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Juan David Correa
Puntos de vista

Mi vecino y yo

Tiene el pelo gris, algo desordenado, la barba crecida. Viste casual. Parece un tecnócrata neoliberal díscolo: un tipo relajado, seguro economista, ingeniero o matemático, que tiene valores individuales que tal vez no distan de los míos; piensa que su lugar en el mundo es insustituible y que merece sus privilegios porque ha estudiado y se ha esforzado para conseguirlos. No le importa, por supuesto, que su punto de partida haya sido un capital construido por sus padres, no sin esfuerzo, que lo puso en un lugar que solo ocupamos él y yo, y que pertenecemos al 5 % de la población colombiana. 

Nada haría pensar que poco a poco mi vecino se haya convertido en un fanático que es capaz de ponerse la mano en el cuello, meter su dedo en la boca y hacer el gesto de arcadas, o bajar el pulgar mientras me grita que soy un asco porque soy progresista. 

Mi vecino es un hombre de mediana edad, ya entrando en la madurez adulta. Nació, como yo, en la década de los setenta. 

Cuando éramos niños el narcotráfico ya había entrado de lleno a la vida nacional. Quizás en su casa también vieron la noticia en el noticiero TV Hoy: el 30 de abril de 1984 un muchacho algo mayor que nosotros, de nombre Iván Darío Guisado, perteneciente al grupo sicarial Los Priscos, disparó una carga de su subametralladora sobre el ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla. 

Los dos recordamos el Mercedes blanco y el panorámico trasero hecho esquirlas, la silletería de cuero cubierta de sangre, la mirada curiosa de un escolta que salió en alguna foto en los periódicos al otro día. Los dos recordamos que las familias de clase media fuimos al zoológico de Nápoles cuando viajábamos a la costa en carro y parábamos en Puerto Triunfo a ver animales exóticos, sin preguntarnos por qué en ese lugar estaban siendo asesinados cientos o miles de militantes civiles de la Unión Patriótica, partido que había nacido de las negociaciones de paz que había emprendido el Gobierno de Belisario Betancur con algunas de las más beligerantes guerrillas e insurgencias de aquel entonces. (Un mes antes del asesinato de Lara las FARC habían firmado un cese al fuego).

No fueron, sin embargo, las guerrillas las que causaron más estruendo y dolor en la década en que mi vecino y yo nos acercamos a la adolescencia. Mi vecino quizás creció en un barrio del norte o del occidente de Bogotá y fue a un colegio privado como yo. Como muchos de nosotros pasó mucho tiempo en Uniplay o en las maquinitas de algún centro comercial. Seguro soñó con tener y tuvo Reebok, una de las primeras marcas de tenis que se hicieron famosas en Colombia, por la vía de los billis, pandillas de diversos barrios de la ciudad, cuya epítome se formó en Unicentro, a mediados de los ochenta. 

Mi vecino conoció el miedo de ser castigado por los más grandes si no estaba a la altura del tropel: se supo parte del patriarcado. Seguro pensó en tener un tambo o unos chacos para defenderse. Los más audaces comenzaron a tener navajas automáticas y revólveres. Muchos billis se armaron y comenzaron a vender perico o a distribuir drogas. En 1987 mataron a Jesús Tadeo Machado. Le decían el Negro, y toda la adolescencia de Bogotá de clase media alta lo conocía: era una paradoja: un afro, de familia del Valle del Cauca, que vivía en Chapinero, hijo de policía y de madre trabajadora, fue el líder del baile, de la noche, y de la fiereza de los billis de Unicentro. A Jesús Tadeo lo sucedió Esteban Araque. Esteban era buenmozo y musculoso. Precoz como pocos. Creció en Entrerríos. Su papá venía de Armenia y tenía negocios de venta de carros. Subía y bajaba de estatus. En la cúspide vivía en La Cabrera. En 1990 lo mataron en el cruce de la calle 85 con 15. Dicen que fue el Japonés. Y el Japonés era hijo de un esmeraldero de Muzo. Los muchachos comenzaban a ser parte de la guerra de los grandes, de los mafiosos que colonizaban cada parte de nuestras mentes.

A mi vecino lo convencieron de que la violencia la producían unas mentes forajidas venidas de abajo que habían comenzado como ladrones y jaladores de carros en los setenta para convertirse en capos del narco. Poco a poco esos hombres de Muzo, Medellín, el Eje Cafetero, la Costa Caribe, los Llanos Orientales, o cualquiera de los territorios donde se procesaba cocaína para exportación, se volvieron enemigos públicos. Él, como yo, supo que el cartel de Medellín le había declarado la guerra al Estado colombiano. Se hizo hincha de algún equipo de fútbol campeón, como yo. Yo lloré por el América, cuando perdió dos finales sucesivas de la Copa Libertadores. Él, como yo, alzaba los hombros cuando decían que los equipos de Medellín, Cali, Bogotá y algunos de la costa, pertenecían a los narcos. No nos inquietaba, como los niños que éramos, que hubiera tantas figuras internacionales: en 1987 corrió el rumor de que Maradona podía jugar en el América. Los clubes eran de los Rodríguez Orejuela, de Pablo Escobar, de Carlos Lehder o de Gonzalo Rodríguez Gacha. 

No sé si mi vecino se conmovió, pero yo me atrevo a pensar que sí, de los asesinatos de Guillermo Cano, Jorge Enrique Pulido, Diana Turbay, Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo, Luis Carlos Galán o de los más de cien pasajeros que explotaron en el aire en el avión de Avianca aquel 27 de noviembre de 1989. Él, como yo, supimos que las bombas atronadoras nos despertarían algún día muy cerca: en el DAS, en la 57 con 7, en el Centro 93. La dinamita corría a chorros al igual que el dinero. En ese momento, a mi vecino y a mí nadie nos contaba de las alianzas de la clase política con esos narcos. Querían hacer ver el accidente de la llegada de Pablo Escobar al Congreso de la República, en 1982, como una vicisitud producida por Jairo Ortega, dirigente liberal antioqueño. No sabíamos en esa década quién era Álvaro Uribe. Ni tampoco Bernardo Guerra. 

En 1985, a mi vecino y a mí nos paralizó la toma y la retoma del Palacio de Justicia. Pero no nos contaron porqué había fracasado ese proceso de paz. No pudimos leer Historia de una traición, el magnífico libro de Laura Restrepo sobre ese empeño de paz que los militares colombianos se empeñaron en hundir desde que comenzó, sino cuando fuimos adultos. No sé si mi vecino se burló, como muchos de mis compañeros de colegio, de los niños que perecieron en Armero en noviembre de 1985, donde también murieron mis abuelos.

Por eso, al llegar los noventa, después de más de seis mil muertes de militantes de la Unión Patriótica, a quienes algunos analistas gringos quisieron hacer parecer parte de una organización político-militar de las FARC con investigaciones malintencionadas, mi vecino y muchos jóvenes más creyeron que eran muertes de combate. Muertes justas. Tan justas como les pareció a muchos que asesinaran a Manuel Cepeda Vargas, padre de Iván Cepeda, o que le dispararan con un rocket en plena autopista Norte a la entonces concejal Aída Avella. 

Las FARC se radicalizaron, el M-19 se desmovilizó, una corriente del ELN también, al igual que el Quintín Lame. La estrategia que hoy mi vecino conoce bien fue constituir grupos paramilitares en la región del Magdalena Medio, donde estaban las haciendas de los narcos convertidas en zoológicos de turismo de clases medias, de la mano de mercenarios israelíes y británicos que llegaron al país para formar escuadrones de la muerte de todo lo que pudiera considerarse subversivo.

La izquierda colombiana quedó marcada para siempre como parte de una organización terrorista que había que destripar: hoy el jefe del presidente electo desde Estados Unidos ha comenzado una nueva cruzada global para legitimarlo. Con la llegada de los noventa, y las estrategias regionales como las Convivir, se empezó a justificar que los civiles pudieran defenderse de la chusma guerrillera. Las FARC, por supuesto, entendieron que el equilibrio de fuerzas era insostenible sin la gasolina del narcotráfico y del ominoso secuestro para financiarse, y eso produjo crueldad y violaciones a los derechos humanos. Mi vecino y muchos otros terminaron por hacer una asociación irresponsable, con un análisis menos que superficial: izquierda = terrorismo gracias al 11 de septiembre y al señor Bush; y consideraron que todo aquel que defendiera la justicia social, la naturaleza, la oposición al neoliberalismo, la privatización, etc., merecía la condena de cualquiera que, en cambio, estuviera apartado de la legalidad.

Mi vecino, como yo, se hizo profesional, seguramente hizo una maestría, un doctorado. Tuvo empleos públicos en los que se sintió importante. Viajó, conoció el mundo. Tuvo compasión de lejos por la pobreza de un país, aunque consideró que aquella desigualdad era pura predestinación. Leyó a los economistas ortodoxos. Le creyó la teoría a Milton Friedman. Tuvo amigos chilenos, argentinos, y mexicanos en Nueva York, donde estudió un doctorado. Leyó autores literarios para autocomplacer su masculinidad, como Philip Roth. Se sintió parte del mundo. 

Mi vecino dudó incluso cuando Gustavo Petro se lanzó a la alcaldía de la ciudad, pero había que castigar a la izquierda por el descalabro y la corrupción que produjeron los nietos de Gustavo Rojas Pinilla. Cuando Petro triunfó escribió algunas columnas sobre la falta de tecnocracia de la alcaldía. Se dedicó a reproducir noticias de medios empresariales que defendían la gestión de las basuras de Bogotá, por parte de un cartel que no le perdonó a Petro la audacia de quitarles los contratos. 

En 2018, mi vecino votó en blanco, porque ninguna de las dos opciones lo representaba. Había vivido a gusto en el gobierno de un presidente a quien admiraba por su cosmopolitismo, y sus formas y relaciones sociales. Y que además fue premio nobel de paz. Cuando ganó Duque, mi vecino y yo supimos que le había tocado el turno de gobernar a nuestra generación. Ni él ni yo éramos, sin embargo, parecidos a quienes desde los años noventa habían pensado que la única manera de sobrevivir en el mundo era vivir en Miami. Duque le pareció un muchacho apocado con ganas de ser grande, eso que los billis despreciaban por mezquino y zalamero. Pero que, poco a poco, a punta de plata, se hizo un lugar en la historia de su círculo. Mi vecino también usó chaquetas de rollitos plásticos, y pensó que en 2022 vendría la revancha para alguien de los buenos, de esos que sí saben, como Santos, como Gaviria, como Peñalosa. Pero llegó la hora de la izquierda y mi vecino sintió que este país, llamado Colombia, no tenía remedio.

Cuatro años después, ya entrado en la cincuentena, mi vecino se hizo parte de la patria milagro: su odio le ha conseguido nuevos círculos y conversaciones, hace parte de una manada de iguales, entre quienes están el hijo del ministro del Mercedes blanco, los hijos del hombre que puso su pecho en Soacha, pero también los narcotraficantes que, a la vuelta del tiempo, están de regreso en Armenia, como el dueño de la Posada Alemana, un tal Carlos Lehder. 

Hace tres días me lo crucé de nuevo. Me miró y por primera vez no dijo nada como si supiera que su triunfo ya era un castigo suficiente. Sin duda, no creo que este sea un final feliz para quienes creen en los milagros de la represión. Pero allá él. 
 

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