
La mañana del 2 de octubre de 2016 fue lluviosa en Bogotá y en el Caribe. Tras semanas de calcular la apabullante victoria del Sí, en el absurdo plebiscito planteado por el expresidente Juan Manuel Santos para someter a decisión popular aquello que está consagrado en la Constitución como un deber de todos los gobiernos —la búsqueda de la paz—; con la mayoría de los medios empresariales jugados apoyando la respuesta afirmativa y al Gobierno; con una algarabía triunfalista muchos nos dedicamos a organizar fiestas, celebraciones por la evidente victoria popular en las urnas de un país movilizado por la paz.
Nos parecía obvio: nadie en sus cabales podría contestar a la pregunta “¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?” de manera negativa. ¿Alguien deseaba lo contrario a terminar el conflicto armado? ¿A apoyar, juntos, la construcción de una paz que nos llevara más allá de la eterna consigna de que estábamos condenados al horror de las guerras que hemos vivido de manera repetida desde que somos república?
A las cuatro de la tarde muchos encendimos el televisor o la radio. Nos congregamos con el corazón latiendo porque por fin íbamos a darle un mensaje al planeta: habíamos decidido comenzar a caminar con decisión hacia la paz a través de una reforma agraria, una lucha contra la desigualdad, un fortalecimiento integral de nuestros territorios, una inclusión decidida de quienes estaban por fuera del relato nacional, un desmantelamiento de quienes persistían en caminos armados, un diálogo sobre el uso, la regulación y una nueva agenda sobre las drogas, que iba a tardar, pero que era impostergable pues no teníamos más tiempo, una dignificación de las diez millones de víctimas, la construcción de un sistema de justicia que nos condujera, a través del tiempo a la verdad, y la reparación; y una perspectiva nueva de organización política, mediante la cual volviéramos e insistir en que la democracia es de partidos fuertes, con causas claras, reglas transparentes en las elecciones, y sanciones ejemplares para quienes capturaran las rentas del Estado, de todos, para su beneficio y el de la maquinaria de la guerra.
El arrasamiento nos hacía soñar con que ahora sí iba a ser posible leer aquél poema de la premio nobel polaca Wisława Szymborska con el compromiso de estar listos y prestos a asumir la tarea que ella nombraba en Fin y principio y que dice:
Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.
Alguien debe echar los escombros
a la cuneta
para que puedan pasar
los carros llenos de cadáveres.
Alguien debe meterse
entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás,
las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.
Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro,
alguien poner un vidrio en la ventana
y la puerta en sus goznes.
Eso de fotogénico tiene poco
y requiere años.
Todas las cámaras se han ido ya
a otra guerra.
A reconstruir puentes
y estaciones de nuevo.
Las mangas quedarán hechas jirones
de tanto arremangarse.
Alguien con la escoba en las manos
recordará todavía cómo fue.
Alguien escuchará
asintiendo con la cabeza en su sitio.
Pero a su alrededor
empezará a haber algunos
a quienes les aburra.
Todavía habrá quien a veces
encuentre entre hierbajos
argumentos mordidos por la herrumbre,
y los lleve al montón de la basura.
Aquellos que sabían
de qué iba aquí la cosa
tendrán que dejar su lugar
a los que saben poco.
Y menos que poco.
E incluso prácticamente nada.
En la hierba que cubra
causas y consecuencias
seguro que habrá alguien tumbado,
con una espiga entre los dientes,
mirando las nubes.
Nos parecía imposible que, en la soledad de las urnas, ante una pregunta sencilla se activaran el miedo, la incertidumbre y la rabia frente a una causa que a cada uno de los colombianos nos parece un fin superior: dejar de matarnos, asumir el camino difícil de buscar ser antagonistas con las ideas y no con la fuerza cruenta del poder, y tomarnos en serio los problemas de un mundo en policrisis para asumir que el sistema en el que vivimos necesita enormes correcciones en todos los ámbitos de nuestra vida para alcanzar un estado de convivencia pacífica. Un país tan bello como el nuestro, con culturas ancestrales y migrantes en un mismo territorio, con la biodiversidad más compleja y rica del orbe, con ideas y creaciones que han atravesado las fronteras hasta convertirse en paradigmas del arte, la ciencia, el conocimiento, la profundidad cultural de los pueblos indígenas, afro, campesinos, urbanos, mujeres y jóvenes, la música, la filosofía, el deporte, entre muchos otros logros incontestables, le iba a demostrar a la humanidad que había empezado a caminar junto para llegar lejos, así nos demoráramos.
Llegaron las cuatro y veinte de la tarde y de manera casi inmediata apareció la gráfica que ya era un destino: había ganado el No.
La campaña para votar en contra de lo que parecía evidente había funcionado. Nos había parecido absurdo que alguien pudiera creer en que el acuerdo de paz proponía ‘homosexualizar’ a los niños, quitarles las pensiones a quienes estaban en condición de pobreza o tantas otras patrañas fantasiosas que circulaban en ese entonces como advertencias fúnebres.
Evitamos pensar en aquellos y aquellas que tenían temores infundados por un sentimiento macabro instalado por la ultraderecha del país, con Álvaro Uribe como su Júpiter fundacional, dispuesto a destruir cualquier planeta antes de nacer, actuaban por mera ignorancia. No quisimos atender la religiosidad de los nuestros, su íntima convicción heredada desde tiempos coloniales de que éramos enemigos, de que en nosotros habitaba el mal y la solución era extirparlo, con la guadaña impuesta como símbolo de “inexorable igualadora”. Supimos que nos habíamos equivocado. Pero también entendimos, como si el fantasma se hubiera presentado ante nosotros, que era el momento de asumir que el No no era un mensaje de los millones de habitantes de ese país de la belleza, sino de una cultura arribista, patriarcal, esclavista, misógina, que aún persistía en nosotros como un prejuicio inoculado por esos poderes que habían hecho la tarea de someternos con el pragmatismo y la soberbia de que eso era lo que nos merecíamos.
Muchos y muchas salimos a las calles a pedir que se reactivara el acuerdo. En el mapa vimos que los territorios considerados periféricos, pero que son centrales en la vida de nuestra república, fueron los que se movieron con más decisión a apoyar la paz. En Bogotá y los Andes llovía. En el Caribe maltratado por los clanes llovía. En Colombia llovió ese día.
Pero después, no lo olvidemos, esta sociedad que somos también, y tan bien somos, creó una institucionalidad para la paz, se lanzó a las calles en un estallido de vida y de memoria, eligió al primer Gobierno progresista tras los estertores de una criatura que persistía en decirnos de frente que prefería hacerlo todo trizas, seguir con su campaña de destripamiento, y ha sido capaz de recibir con paciencia cientos de miles de hectáreas, ha reconocido que no tiene por qué avergonzarse de quién es, ha comprobado que las mentiras no son las aliadas de su credo, ha podido palpar la dignidad de tener un salario mínimo vital, de ver el hambre disminuir, de soñar con un país de muchos, y no de pocos.
Esa sociedad que sigue levantándose a diario a sembrar y a convertir nuestros campos en una posibilidad de riqueza, y que sabe que el crimen, la corrupción, y el sentido común que nos instalaron como si fuéramos autómatas, según el cual nuestra larga noche terminará cuando nos exterminemos, no se acabará sin un esfuerzo colectivo y generoso: es la misma gente que debe, así el agua nos llegue al cuello, elegir, una vez más, la vida. Si no queremos una nueva tarde de desesperanza, nos corresponde saber que ganar en primera vuelta, eligiendo a Iván Cepeda como presidente de Colombia, este 31 de mayo, será igual a que nos miremos con curiosidad y nos digamos: ¡Sí!
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