
Aunque duela tenemos que admitir que la paz se nos fue de las manos. Diez años después de firmado el acuerdo con las FARC somos una nación fracturada, lejos de la reconciliación y con un odio sedimentado en las corrientes profundas de la política. El acuerdo de 2016 prometía cerrar el último ciclo de la guerra insurgente y abrir una transición democrática capaz de enfrentar las causas históricas de la violencia. La hoja de ruta estaba escrita, y aunque imperfecta, tenía una visión de largo plazo para afrontar la pobreza rural, la exclusión política, el abandono de las regiones, la concentración de la tierra, la impunidad.
No fuimos capaces. No fueron capaces nuestros líderes políticos, pero tampoco nosotros como sociedad. Porque la paz exigía mucho más que el silencio de los fusiles, que se hizo a medias; y más que cambios estructurales, aun a medio camino. Requería un espíritu, un alma, una inspiración. Había que desmontar las emociones fermentadas durante la guerra. Aquella pulsión vernácula, no sé si calculada o espontánea, de aniquilar al otro.
La grieta apareció con el plebiscito. El país quedó partido en dos y nadie tuvo la grandeza suficiente para tender puentes. Eran dos Colombia que se miraban con rabia y desprecio. Ellos y nosotros. Se intentó una negociación con líderes políticos que agitaban las banderas del NO, pero fracasó porque sus agendas electorales tenían más peso que el interés nacional. La paz, que durante años había sido un consenso, se convirtió de pronto en un campo de batalla ideológico.
La paz necesitaba un acuerdo nacional que nunca se construyó. Un espíritu, un alma, una inspiración. Necesitaba que todos aceptáramos que la guerra era un horror irrepetible. Que todos los actores armados, sin excepción, se degradaron hasta el tuétano. Las guerrillas que secuestraron y asesinaron. Las fuerzas oficiales que creyeron que sus fines loables justificaban todos sus medios espurios. Los poderes que se enriquecieron con la sangre. Las élites incapaces de imaginar un país menos desigual. Las mayorías silenciosas.
Nunca olvidaré la conclusión a la que llegó el Instituto Kroc después de estudiar cincuenta acuerdos de paz en el mundo: los primeros cinco años son decisivos para saber si una sociedad consolida la transición o regresa a la violencia. Nosotros desperdiciamos esos años.
En materia de paz, el gobierno de Iván Duque fue una página en blanco. El ‘estallido social’ mostró el tamaño de la frustración acumulada. Una generación entera sentía que le habían robado el futuro. Duque llamó entonces a un gran diálogo nacional y luego no hizo nada con él. Las palabras se las llevó el viento.
Para ser justos, ni Santos en su momento, ni Petro después, lograron entender que la paz no podía limitarse a presupuestos, programas o reformas institucionales. Porque un acuerdo sin reconciliación verdadera es apenas un armisticio. Eso es mucho comparado con el horror del pasado, pero insuficiente para construir el futuro.
Hoy estamos en aquel futuro imaginado cuando se firmó el acuerdo. Y sí, hay logros importantes. Miles de vidas se salvaron, regiones enteras dejaron de vivir bajo bombardeos y secuestros, las víctimas alcanzaron niveles inéditos de reconocimiento. Pero también es evidente que la violencia sigue adherida al cuerpo del país como una costra.
Hace cuatro años, la fotografía de Petro y Uribe conversando me produjo una esperanza genuina. Que sectores uribistas participaran en espacios relacionados con la Paz Total, aun con críticas a ella, era un camino interesante. Pero ese intento duró poco. El juicio a Uribe endureció nuevamente las trincheras. Y Petro, quizás por su propia naturaleza psíquica, regresó pronto a su zona de confort, que es la confrontación.
Petro nunca logró hablarle al país del NO. Nunca consiguió interpelar seriamente a ese electorado que votó por Rodolfo Hernández impulsado por la rabia contra la corrupción o por el fantasma del comunismo. Una parte importante del país no entendía el lenguaje del cambio, porque no era su lenguaje. Ese votante del NO, de Rodolfo, sigue allí. La misma rabia, el mismo asco, el mismo miedo.
Claro que el problema tampoco empezó con Petro. Las fuerzas del viejo orden siempre han sido poderosas en Colombia y han respondido a cualquier intento de transformación social con sabotaje o violencia. Violencia. Porque la paz exigía cambios sociales, y estos son incompatibles con privilegios que se han naturalizado.
Así llegamos a Abelardo de la Espriella. Si gana, nos adentraremos en un nuevo ciclo de guerra. Esa es abiertamente su promesa. Y yo le creo, porque tras él se camuflan los viejos poderes violentos de siempre. Los que crearon y alimentaron a los paramilitares. Los que firmaron un pacto para refundar la patria. Los que construyeron fortunas sobre las miserias ajenas. Votar por Abelardo es volver a votar en contra de la paz. En Colombia, que es un barril de pólvora.
Creo, por el contrario, que Iván Cepeda representa una posibilidad de paz política. Creo en un acuerdo nacional. Pero no en uno que se reduzca a una agenda de reformas negociada en los pasillos del Congreso. Tiene que ser un pacto más hondo, capaz de bajarle la temperatura a la rabia. De construir verdad, no como quien usa una daga sino como quien sutura una herida. De sostener el diálogo incluso en medio del ruido. Una paz política que nos permita vivir con nuestras diferencias, que son profundas e incluso irreconciliables, sin que eso se convierta en pretexto para la violencia. Que nos permita abrazar nuestras heridas.
Mi voto será por esa apuesta. Por darle una segunda oportunidad a la paz. Por un nuevo acuerdo entre dos países separados por una gran grieta ideológica. Por la convivencia mínima que hace posible la democracia. Por la solidaridad antes que el miedo. Por el espíritu, el alma y la inspiración de la reconciliación nacional.
5 comentarios











