
El derecho a elegir hace parte de la integridad del ser humano, y como tal es sagrado e inalienable. También creo que entre más informados estemos, mejor conservamos la pureza del voto. Así que la mejor manera que conozco para poder votar a conciencia es tener la apertura mental de entablar diálogos sinceros con los líderes más representativos de las distintas ideologías políticas que hay.
Por esa razón, hace dos semanas invité públicamente a cuatro candidatos presidenciales a que visitaran las instalaciones de Sidoc para que tuvieran la oportunidad de exponer sus ideas, y para que los trabajadores escucharan los planteamientos del grupo de aspirantes de donde saldrá, a mi juicio, la persona que gobernará a Colombia por los próximos cuatro años. Esos candidatos son Claudia López, Paloma Valencia, Sergio Fajardo e Iván Cepeda.
Establecer esa cercanía entre candidatos y electores resulta fundamental para no ser víctimas de la polarización que se ha posicionado en las últimas semanas. Para nadie es un secreto que hay políticos tan convencidos de que la Presidencia es un trofeo, que lo que debería ser una lucha de ideas lo convirtieron en una guerra por el poder. Las agresiones están ocupando los noticieros, los programas de opinión, las redes sociales y la calle. Se ha vuelto lo más normal del mundo armar escándalos y descalificar al otro para intentar ganar votos. Y en medio de tantas trifulcas, parece que a todos se nos ha olvidado que la política debe enfocarse en mejorar la calidad de vida, no en disminuirla.
Por eso a veces siento que este país va por dos caminos muy distintos: uno donde se toman las decisiones, y otro donde se padecen las consecuencias de esas decisiones. Lo cierto es que el próximo presidente necesita de todos los colombianos para levantar al país de la división en la que está cayendo. Y para que ese propósito sea posible, la Presidencia debe empezar a ser vista como un medio para unir al país en torno a un bien común.
En el último año he confirmado tres cosas: la primera, que el electorado está cansado de la violencia política; la segunda, que la gente quiere que se sigan produciendo cambios sociales importantes; y la tercera, que para mí es la de mayor trascendencia, es que cambie la relación entre los empleados y los empleadores hacia un estado de confianza total entre ambas partes, porque un país se construye más fácil cuando la valoración de la mano de obra permite trabajar, progresar y vivir con dignidad.
Hace algunos días, la destacada periodista Paola Herrera me preguntó en su programa cuál debería ser el rol de los empresarios colombianos en las elecciones. No soy nadie para sugerirles a los demás lo que deben hacer, pero se me ocurren dos posturas que pueden fortalecer esa relación entre los empleados y los empleadores: la primera es que los empresarios guardamos la neutralidad, y la segunda es que facilitemos que las personas que trabajan con nosotros conozcan todas las posturas políticas en vez de orientar alguna en particular. De esta forma aportaremos un granito de arena para que cada quién forme su opinión con libertad de criterio y ejerza la pureza de su elección cuando esté al frente del tarjetón.
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