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Jaime Honorio González
Puntos de vista

Los planes de Dios

Escribiré sin respirar, porque no vale la pena hacerlo. Respirar. Diré que Juan Felipe se estaría casando hoy domingo y, en cambio, lo enterraron ayer sábado. Al mediodía. Se iba a encontrar con su novia el viernes, pero —qué horrible paradoja— ese día, justo ese día lo encontraron muerto bajo los techos y las paredes de un viejo hotel en Pereira, donde yació el jueves, el miércoles y el martes, porque exactamente a las siete y 34 minutos de la mañana del pasado lunes diez de agosto de este difícil año, el terremoto que no olvidaremos lo atrapó para siempre, luego de un largo viaje que hizo para ganarse la vida. Vendía monturas de gafas. No importa si ya saben la noticia, no importa si ya conocen la historia. Lo que importa es escribirla sin respirar, porque así deben leerla, trémulos, trepidantes, raudos, vertiginosos, para que terminen como yo terminé después de garabatearla: exhausto, agotado, al límite, de recoger con cuchara, como debemos estar todos después de ese infame lunes. No importa si ya saben cómo termina este relato. Lo que importa es imaginar su maravilloso comienzo. Debió ser una bonita historia de amor, filial, fraternal, paternal, maternal, pasional, conyugal, de todos los amores. Como son los amores bonitos. Por ejemplo, el de su novia, a quien le dijo que la amaba: “nos vemos el viernes”. Pero, no llegó. O el de su papá, Hernán, don Hernán, a quien conocí a mitad de semana, de casco amarillo, ojos azules, la cara roja y una de las más evidentes expresiones de buen tipo que he visto en mi vida. Ojalá lo vean ustedes mismos. El señor permaneció de pie frente a las ruinas del hotel donde estaba su hijo bajo toneladas de escombros, parado en la raya haciendo de todo, incluso irradiando optimismo en cada entrevista que dio, porque lo buscaban a cada rato para que confirmara si era cierto que su muchacho se casaría el próximo domingo: “…estoy seguro de que mi hijo está vivo”. 

—¿Por qué está seguro de ello? 

—Hay vida, hay pequeñas señales de vida y si hay vida hay esperanza. 

Y le envió un mensaje desde los más profundo de su corazón, sabiendo que él no podría verlo: “hijo, te amo, y el domingo te vas a estar casando y si no es el domingo, va a ser en ocho, 15 días, pero vas a estar ahí, hijo”. No fue así. En cambio, lo vi en el funeral ayer, enfundado en una camiseta negra, sosteniendo un globo blanco, al lado del féretro de su niño, su niño de 24 años que hoy iba a ser esposo, lo vi digno, con la frente en alto, y lo escuché decir lo que aquí les escribo: “tengo un dolor en el alma, pero un orgullo gigante en el pecho; se va mi hijo, pero deja marca; (…) la vida no le alcanzó; nuestros planes eran unos, los planes de Dios otros”. Escucho sollozos en la transmisión, comienzo a sollozar, yo también tengo hijos, y ustedes también, lloren conmigo, recuerden que llorar limpia el alma y —además— llorar por las penas de otros vale por dos. Pregúntenle a su Dios en sus oraciones y verán que es cierto. Hay mil historias, unas más tristes, otras más aterradoras, o más increíbles, o más absurdas. Hay mil. Hay una en cada ser humano que se llevó la tragedia, en cada persona que perdió todo lo que tenía, o parte. Incluso, las miserables como el robo de la moto al voluntario que la dejó por ahí mientras ayudaba en las labores de rescate, o quienes saquean las casas destruidas, o los que estafan aprovechando la exacerbada solidaridad que tiene envuelta a este país, este país del que todos reniegan pero no cantan su himno, lo gritan, del que todos se van y al que todos extrañan, este país dividido en dos partes a la mitad, en las que ambas creen que tienen la razón. Es una tristeza infinita saber que sólo una tragedia de esta magnitud nos mostró que los colombianos somos mejores que nosotros mismos y que al final, después de las pasiones políticas, sólo nos queda el amor al prójimo, tan hermosamente manifiesto en estos últimos días de generosa solidaridad. En este punto, ojalá estén sin aire, así pueden respirar profundo y seguir con sus propias vidas. ¡Vívanlas a fondo! Recuerden la frase del atribulado papá frente al féretro de su niño: “nuestros planes eran unos, los planes de Dios otros”.

@JaimeHonorio

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