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Juan David Correa
Puntos de vista

Las piedras de la memoria

En las paredes, cuevas, montañas y riberas están talladas las respuestas que aún buscamos como habitantes de un territorio imaginado llamado Colombia. El tiempo está esculpido o pintado allí, y solo quien tenga la curiosidad y la paciencia de experimentar lo sublime puede advertir la profundidad de nuestros saberes y culturas, es decir, de una presunta identidad o, al menos, de abrir más preguntas que nos permitan entender que las interpretaciones del mundo nunca han sido estáticas y que hemos sido muchas cosas y seremos muchas otras. 

Por siglos, pródigos secretos se mantuvieron lejos de conquistadores y colonizadores, primero, y después de ejércitos y de guerras civiles que hoy vuelven a ser la promesa de un rugido artificial que viene del norte con mancornas de oro, medias moradas y bótox en los párpados.

Poco les importa la memoria a esas fieras de plástico creadas como imposturas digitales: ni el destino de dichas poblaciones y territorios, ni mucho menos el reconocimiento de civilizaciones tan antiguas, o más, que aquellas que admiran: han declarado una y otra vez, sin vergüenza ni pudor, que dichas huellas son vestigios de eras que nada tienen que ver con nosotros, mientras impostan la voz para sentirse castrados con billete para comprar villas en Florencia o en Miami. 

La memoria de estos hombres, que sueñan con ser líderes de manadas para reivindicar el expolio, la violencia y la supremacía del género, consiste en haber creado un relato según el cual han sobrevivido los más fuertes, y a lo pasado, pisado. Un subgénero de este relato, más contemporáneo y neoliberal es que nada importa, nada puede ser más que una especulación, y todo el que ose dar una interpretación o reconocer un gesto sagrado en esas inscripciones o esculturas es una especie de profeta de la nueva era, un hippie trasnochado o un impostor en busca de réditos o venganzas personales: el poder también se construye con imaginación y ha sido cocinado durante siglos con recetas que van del proselitismo al colonialismo.

El director colombiano Juan José Lozano, radicado hace décadas en Suiza, ha realizado, en los dos últimos años, en coproducción con Inravisión y Medio de Contención, dos películas sobre la memoria de esas piedras dibujadas, talladas e imaginadas que contienen la energía y la imaginación de los habitantes de este territorio que entonces estaba dividido entre diversos pueblos originarios. Las dos son una respuesta a eso que se ha despreciado en Colombia, mientras se apreciaba en los museos europeos. 

En Chiribiquete, un viaje a la memoria ancestral de América, de 2025, Lozano se detiene en las paredes rocosas de una de las áreas de conservación y patrimonio biocultural más grandes del mundo: una vasta extensión de 4,3 millones de hectáreas de selva húmeda tropical que conecta la Orinoquía, los Andes, el Escudo Guayanés y la Amazonía, ubicada en los departamentos de Vaupés y Caquetá, en la cual se encuentra la serranía de La Lindosa, donde, en 1987, el antropólogo Carlos Castaño Uribe dio noticias a nuestra época de más de setenta mil pictogramas, de más de veinte mil años de antigüedad. En compañía de biólogos, arqueólogos e historiadores, el equipo de Lozano hace un ejercicio pedagógico dirigido al gran público, con imágenes de gran belleza y recursos técnicos del documental científico que permiten admirar la plasticidad de una geografía conmovedora con tepuyes inmensos como siluetas de rostros ancestrales que se alzan sobre selvas densas y boscosas que son recorridas por ríos terrosos que reflejan el cielo testigo de nuestra vida y la de millones de seres que, representados en la piedra, solo podemos imaginar desde nuestra mirada presente.

 Hace una semana larga se estrenó Esculpiendo el tiempo, la segunda película de Lozano, que esta vez se ocupa de explorar un territorio triángulo imaginario que parte de San Agustín y se extiende hasta Tierradentro y Popayán. Aunque la mayoría del documental se centra en lo que algunos antropólogos han definido como una de las grandes necrópolis a cielo abierto del mundo, las preguntas sobre esas inmensas estatuas en piedra, creadas por pueblos que se asentaron en este lugar del macizo colombiano hace más de tres mil años, pasan por uno de los asuntos que más relevancia cobró estos cuatro últimos años y que, una vez más, fueron soslayados por la prensa empresarial y las discusiones públicas sobre eso que somos, más allá de las definiciones al uso sobre multiculturalismo y diversidad. 

En 1913, el etnólogo alemán Konrad Theodor Preuss llegó a Barranquilla. Tenía claro que quería visitar y conocer el sur de Colombia, por noticias que daban cuenta de la estatuaria desde mediados del siglo xix. Preuss hizo el viaje de ida y vuelta y en una década extrajo al menos veintitrés estatuas y se las llevó para Alemania declarándolas “minerales”, pues era consciente, así como las autoridades prusianas de la época, de lo inadecuado que era saquear el patrimonio. La excusa de siempre entre los colombianos es que aquí nadie puso problema: como había ocurrido veinte años antes (1893), cuando el presidente Carlos Holguín Mallarino le regaló la colección Quimbaya a España, para darse aires con la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena, los colombianos hemos sido dados a despreciar y minimizar cualquier asunto que tenga que ver con ese pasado ancestral, que para muchos tigres de caucho e intelectuales flemáticos es improbable en los días que corren, pues somos puro mestizaje, o descendientes de españoles, o portugueses, para lo cual es preciso buscarse linajes que nos permitan tener una visa comunitaria para coronar Europa. Las veintitrés estatuas se encuentran apiladas en una bodega en Berlín, y este, el de Gustavo Petro, ha sido el primer Gobierno en poner el tema sobre la mesa, pues desde 2017 el Tribunal de Cundinamarca así se lo ordenó al Estado colombiano. 

Los dos documentales de Lozano son mucho más que un puñado de anécdotas históricas o legales y nos conectan con tiempos e ideas con los cuales hemos perdido relación como sociedad. Esa historia no se enseña en los colegios, y ahora, cuando las exfiscales milagreras se convierten en ministras para la educación cristiana, parecen querer volver los tiempos de la evangelización, y una vez más el proyecto parece ser negar lo innegable: que nuestras conexiones culturales se hunden en el amanecer de los tiempos y que deberíamos entendernos como parte de una historia que no comenzó con la llegada de unos barcos, unos curas y una soldadesca que colonizó con la espada y en busca del oro estas maravillosas montañas y valles.

En la memoria de las piedras, en toda Colombia, en el Tequendama o en el Catatumbo, tan sonoros y ancestrales como suenan, está un fecundo camino de aprendizaje y especulación; de investigación histórica, geológica, cultural y científica. Al ver las dos películas de Lozano, disponibles en la plataforma RTVCPlay, uno se pregunta por qué no hemos hecho más, como sociedad —a pesar de la fuerza y admirable constancia de miles de profesionales colombianos y extranjeros que han investigado desde la academia e instituciones como el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH)—, por conocer ese pasado que hoy, una vez más, con la entronización de la ‘narcocultura de la motosierra’ pretende ser omitido: los yanaconas, asentados en San Agustín, saben, en todo caso, que son guardianes de la luz en tiempos de oscuridad. Las piedras siempre terminan por hablar.

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