
Mientras los importadores hacen fiesta con un dólar por el suelo, nuestros exportadores agonizan y los productores nacionales pierden competitividad. Colombia padece hoy la misma enfermedad que golpeó, hace unos años, el tejido industrial brasileño. Pese a la gravedad, estoy convencido de que hay soluciones.
Por: Luis Alberto Arango
Esta semana, el análisis del columnista Mauricio Cabrera en CAMBIO, titulado ‘Frenar la funesta revaluación’, puso el dedo en la llaga de una crisis que acapara cada vez más la atención de los medios de comunicación. Hoy quiero hacerle eco a su mensaje, porque las proporciones que ha tomado la caída del dólar en Colombia no solo están asfixiando nuestra economía exportadora, sino que nos empujan hacia un abismo de desindustrialización que un país vecino ya experimentó con dolorosas consecuencias.
...La caída del dólar en Colombia no solo está asfixiando nuestra economía exportadora, sino que nos empujan hacia un abismo de desindustrialización.
Para entender la magnitud del problema, hay que mirar la radiografía completa. Es innegable que el dólar ha venido perdiendo valor desde hace un par de años por un debilitamiento de la moneda estadounidense a nivel mundial. A esto se sumó un factor local durante el año 2025: el Gobierno de Gustavo Petro adquirió mayor deuda externa en dólares y la monetizó, ingresando aún más divisas al país.
Pero no nos llamemos a engaños creyendo que esto es solo una marea global. Hoy por hoy, a mediados de 2026, el peso colombiano es una de las monedas más revaluadas del mundo.
En lo corrido del año el dólar ha caído cerca del 14 por ciento y más del 20 por ciento en los últimos 12 meses: el 22 de julio del año pasado la TRM fue de 4.026 pesos, el pasado miércoles cerró en 3.238 y el jueves rompió el piso de los 3.200. En el mismo periodo, el real brasileño y el peso mexicano se apreciaron a menos de la mitad de ese ritmo. La diferencia responde a particularidades internas muy específicas.
Aquí aparece una paradoja: el mercado se mueve por expectativas. El triunfo en las urnas del presidente electo Abelardo de la Espriella y su vicepresidente José Manuel Restrepo generó una ola de confianza entre los inversionistas internacionales. Los mercados respiraron aliviados tras meses de incertidumbre, y la ironía es que esa avalancha de optimismo trajo también una avalancha de dólares al país.
Si el escenario político hubiera sido el de una continuidad de la incertidumbre que generaba el Gobierno saliente, los analistas coinciden en que el dólar estaría muy por encima del nivel actual. Más allá de la discusión política, esta es la cruda realidad económica del capital.
Los mercados respiraron aliviados tras meses de incertidumbre, y la ironía es que esa avalancha de optimismo trajo también una avalancha de dólares al país.
Sin embargo, ese exceso de dólares aterriza en un campo minado. Para este 2026, el Gobierno Petro nos dejó una bomba de tiempo al disparar los costos laborales con la errada decisión de incrementar de tajo el salario mínimo en un 23 por ciento, desoyendo a los expertos de la OIT (Organización Internacional del Trabajo), que recomendaban un ajuste gradual. Esa decisión de aumento se hizo ignorando la presión adicional en los costos laborales producto de la reducción legal de la jornada a 42 horas semanales a partir del pasado 15 de julio —una normativa que viene del Gobierno Duque— y del aumento en recargos nocturnos y dominicales como consecuencia de una reforma laboral expedida por el Gobierno Petro.
Este salto al vacío está encareciendo el costo de vida y, combinado con un gasto público desenfrenado, obligó al Banco de la República a subir periódicamente su tasa de interés de referencia para combatir el repunte inflacionario.
Ahí se cerró el círculo de la revaluación: con una tasa de interés alta y un clima de renovada confianza inversionista, Colombia se convirtió en uno de los destinos favoritos de los capitales golondrina.
Estos dineros llegan a hacer lo que se conoce como carry trade: se endeudan afuera a tasas bajas, traen sus dólares y los cambian a pesos para aprovechar nuestras altas tasas de interés. Algunos se protegen del riesgo cambiario; otros vienen descubiertos, apostando a que la ganancia no se limite al diferencial de tasas, pues si el peso se sigue apreciando recuperan a la salida más dólares de los que trajeron. Pero para estos últimos la apuesta podría ser frágil: el día que la tendencia se revierta, la salida será simultánea y la corrección, abrupta. Mientras tanto, esos dólares saturan el mercado de divisas y hunden la tasa de cambio.
Fue exactamente este coctel de moneda fuerte, capitales especulativos y altos costos internos, incluidos los laborales, el que afectó a la industria brasileña entre 2008 y 2012: el real se disparó, los exportadores perdieron competitividad e importar se volvió más barato que fabricar. El país perdió en pocos años un tejido industrial que había tardado décadas en construir.
Las consecuencias ya las estamos padeciendo. Por una parte, el dólar por el suelo es una tragedia para los exportadores de flores, café, banano, aguacate, palma y otros productos agrícolas además de empresas manufactureras y otras que cobran sus servicios en dólares e incluso para un gigante como Ecopetrol. Por otra, cuando es más barato importar que fabricar en Colombia, la industria nacional podría marchitarse ante los ojos impávidos de todos nosotros.
Desde luego, no todos pierden. El dólar barato le abarata al Estado el servicio de la deuda externa, reduce el costo de insumos y combustibles importados y ayuda a contener la inflación. Pero ese alivio fiscal es apenas parcial, porque los ingresos en dólares de Ecopetrol y del sector minero-energético también se reducen al convertirlos a pesos, y con ellos los impuestos, las regalías y los dividendos que recibe la Nación. Es un alivio de caja hoy a cambio de debilitar el tejido exportador e industrial que tiene la capacidad de producir mañana esos mismos dólares.
Ante este panorama, considero vital poner sobre la mesa algunas ideas para el equipo económico del nuevo Gobierno, advirtiendo que, si bien no soy economista, busco aportar. Unas son eco de la columna de Mauricio Cabrera, otras son lecciones que dejó la crisis en Brasil, otra busca reversar una decisión del Gobierno Petro, una revive una mecánica que ya probó su éxito y la última apunta a la causa de fondo:
Considero vital poner sobre la mesa algunas ideas para el equipo económico del nuevo Gobierno, advirtiendo que, si bien no soy economista, busco aportar.
Devolver el dinamismo a la inversión en el exterior de las AFP: El Gobierno Petro expidió el Decreto 0369 del 7 de abril, que fijó un límite global del 30 por ciento a las inversiones de los fondos de pensiones en el exterior. No ordena vender lo que ya está afuera, pero obliga a destinar la totalidad del flujo de las nuevas cotizaciones a inversiones nacionales, hasta donde sea necesario para cumplir el tope. Y ahí está el daño cambiario, porque lo que mueve la tasa de cambio es el flujo mensual, no el saldo acumulado: el decreto secó una fuente permanente de demanda de dólares. Derogar ese decreto la restablecería. Además, en una economía global no se pueden poner todos los huevos en la misma canasta: diversificar afuera protege el ahorro de los colombianos.
Frenar el capital especulativo: Hay que evaluar la aplicación de impuestos o encajes a los capitales golondrina. Si bien no se trata de espantar la inversión productiva, sí debemos desincentivar ese dinero que solo viene a hacer carry trade y nos desestabiliza.
Intervención del Banco de la República: El Banco de la República podría hacer intervenciones discretas comprando dólares para defender la competitividad del país. Además, acumular reservas con un dólar barato es un buen negocio patrimonial. No obstante, hay que destacar que el ministro designado, Miguel Gómez Martínez, ya se declaró en contra de intervenir la tasa de cambio, y no es un detalle menor, porque el ministro de Hacienda preside la junta directiva del Emisor. Y aunque algunos economistas insistan en que es imposible ganarle al mercado mediante este tipo de intervenciones, en momentos de crisis hay que poner sobre la mesa todos los instrumentos de defensa.
Alivios cambiarios para salvaguardar el empleo y la industria: Hace unas dos décadas, frente a una fuerte revaluación que también vivió Colombia con ocasión de una crisis financiera mundial, el país implementó instrumentos de cobertura cambiaria para los exportadores. Es valioso revisar ese antecedente y revivir esta herramienta. Pensemos en los exportadores agrícolas: la floricultura genera cerca de 240.000 empleos formales —más de la mitad ocupados por madres cabeza de familia—, el café es el sustento de 540.000 familias campesinas, y el banano sostiene a regiones enteras como Urabá. ¿Qué es más grave para la disminuida caja del Estado: hacer un esfuerzo para darles condiciones competitivas que les permitan sobrevivir, o permitir que se quiebren y enfrentar una crisis social con cientos de miles de desempleados en el campo?
Choque de competitividad vía costos de producción: si el peso fuerte y los altos costos laborales ya están exprimiendo los márgenes, el Estado puede compensar aliviando otras cargas. Alivios temporales en tarifas energéticas, costos logísticos, portuarios y peajes para los sectores exportador y manufacturero liberarían margen de inmediato. Y arancel cero para la importación de maquinaria, insumos y tecnología que no se producen en el país permitiría una modernización industrial a bajo costo. Es, además, la única medida que baja costos y al tiempo aumenta la demanda de divisas, pues importar maquinaria consume dólares.
Aliviar temporalmente los costos de nómina: Otro camino consiste en reducir, al menos mientras dura la tormenta, el costo prestacional y parafiscal de la nómina para compensar el aumento ocasionado por el salario mínimo del año 2026, y así darle oxígeno a los márgenes empresariales y a la competitividad.
Atacar la raíz: Recuperar la credibilidad fiscal. El capital especulativo llega porque pagamos tasas cercanas al 12 por ciento anual. Y las pagamos porque tenemos una inflación superior al 6 por ciento y un déficit que se estima cerrará el año por encima del 6 por ciento del PIB. Sin un ajuste fiscal creíble, el Emisor no podrá bajar tasas y el diferencial seguirá siendo un imán para los inversionistas extranjeros. Es, además, la única medida que no depende de la autonomía del Banco de la República ni de terceros: está enteramente en manos del nuevo Gobierno.
Estamos frente a un paciente en crisis, cuyos síntomas ya son noticia diaria. Serán los técnicos del Banco de la República y el Ministerio de Hacienda quienes definan la dosis y la oportunidad de las medidas, pero el nuevo gobierno tiene la obligación de actuar sin demora. La lección de Brasil es clara: o hacemos los ajustes ahora, de forma inteligente y ordenada, o el mercado nos impondrá una corrección violenta, a costa de una profunda recesión y del deterioro de nuestra industria, tal como les sucedió a ellos.
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