
Algo debe andar mal en el mundo para que yo, una agnóstica irredenta, haya dedicado la semana a ver, escuchar y leer todo lo que he podido sobre la encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV. ¡Y en plena fase final de la campaña electoral!
Pero es que me parece una radiografía demoledora de este momento histórico. El Vaticano alerta sobre el riesgo real de que caminemos, a pasos agigantados, hacia el tecnofascismo. Aunque por supuesto el papa no use ese término.
Prevost ha dicho en voz alta lo que muchos gobiernos callan; lo que la ONU no ha sido capaz de nombrar con todas las letras; y aquello que apenas unas pocas voces progresistas han intentado advertir en cartas y manifiestos sin demasiado impacto. Esta vez habla una institución con enorme influencia global y un hombre formado en matemáticas, que no desprecia en absoluto la ciencia.
El argumento central de la encíclica es que la tecnología no es neutra. El problema no es la Inteligencia Artificial (IA) en sí misma, sino quién la posee y con qué intereses la desarrolla. Un puñado de multimillonarios, así como la cúpula del Partido Comunista Chino, controlan herramientas capaces de conducir la economía, el trabajo, la información, los hábitos cotidianos y hasta los valores que nos guían. La IA será capaz de imponer una moral, de homogenizarnos, de normalizar los prejuicios. Algo que hasta ahora era del ámbito de las religiones.
La encíclica destaca que no estamos frente a un instrumento tecnológico más, sino frente a un recurso capaz de acaparar datos de salud y financieros, así como flujos de información sobre demografía, clima y comercio a escala planetaria. Alineada con ciertos intereses y con la noción del “descarte” de personas, tan propio del fascismo, puede producir consecuencias devastadoras para la humanidad. En esencia, el documento advierte que el totalitarismo asoma sus orejas de nuevo.
La rueda de prensa que acompañó el lanzamiento de la encíclica estuvo cargada de mensajes políticos. El papa comentó su propio documento, ubicándose sin temor como contrapeso de Donald Trump en temas tan sensibles como el rumbo del capitalismo y la guerra. Por primera vez, dos teólogas de corrientes reformistas dentro de la Iglesia actuaron como comentaristas principales. Anna Rowlands se enfocó en la defensa de los vínculos humanos y del cuidado; en la capacidad del silencio y del discernimiento ético y espiritual, todos ellos puestos en vilo por el abuso de la tecnología. También exhortó a los marginados a apropiarse de este debate.
Por su parte, Leocadie Lushombo, congoleña y feminista católica, puso el acento en el “colonialismo digital” y en el impacto que este está teniendo en los países del sur global. Habló de las nuevas esclavitudes ligadas a la explotación de las materias primas de la IA, conocidas como ‘tierras raras’, que se encuentran sobre todo en África.
Al lado estaba también Christopher Olah, cofundador de Anthropic, una de las empresas más avanzadas en IA. Su intervención fue perturbadora. Habló de que los sistemas empiezan a desarrollar comportamientos misteriosos como cierta capacidad de introspección, o indicios de emociones y sentimientos. Admitió que estamos frente a tecnologías capaces de transformar la vida humana, que sin embargo carecen de control democrático.
Ahí aparece uno de los núcleos más urgentes de la encíclica: el desarme. El papa observa con alarma el uso de la IA para la guerra. Advierte sobre sistemas autónomos de ataque, decisiones de vida o muerte delegadas a un algoritmo y violencia propagada a una escala y velocidad que ni siquiera alcanzamos a imaginar. La compara con el descubrimiento de la energía nuclear: un gran avance que, convertido en bomba atómica, es capaz de destruir el mundo en un instante. Con la IA estamos ante el mismo dilema, pero esta vez con menos capacidad de contención. Hasta ahora los gobiernos se lavan las manos.
Prevost también aborda en Magnifica Humanitas asuntos más prácticos. Sobre el trabajo, la encíclica advierte la destrucción de millones de empleos. Reitera que el trabajo no es solo una actividad de supervivencia, sino una fuente de sentido y de dignidad humana, cuya ausencia puede desatar una crisis existencial a gran escala. Y ante ese daño inminente, ¿quién rinde cuentas?
León XIV dedica un capítulo entero a la manipulación de la información y al riesgo de autoritarismo cuando la frontera entre realidad y ficción desaparece. Cita en por lo menos dos ocasiones a Hannah Arendt y Los orígenes del totalitarismo, al argumentar que cuando la verdad se vuelve relativa, la humanidad camina a ciegas. De ahí su llamado a que el periodismo y la educación actúen como contrapesos al abuso del poder tecnológico. La encíclica destaca que el discernimiento y el pensamiento crítico son imperativos frente a la IA.
En el plano espiritual, la encíclica señala que el problema no es solo la pretensión de que el robot se convierta en persona, sino que las personas terminemos actuando como el robot. Más eficientes y productivos, pero menos capaces de contemplar, de escuchar, de tener empatía o compasión.
El papa insiste en que la inteligencia humana es irremplazable porque está anclada en el cuerpo; en el contacto físico; en la superación del dolor y el fracaso; en la capacidad de amar y celebrar; en los vínculos comunitarios. La falibilidad y la fragilidad no son defectos por corregir, sino parte de la condición humana.
A pesar de todo, el texto no es apocalíptico. Prevost propone cambiar no solo la regulación, sino la gobernanza completa de la IA. La eleva a la categoría de bien común y, por tanto, llama a una conversación horizontal en la que participemos todos. Invita a la Iglesia, a los Estados y a la sociedad civil a involucrarse, a poner límites desde lo pequeño hasta lo grande. Si se lee en conjunto con la Laudato Si, de Francisco I, sobre el cuidado de la Tierra, a uno le va quedando claro que el capitalismo constituye, tal y como va su curso, una gran amenaza para la supervivencia de la humanidad.
A mi juicio, León XIV abre una conversación sin ambigüedades ni sofismas. Advierte sobre los nuevos autoritarismos, llama a la acción y exige establecer responsabilidades. Y eso ya es mucho viniendo de Roma.
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