Ir al contenido principal
Marta Ruiz
Puntos de vista

¿Batalla cultural?

Tuve en mis manos dos cartas: una en defensa de _La Silla Vacía_ y otra en defensa de _Revista Raya_, firmadas por intelectuales, periodistas y líderes políticos. Los dos medios están entre mis afectos y los leo con frecuencia porque creo que hacen un periodismo valioso dentro de un ecosistema mediático en decadencia y polarizado. Y los consulto a pesar de que también se equivocan y a veces me decepcionan.

No firmé ninguna de las dos cartas porque ambas me produjeron una sensación incómoda. La primera simplificaba la relación entre poder y medios; la segunda despachaba demasiado rápido el maridaje entre periodismo y gobierno. También me inquietó ver a tantos intelectuales filados en dos trincheras: unos etiquetados de derecha y otros de izquierda, como si el periodismo fuera una prolongación de la confrontación electoral.

Y es que el periodismo no es un juego de suma cero, como quizá lo pueden ser las elecciones. En ellas se gana o se pierde, y ganar el cupo a la Presidencia implica eliminar a los demás jugadores. Aquí no se trata de estar con La Silla contra Raya o con Raya contra La Silla. En un mundo tan fragmentado como el actual, donde ya casi no existen relatos compartidos sobre la realidad, necesitamos leer aquí y allá, contrastar versiones, movernos entre distintas miradas para intentar comprender qué está ocurriendo realmente.

Informarse se convirtió en un ejercicio agotador porque reina la sospecha sobre los medios y periodistas, sobre sus agendas, sus silencios, las fuentes que privilegian, los intereses económicos o ideológicos que los atraviesan, pero que ocultan. Ciertamente los medios no solo vigilan al poder, sino que también suelen ser amantes de él, y esa relación está a ojos vista. Porque el problema no es que los medios tengan una tendencia política, sino que pretendan que no la tienen. Por eso, quizás, reinan las redes sociales, que son trincheras emocionales descaradas, sin ninguna pretensión de neutralidad.

Me gusta que La Silla le ponga la lupa al Gobierno porque sé que Raya probablemente no lo hará con el mismo énfasis. Y me gusta que Raya escrute a otros poderes, incluida la oposición, porque muchos medios tradicionales no lo hacen. Lo importante es que lo hagan con rigor, contexto y honestidad intelectual.

¿Tienen afinidades políticas? Seguramente sí. Sería ingenuo pensar lo contrario. Durante décadas, el periodismo de Colombia, y de América Latina, cultivó la ficción de una neutralidad, a la que aún se aferra, y en la que el público dejó de creer hace rato. Pero reconocer que todo periodismo tiene estos marcos políticos no significa aceptar que el periodismo deba convertirse en propaganda.

A la propaganda no le interesa la verdad, sino convencer. Manipula los hechos para producir adhesión ciega. Necesita enemigos claros, relatos simples, fidelidad sin condiciones, porque busca movilizar políticamente. El periodismo hace lo contrario: dudar, verificar, matizar, complejizar, tomar distancia, incluso cuando la realidad contradice las propias simpatías ideológicas del periodista.

Hay medios que se dedican cada vez más a la propaganda, y andan en modo batalla cultural e incluso ponen a sus periodistas como candidatos políticos, pero eso es un caso extremo. Batalla cultural es una noción con raíces gramscianas que las derechas contemporáneas resignificaron y convirtieron en bandera, y a la que hoy adhieren también ciertas izquierdas. La batalla cultural, y su lenguaje de guerra, implica destruir al otro. En el terreno de la disputa política busca conquistar hegemonía y exaltar identidades. Reducir la duda y las zonas grises. Es algo que existe, pero que es de la naturaleza de quienes están en la política y sus órganos de difusión.

El periodismo, justo porque es sobre todo una actividad cultural, no dogmática, y no debería funcionar bajo esa lógica. Si el periodista se asume como el soldado de una causa deja de hablarle a la sociedad y empieza a hablarle únicamente a su tribu. Se atrinchera. Gana seguidores, influencia en las plataformas digitales, pero empobrece la esfera pública.

Un periodista tribal termina reducido a su nicho. Un periodista de trinchera deriva en activista político. Y una sociedad donde toda información se convierte en propaganda acaba perdiendo el piso común de realidad sobre el cual debatir. Si los periodistas se convierten en combatientes culturales, ¿quién podrá moderar la conversación social? ¿Qué espacio quedaría para repensarnos y contradecirnos? ¿Qué lugar para la crítica?

No creo que estemos en medio de una batalla cultural sino de otro fenómeno. En Colombia se rompió el relato único. Durante décadas, los medios, que eran y siguen siendo parte del establishment, convirtieron en sentido común ciertos valores: la ideología neoliberal, la necesidad de la guerra, la superioridad de la tecnocracia, la sacralidad de las instituciones, y la predestinación de las élites para gobernarnos. Mientras tanto, las voces que estaban por fuera de ese consenso fueron menospreciadas o abiertamente estigmatizadas. A pesar de todo, ese periodismo produjo trabajos memorables y acogió a periodistas críticos y valientes. Pero su horizonte cultural seguía siendo mantener el estatus quo.

Con la llegada de la izquierda al poder emergió otro país: otras élites, otros lenguajes, otras sensibilidades, otras preguntas sobre raza, clase, otras agendas como la desigualdad y otras necesidades de representación. Y por supuesto, otros medios y periodistas. Sectores históricamente invisibles empezaron a disputar también el relato nacional, y eso es un cambio tremendo, porque esas nuevas voces ni son marginales, ni se les puede desdeñar. Eso no debería asustarnos. Por el contrario, hace parte de la tensión normal de una democracia más diversa y plural.

Y claro que sí, existe una disputa más intensa por los imaginarios, por darle sentido a la realidad. Pero convertir esa tensión en una guerra de aniquilamiento, con víctimas y villanos, destruye precisamente aquello que el periodismo debería proteger: la conversación democrática.

Por eso sigo creyendo en La Silla y sigo creyendo en Raya. Pero esa fe no es incondicional. Creo en lo que cada uno hace cuando actúa como medio periodístico y no como vocero de una causa. Creo en un periodismo plural, incómodo, contradictorio, capaz de vigilar distintos poderes sin convertirse en instrumento de ninguno. Creo que pueden convivir medios distintos siempre que jueguen con las reglas del periodismo y no con las reglas de la propaganda, las tribus digitales o los intereses oligárquicos. La diferencia no es ideológica, es de oficio.

Finalización del artículo

Lea los comentarios

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscriptores

Compartir artículo en redes sociales