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Juan David Correa
Puntos de vista

El sentido de un final

“Lo que recuerdas no es lo mismo que lo que presenciaste. Vivimos en el tiempo y nos molesta, pero nunca hemos creído comprenderlo muy bien”, dice el narrador de la novela de Julian Barnes, a la que pertenece el título de esta columna. Cada cual tendrá una historia que contar sobre estos cuatro años que terminan mañana como ciclo del primer gobierno progresista del país. Depende de quién y desde dónde se haga el balance, por supuesto, las posibilidades son tan desemejantes como las que hemos intentado comprender estos cuatro años todas y todos los colombianos. 

He ahí un cambio importante y trascendente y es que no ha habido, en nuestra vida pública reciente, un momento de tanta deliberación, participación y conversación política sobre el funcionamiento del Estado, el modelo de desarrollo, la desigualdad social, las rentas, la descentralización entre otros, como estos cuatro años, sin omitir el hecho de que en décadas anteriores, gracias a esos análisis, críticas y movilizaciones, se logró el acumulado para dotar de energía a este tiempo de gobierno. Los temas que hoy se expresan en muchos lugares y contextos sobre la reforma agraria, la economía política, el salario mínimo, la inflación, el cambio climático, la disputa cultural, la educación o la reforma laboral, entre muchos otros, no habían tenido un lugar social tan evidente en nuestra conversación pública.

La paradoja, por supuesto, es que en ese momento de efervescencia de las ideas y las discusiones, los tecnofeudalistas hubieran comprendido el mecanismo y, además de acelerar mentiras y sentimientos religiosos capaces de transformar los comportamientos electorales; de manipular, como ya se ha ido demostrando en varios países en los cuales empresas israelíes y norteamericanas de software y vigilancia privada han incidido en los algoritmos y programas de conteo de votos para hacer posible lo que a muchos siempre nos seguirá pareciendo imposible.

Y es imposible porque nadie puede tomarse en serio este sainete mal hecho en el cual un grupo de hombres y mujeres rezan y construyen edificaciones de dry wall en un batallón, y anuncian que volverán a la idea de tener un país en torno al concepto de tradición, familia y propiedad… evangélicas. 

Creo que no se les puede tomar en serio no porque ahora tengan más poder —y quizás puedan conseguir más— sino porque no es serio lo que dicen, lo que piensan, cómo se ven ni lo que dicen representar. 

No es serio que usen un libro como la Biblia como si fuera un manual de Ayn Rand en el cual está escrito que tenemos que vivir un infierno en esta Tierra para acelerar la llegada de Jesús. Exégetas de instrucciones y manuales del cómo hacerse rico en cinco segundos; intérpretes del mandato de hacerse millonario para hacer volar dólares por el aire mientras se mece el cuerpo en una cama de agua iluminada por una luz de neón. No son lectores, no comprenden lo sagrado, han reemplazado la profundidad y la complejidad de las ideas producidas por la civilización en fórmulas para convencer a quienes han sido desechados por el capitalismo, captados en un puerta a puerta de esquema piramidal, cual modelo multinivel, otro invento neoliberal para explotar la fuerza de trabajo sin remuneración.

No es serio que insistan en que van a hacer un gran frente contra la corrupción sistémica cuando muchos de sus funcionarios tienen o han tenido investigaciones y condenas, como el pastor exalcalde de Bucaramanga. La corrupción es un sistema de relaciones que actúa en red, que tiene puntos en todo su tejido del que participan millones de personas en el país: ellos son la red y lo sabemos porque sus fortunas y clanes políticos han sido materia de investigaciones públicas.

No es serio que una cadena de supermercados que evolucionó hacia la captura del poder mediático, deportivo y político hasta convertirse en grupo económico, sea el modelo de gestión del Estado por interpuesta persona, cuando todos sabemos que esa interpuesta persona —ese ya-sabemos-quién pero que es mejor no nombrar, como un dummie de Voldemort— ha menoscabado a todo el mundo, y todo el mundo sabe en el Caribe que ese muggle con cuerpo de hobbit famélico tiene enemigos y deudas en ese mundo en el que se ha hecho como asesor de paramilitares, narcotraficantes y esquilmadores profesionales. 

No es serio que creamos en una impostura, porque eso nos mostraría como una sociedad sin esperanza, entregada a un experimento ridículo, sacado de una versión cincuentera de La Liga de la Justicia, llamada El Escudo de las Américas. Es incluso risible si un rayo nos destruye porque entonces la humanidad habría demostrado que su capacidad de sumisión es infinita: que está dispuesta a aceptar que personas como ya-sabemos-quién tengan el grado de verosimilitud que ninguno de los designados en ese salón en Barranquilla, donde hicieron su primer encuentro sobre el país que gobernarán, que se dedicaron a rezar porque no sabrían qué otra cosa hacer juntos.

De todo eso carece el ilegítimo De la Espriella y ese quizás es el sentido de este final: no balance, sino proyección; una imagen sin fondo, una voz sin ideas, un clip de inteligencia artificial para el que se han prestado sus funcionarios que acarician tigres de pixeles, contribuyendo a un relato mal hecho, burdo, chafo y horrible en su estética. La proyección de algo que se quiso imponer cuando el país reaccionaba en medio de un punto de inflexión, de un cambio profundo producido por una fuerza política que, como todas, encierra las contradicciones y paradojas del poder cooptado por quienes participan de las rentas, las contratación pública y se han lucrado vendiendo humo durante años para terminar por convencer de que todo es un problema de gestión y por eso siempre será mejor pensar en que la sociedad es un PyG y que los balances incluyen pérdidas humanas, y que los términos son fijos, aunque hablemos de nuestra desaparición como especie; que los inventarios están llenos y hay que vaciar las bodegas despidiendo gente a la calle; que hay que ser optimistas porque hay un Jesús que nos dará la mano aun cuando no haya mano de obra; que no hay para qué producir papel porque es más barato en China; que es mejor tener la Fuerza Delta y a Terminator para acabar con la guerrilla; porque la guerrilla es el problema, el comunismo es el enemigo, es Satanás, y ese enemigo es el que debemos combatir. El enemigo no es el hambre, ni las epidemias, ni el desempleo, ni la privatización del agua, la salud, la educación, los contratos laborales y todo lo que conocemos como público, porque lo público es el enemigo. 

Los sermones de estos hombres y mujeres que se hacen llamar pastores pero que no son otra cosa que manipuladores del miedo a través de la oración que solo busca el odio y la venganza —nada de eso puede ser llamado espiritual de ninguna manera—, y su articulación a ya-sabemos-quién, pertenecen a ese nuevo género que se quiere imponer y es la ilustración oscura. 

Estamos en las tinieblas gracias a los comunistas, y no al neoliberalismo como fase agónica del capitalismo: nuestra arca debe atravesar la tempestad y allí solo subirán los elegidos que tengan cómo pagar o negociar. Los demás sobran, son parte de un inmenso rebaño condenado que merece su suerte de ir hacia el abismo, nuestro sacrificio dejará una tierra arrasada que será sembrada por drones que pertenecen al arca para beneficio de estas comunidades sobrevivientes al diluvio: el modelo será algo que no sabe, no huele, no existe, solo es una proyección de algo que quienes queden tendrán que convenir que existe.

Hace cuatro años celebré, como muchos, el acto de posesión de un presidente a quien yo había apoyado como ciudadano desde su papel como valiente parlamentario desde mediados de los años noventa, su alcaldía de Bogotá, en 2012, y luego, de manera decidida, en su aspiración a la Presidencia en 2018, cuando perdió frente a Iván Duque, y en 2022 cuando triunfó contra Rodolfo Hernández. 

Este país no será el mismo: su irreverencia, incluso sus enormes contradicciones, pueden ser materia de análisis. A mí me interesa pensar, en cambio, si no nos estábamos preparando para la proyección de esta fantasmagoría creada por los algoritmos, que parece inevitable de atravesar por todo el mundo, para comprender que estamos preparados para no comer palomitas artificiales mientras nos divertimos viendo cómo bombardean, asesinan, condenan y desaparecen.

Creo que ese es el sentido de este final: no solo la memoria de cuánto y por qué fue importante, sino la convicción de que fue tan importante que seremos capaces de oponernos a un decorado de inteligencias artificiales, que podemos atravesar sin miedo.

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