel reflejo de todo eso que anuncia, que se da el lujo de despreciar casi todo lo que es y ha construido como nación esta tierra herida, maravillosamente plural y valiente, es la promesa del regreso a tiempos sin lugar para una inmensa mayoría.

No solo llevamos todos los años de la república intentando, con un poco de conciencia y algo de persistencia, construir un modo colectivo de ser que nos permita vivir en civilidad, como ciudadanos de un territorio común. Los avances de los últimos años han sido en ese sentido los más significativos, tal vez porque justo el conflicto armado que se ha reeditado una y otra vez nos ha llevado a luchas colectivas y decisiones institucionales que han elevado el nivel de conocimiento sobre lo público; a instituirnos en sujetos políticos; a organizarnos socialmente para hacernos parte activa del Estado; a reconocernos en la diferencia, a incluir la naturaleza en la noción de bien común.

Así, hemos logrado avanzar seriamente en el reconocimiento de muchos de nuestros deberes y derechos; en la profundización de la democracia y, sobre todo, en la comprensión y posibilidad de ser considerados sujetos verdaderamente libres. Sujetos con capacidad de decisión y actuación según principios de una ética civil que no está escrita pero que se ha ido configurando en el paso de los años con los avances en la educación y la participación, y sobre todo con la apropiación de la Constitución. Esta reafirma a Colombia, entre otros principios, como un Estado social de derecho, democrática, participativa y pluralista, fundada en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas que la integran y en la prevalencia del interés general; y declara que todas las personas nacen libres e iguales ante la ley, recibirán la misma protección y trato de las autoridades y gozarán de los mismos derechos, libertades y oportunidades sin ninguna discriminación por razones de sexo, raza, origen nacional o familiar, lengua, religión, opinión política o filosófica; lo que claramente contradice muchas de esas promesas de una patria cuyo milagro será devolvernos a la Constitución del 86 o a la colonia.

No habíamos logrado lo soñado, pero ya habíamos hecho posible la reflexión y los instrumentos conceptuales y legales que nos permiten reconocernos y respetarnos en la diversidad.  Los y las ciudadanas excluidos históricamente: las mujeres, los niños/as, la población campesina, indígena y afro, las poblaciones LGTBQI, las víctimas, los pobres, hombres y mujeres des movilizados de los grupos armados, ya tienen un lugar en el relato de nación como ciudadanos con igual dignidad, son conscientes de sus derechos y han avanzado en el logro de muchos de ellos.

Y si algo promete que podamos reconocernos en la historia y aprender de ella es el gran esfuerzo que se ha hecho en la implementación del Sistema de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición, en el que miles de víctimas han encontrado verdad, justicia y reparación, incluso, acciones de reconocimiento y perdón por parte de los responsables y muchos ya han encontrado a sus seres desaparecidos. Es comprensible que un país que ha juzgado sin comprender se demore en entender el inmenso valor de la verdad como un bien público y de la justicia restaurativa como un enorme avance en el trámite de las violencias, pero no podemos devolvernos a la época de las mazmorras.

El País Milagro propone una contrarrevolución que nos devuelva al país de castas, de privilegios, del concordato, retomando el hilo de la historia que se cree “se ha distorsionado, y que en resumen será el que permita retornar a los valores”, que, digo yo, permitirán mantener el statu quo de los de siempre.

Esta contrarrevolución cultural promete “proteger la cultura y el orden social” como “un paso obligatorio antes de lograr cualquier tipo de progreso económico sostenible”; contra lo que ha llamado “una imposición ideológica que destruye el tejido social” porque, según dice, la izquierda ha construido una narrativa histórica y social orientada a "trastocar los valores tradicionales”. ¿De qué cultura y de qué orden social, de qué valores está hablando? ¿Qué reconoce como cultura? y ¿Será que considera una imposición ideológica el lugar que hoy tiene los nuevos ciudadanos, los que fueron históricamente excluidos y humillados? Habrá manera de hacerle saber que los logros societales han sido producto de siglos o de décadas de luchas que han costado represión y sangre a los ciudadanos de esta nación y a sus organizaciones.

Esta propuesta, desde el Estado, de la mano de los poderosos y de Dios no será difícil de instalar, por eso pido a los votantes de esta propuesta de país, y a todas las organizaciones e instituciones del Estado y civiles, que hagan una reflexión sincera, profundamente humana y nos ayuden a  cambiar la contrarrevolución por una re-evolución que apueste por la defensa de la igual dignidad de todos los seres humanos; por el límite a la confrontación, tanto armada como narrativa;  por el cuidado de los que piensan diferente, por el cuidado de la casa común, por una patria en la que quepamos todos.

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