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Marta Orrantia
Puntos de vista

La tormenta perfecta

Cualquiera que sea el resultado de las elecciones de mañana, el país ya perdió. Tuvimos una carrera presidencial en la que nivelamos por lo bajo y terminamos viviendo en un ambiente viciado, donde los ataques llegaron a límites tan absurdos que perdimos la noción de lo que es real. 

He leído en estos días una cantidad de falacias de uno y otro lado, disfrazadas con rótulos como “Urgente” o “Noticia de última hora”, donde inventan cosas que la gente, desafortunadamente, termina creyendo. Que si este se está muriendo, que si el otro es un asesino, que si este será un dictador, que si el otro nos va a vender a Estados Unidos… Cada cosa —que puede que tenga una base de verdad— ha sido distorsionada hasta la locura y nos ha convertido en auténticos perros de pelea.

Desde las redes sociales, desde la intimidad de las casas, desde los corrillos en las oficinas, nos hemos alimentado del veneno de los demás y hemos puesto una dosis del nuestro en la ecuación. Por todo el país se han fragmentado familias, se han deteriorado amistades, y ni hablar de la rabia que nos genera aquel desconocido que porta una camisa que no va de acuerdo con lo que pensamos nosotros. Hemos enrarecido el aire de tal manera, que me temo que mañana puede haber una tormenta.

 Y en esta debacle ambos candidatos tienen algo de responsabilidad, porque han dejado escalar esto sin ponerle freno. Los dos han permitido que sus ‘bodegas’, o sus adeptos, o sus asesores de campaña, actúen y se dediquen a destruir al contrincante en lugar de salir a calmar los ánimos y buscar conciliación con el otro extremo, o por lo menos disminuir el discurso de odio que se ha apoderado del país. 

Comprendo que hayan estado ocupadísimos, tanto los candidatos como sus vicepresidentes, en llenar plazas públicas, hacer caravanas o conceder entrevistas a los medios de comunicación, pero a mí me sobró un poco de eso y me faltó en cambio un debate serio, en el que, en lugar de arengas, escuchemos propuestas y puntos de vista. A lo mejor si Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella subían juntos a un podio, se estrechaban la mano y se mostraban respetuosos el uno del otro frente a las cámaras, podríamos haber seguido su ejemplo. 

Como si todo esto fuera poco, la volatilidad del presidente de la República añade a la incertidumbre. Ya bastante caldeados están los ánimos como para que tengamos, además de todo, que sumarle el miedo que produce la reacción impredecible del mandatario que, por otro lado, ni siquiera ha reconocido los resultados de la primera vuelta.

La primera misión del nuevo presidente, mañana, deberá ser la de salir a calmar a su pueblo. Y no la tendrá fácil, porque literalmente la mitad del país quedará con sed de venganza y convencida de que nos espera un escenario apocalíptico, inventado en buena parte por las mentiras que se han dicho desde ambas orillas. 

El otro, el que pierda, también tiene que hacer lo propio. Reconocer el triunfo de su contrincante con gallardía, invitar a sus votantes a darle una oportunidad al nuevo gobierno y declararse en una oposición pacífica y legal.

 Tristemente, ninguno ha mostrado el más mínimo interés hasta ahora por calmar los ánimos, y tampoco hemos escuchado un discurso pacifista y conciliador de parte del presidente saliente. Hemos sabido crear la tormenta perfecta. Ojalá no naufraguemos.

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