
La crisis de liderazgo que atraviesa Colombia no se explica únicamente por la polarización política, la erosión institucional, los ataques caníbales entre funcionarios, el escándalo de las redes sociales o el asedio permanente de los autócratas a la democracia. Se explica también por algo más profundo y menos visible: un naufragio lento y triste; una ruptura profunda en la manera de entender el poder, su ejercicio y, sobre todo, su relación con la diferencia. Una ruptura que es, en buena medida, el final de la manera de ver de una generación.
Quienes se formaron en los años ochenta y llegaron adultos a los noventa crecieron en medio de una transición decisiva en muchos aspectos. Los de los ochenta todavía creían —con excesos y errores, pero con convicción— que el mundo podía organizarse desde formas de pensar de gran calado. Había causas, contradictores claros y hasta cierto punto, una delicada fascinación por la épica como el sello ideal para resolver los temas. El poder se confrontaba, pero también se asumía como una responsabilidad real: un destino ineludible, casi trágico, pero nunca indiferente. Estaba claro que llegar a liderar también implicaba hacerse cargo de las consecuencias y de los costos.
Quienes llegamos a los noventa en nuestros veinte o treinta años recibimos ese mundo resquebrajado, pero increíblemente fértil. Asistimos a la caída de grandes relatos políticos y nos acostumbramos a vivir entre sus restos: habitamos felices en un cementerio de dogmas. Por eso nuestra relación con el poder fue distinta. Menos enamorada del discurso, pero obsesionada con la coherencia, siempre con una buena dosis de pragmatismo. Aprendimos a desconfiar no por cínicos ni mamones, sino por experiencia: sabíamos —porque lo vimos— que los discursos teñidos de absoluto terminan expulsando (y aniquilando) a quienes no encajan en ellos.
Artículo exclusivo para suscriptores
Suscríbete para acceder a todo nuestro contenido.
SuscribirmeLea los comentarios










