Ir al contenido principal
Marta Orrantia
Puntos de vista

La otra desobediencia civil

Necesitamos siempre un tipo de desobediencia civil. Pero la desobediencia civil de la que hablo no es la misma que ha propuesto Iván Cepeda esta semana. Esta, a la que me refiero, no se hace con multitudes, y ciertamente no puede apropiársela ningún partido porque debe existir en cualquier gobierno, de izquierda o de derecha, y aún más si este es corrupto, represivo o violento. La desobediencia civil a la que me refiero es aquella que viene del arte.

El arte no derrota la violencia, es cierto. No derrota tampoco la represión. Pero hay en el arte una manifestación de libertad que proviene de la capacidad de ver el mundo con otros ojos. Los artistas son como esos brotes de pasto que crecen en el pavimento y que echan raíces invisibles, y que al final son capaces de romper hasta las estructuras más sólidas. Tal vez por eso los artistas son tan incómodos para las dictaduras, tan inquietantes para los autócratas, tan amenazantes para los corruptos. Porque es el arte la que lidera la resistencia pacífica. Es el arte la que encarna la desobediencia civil.

Y no lo hace con marchas, o con carteles, o con protestas airadas en ruedas de prensa, sino que lo hace con la belleza, con la sutileza, con el mensaje oculto y el subtexto y la insinuación. Si un gobierno machaca el lenguaje, la función del novelista es preservar su belleza. Si se impone una música marcial, el músico debe buscar las notas que encarnen la libertad. Si lo que hay son vallas con propaganda del régimen, es el pintor o el escultor quien deben contrarrestar esto con sus propias imágenes. 

Los artistas, los creadores, florecen en aquellos momentos en los que todos los demás se sienten derrotados. Hace unos días pensaba en la escritora y artista chilena Diamela Eltit, quien durante la dictadura de Augusto Pinochet escogió el “inxilio”, la forma más silenciosa de destierro, para sobrevivir. No se trataba de cruzar una frontera, sino de replegarse a una patria íntima. No se fue, pero tampoco habitaba del todo el lugar en el que vivía. A través de sus libros y de su participación en el Colectivo de Acciones del Arte, Eltit convirtió el lenguaje y su cuerpo en espacios de resistencia. Ella no buscaba organizar marchas o gritar arengas, sino proteger lo que era suyo: su intimidad, su idioma, su espacio urbano. Quería que el miedo no fuera el único lenguaje y que la dictadura no fuera la única realidad. 

Me parece que de eso se trata justamente el arte. De mostrar otra realidad. De convertirse en una forma de desobediencia civil. Ambigua, frágil e indómita, porque no pertenece, no puede pertenecer, a ningún partido. Nadie puede reclamar su poder, nadie puede recoger sus banderas, nadie puede apropiársela. Es independiente e íntima, pero es la herramienta más efectiva que existe, porque mantiene encendida la posibilidad de seguir imaginando, cuando lo que requieren, unos y otros, es que obedezcamos. 

Finalización del artículo

Lea los comentarios

Artículo de libre acceso

Libre

Compartir en redes sociales