
Noviembre de 1985. Llovía. Un aguacero bíblico. Las gotas caían como piedras, y al estrellarse contra el lodo salpicaba el vivac en el que a duras penas me guarecía. Estaba en el culo del mundo junto a otros guerrilleros trajeados y armados de cualquier manera. Éramos pocos pero significábamos más. Esperaba que la lluvia amainara para tomar un sinuoso camino de mulas que me llevaría hasta la punta de una vía destapada en la que alguien me esperaría en un jeep Willys.
Allí estaba él. Lucía un sombrero al estilo Indiana Jones. Llevaba una escopeta de cacería colgada al hombro. “Listo, compa, nos vamos”, dijo sonriente. En la parte trasera del Willys iba una jauría. Él había preparado cuidadosamente la coartada: éramos un par de cazadores sin suerte. El todoterreno descendía por la cordillera a trompicones y los perros, sea por hambre o porque olfateando la presa, ladraban sin tregua. Entre los nubarrones se divisaba la base militar de Cerro Munchique. Iba tenso. Colombia era gobernada por Belisario Betancur, con quien existía una tregua que llevaría a un acuerdo de paz con las guerrillas. Cuando llegamos a Popayán sentí un pelotazo de alegría. Al día siguiente estaba en Bogotá, lugar en el que se realizaría el congreso constitutivo de la Unión Patriótica.
Fui hasta la Plaza de Bolívar porque tenía razones afectivas para hacerlo. El Palacio de Justicia estaba roto. Parecía recortado de un filme apocalíptico. Las troneras en los muros eran testigos del severo castigo propinado por los proyectiles que vomitaron las bocas de fuego. Los lamparones negros que moteaban las paredes eran el mondo testimonio del espantoso poder de las llamas. Entre los muertos había juristas a quienes había leído, escuchado y visto en carne y hueso. También estaba un samario con quien compartí episodios de rebeldía en la Universidad Libre de Barranquilla.
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