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Álvaro García Jiménez
Puntos de vista

La medalla del segundo lugar

La final del Mundial entre Argentina y España estuvo llena de pozos de incertidumbre, de golpes de emoción y de imágenes poderosas. Una de ellas, una escena corta –casi imperceptible– ya alejada de los momentos de lucha, emoción y celebración. En una toma de escasos segundos, se ve la espalda del 10 de Argentina dirigiéndose lentamente al túnel de su camerino. En su cuello, la cinta azul de la medalla del segundo puesto. Muchas veces los futbolistas derrotados en una final se quitan la medalla para expresar que sólo el título vale, que perder ese partido definitivo es el fin, y que el reconocimiento por haber llegado hasta allí no tiene ningún valor. Siempre me ha parecido un gesto innecesario de soberbia y de irrespeto a las reglas de juego, al público y al propio rival en el campo. El gesto de Messi, de lejos el futbolista más relevante del torneo, está lleno de mensajes: no haber logrado el título no es el fin; haber llegado a la final –después de un periplo que llegó a tener matices de heroísmo– tiene un gran valor. Y haber perdido contra un equipo como España no es una humillación. Al contario.  

Messi llegó a la final como el capitán del gran favorito. Argentina venía de derrotar a Inglaterra en una semifinal épica, jugada con fútbol, coraje, sufrimiento, inspiración y esa fuerza emocional que ha llevado a los argentinos muchas veces a la cima del fútbol mundial. Después de superar semejante batalla, parecía que la gloria estaba tan cerca que casi se podía tocar con las manos.

Pero España ganó.

En el campo, algunos jugadores argentinos perdieron el control y buscaron a los españoles para insultarlos y golperalos. Nadie se acordará de ellos, salvo por la estupidez de su reacción. Pero lo importante ocurría con el 10: Messi recibió la medalla del segundo lugar y se la dejó puesta. No era la que quería, ni la que esperaba. Representaba una derrota dolorosa después de haber estado tan cerca de levantar nuevamente la Copa del Mundo. Sin embargo, aceptó el resultado y se la llevó, reconociendo al campeón.

Ese gesto sencillo contiene una lección que la política olvida con frecuencia: saber perder, aceptar la derrota, también hace parte del juego. Se puede sentir frustración, cuestionar la estrategia, lamentar los errores e incluso creer ciegamente que se merecía un final distinto. Lo que no se puede hacer es desconocer el marcador cuando el partido terminó y las reglas fueron respetadas.

Veamos a la política en el espejo del fútbol. Iván Cepeda todavía no parece dispuesto a ponerse la medalla del segundo lugar. Sus declaraciones y estridencias extemporáneas producen desconcierto y rechazo, incluso por parte de muchos de sus seguidores. En lugar de reconocer con claridad el triunfo de Abelardo de la Espriella, vocifera –junto con Gustavo Petro– un discurso triste, una letanía anémica y confusa, que pretende prolongar la confrontación electoral sembrando dudas sobre la legitimidad política del ganador.

Reconocer una derrota no significa renunciar a las convicciones ni abandonar la oposición. Por el contrario, es lo que permite ejercerla con legitimidad. Una democracia necesita ganadores sobrios, pero sobre todo derrotados responsables.

Messi –el más grande de todos– perdió la final, recibió su medalla y permaneció en la cancha mientras sus rivales celebraban. Y salió del campo sin sacrificar ni un ápice de la gran historia deportiva que ha construído. Firmó su participación en la Copa del Mundo con grandeza, aunque no haya sido su mejor partido.

No sé si a Iván Cepeda y a Petro les gusta el fútbol, pero deberían entender que en la política aceptar el resultado no es rendirse. En cambio, quitarse la medalla y no reconocer al ganador es un acto grotesco y torpe que no sirve para nada. 
 

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