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Juan David Correa
Puntos de vista

El otoño del patriarca

Nos acostumbramos a su monserga aflautada con un punto de exasperación siempre presente; casi castrada, una represión profunda se advierte en su perpetuo ceño fruncido que se cierra arrugándose encima de sus anteojos. Es como si siempre tuviera entre ceja y ceja a alguien. O que a través de esa grieta salieran hoy los espectros ante su aterramiento: el del socio de la guerra política liberal que en sus abusos alcohólicos arrojaba adversarios como bultos de sal en la escombrera. El mismo con quien terminó de enemigo. El padre y su obsecuencia y servidumbre con los jinetes. La senda en esa oscuridad de los andurriales del suroeste. El Magdalena Medio. Morena. La ampliación del campo de batalla. Ituango. La Carolina. Fernando Uribe Senior, director de la Aerocivil, asesinado por cuatro hombres por no darles permiso a las aeronaves de los narcos. El del consejero Pedro Juan Moreno, quien murió en un accidente de helicóptero cuando más inconveniente parecía. El de los 12 Apóstoles. El de Jaime Garzón. O el de Jesús María Valle. El de tantos y de tantas. Más de seis mil cuatrocientos dos espectros, cuando menos. 

Ha vuelto a salir en redes sociales este fin de semana el expresidente Álvaro Uribe a difamar y a sembrar el odio que aprendió a cosechar desde que era un bachiller. La cólera y la mentira son dos de sus viejas y cuidadas costumbres. La paciencia, en cambio, como la de Job, entra muchos años después por los sótanos de la conciencia. Ha vuelto a aparecer para decirles a los colombianos —que aún lo escuchan— una serie de frases que revelan lo que en verdad piensa sobre su propio pasado: “Los congresistas de Petro y de Cepeda sacaron el 54 por ciento de los votos en los 126 municipios donde hay más violencia, de acuerdo con la MOE […]. Eso es un indicio muy grave. Aquí condenaron a muchos por la parapolítica por esos indicios de votos. Esto se tiene que investigar, porque la amenaza sigue. Esos votos fueron contra la amenaza… de… —espera y se corrige— apoyados por la amenaza del fusil”.

El expresidente acepta aquello que se resistió a decir públicamente durante décadas. Eran verdad los debates en el Congreso de la República, por parte del senador Gustavo Petro, y las denuncias ante la Corte Suprema de Justicia, por parte de la dirigente del Polo Democrático Clara López Obregón. Dice, y es cierto: “La amenaza sigue”, y agrega que “esos —como los votos del pasado— fueron apoyados por la amenaza del fusil”.

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