
Tengo 81 años. Y al igual que millones de colombianos, he luchado toda la vida por salir adelante. Empecé como emprendedor y 60 años después tengo la enorme satisfacción de haber creado empresas que valoran al ser humano con una filosofía de crecimiento compartido. No soy de izquierda ni de derecha. Creo en el sistema capitalista, pero también que ese capitalismo debe servir para que la gente que trabaja en la legalidad se desarrolle y prospere. He trabajado por la paz de Colombia, he sido activo socialmente, he apoyado liderazgos de todas las corrientes políticas y hasta incursioné en el servicio público para trabajar por la estabilidad social de mi región. He tratado siempre de ser un buen ciudadano pero, por mis posturas personales, recibo ataques de un lado y del otro.
Esta semana, un influenciador publicó en sus redes sociales que yo recibí dos billones de pesos del Gobierno del presidente Gustavo Petro, algo que no es verdad. Supongo que es su manera de tergiversar los aranceles que fueron establecidos para defender al sector siderúrgico colombiano de la competencia desleal de China, un problema mundial que tiene al borde de la quiebra a cientos de siderúrgicas en Latinoamérica. No es la primera vez que me difaman, y tampoco será la última. La lista es larga.
Cuando fui alcalde de Cali me graduaron de llorón. Entonces un político, que ahora es senador del Pacto Histórico, cuestionó mi buen juicio y pidió públicamente que un especialista certificara mi salud mental para demostrar que estaba apto para gobernar.
Hace un año, una exsenadora del Centro Democrático mintió en una entrevista al afirmar que yo monté Sidoc gracias a una fortuna que supuestamente heredé de un hermano, como si la fábrica no fuera producto del esfuerzo de miles de trabajadores que han creído en ella desde hace 39 años.
Hace dos meses, un medio de comunicación alternativo vinculó el nombre de Sidoc al ‘Proyecto Júpiter’, una supuesta estrategia ideada con fines electorales, cuando en la empresa siempre se ha defendido el derecho fundamental a votar libremente. Cualquier trabajador puede dar fe de ello.
Incluso amigos de infancia de mis hijas, muchachos que vi crecer hasta convertirse en hombres hechos y derechos, y que hasta apoyé en determinados momentos, han intentado hacerme campañas sucias para desprestigiarme.
Nadie está exento de ser cuestionado. Sin embargo, el costo de asumir posturas de centro es precisamente ese: las mentiras que se convierten en falsas noticias. Y algo queda. Pero a estas alturas he aprendido a tomar las afrentas como hojitas que le caen al dulce. De todos modos, no deja de ser triste que por el solo hecho de pensar distinto, otros opten por calumniar e injuriar sin medir las consecuencias.
A pesar de todo, sigo pensando que la única forma de arreglar este país es convenciéndonos de que a Colombia la tenemos que empujar entre todos. Eso implica unirnos como sociedad, tolerarnos y respetarnos independientemente de nuestras convicciones personales. Y luchar con la honestidad y entereza que demostró el ‘Cucho’ Hernández en el partido contra Uzbekistán, donde un jugador del doble de su tamaño lo tumbó y le cayó encima, pero se sobrepuso y se levantó, forcejeó, lo gambeteó y pudo tirar un centro perfecto para que Jáminton Campaz marcara el tercer gol. De eso se trata.
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