Ir al contenido principal
Yezid Arteta Dávila
Puntos de vista

Pacto Histórico vs ‘slopaganda’ de Abelardo

“Todos los personajes de esta novela, incluyendo a los reales, son imaginarios”, advierte Héctor Aguilar Camín, el escritor mexicano en su novela La guerra de Galio, el relato que recrea un pasaje convulso de la historia política de su país. La advertencia de Aguilar Camín cae como pedrada en ojo tuerto al teatro de sombras instalado por Abelardo y sus cachorros en las redes sociales de cara al empalme con el Gobierno de Gustavo Petro que finaliza el próximo 7 de agosto. Abelardo situó sus objetivos de gobierno en un listón altísimo, amén de conseguirlos en un tiempo récord. Cuando la masa crítica de Colombia que sufragó por él —seducida por su campaña de Inteligencia Artificial— pida resultados, tendrá el Gobierno de la “Patria Milagro” que acudir a la slopaganda, esa suerte de propaganda basura que altera la realidad y exagera las banalidades del operador político.    

Fijemos la mirada, Viejo Topo, en dos temas de los que Abelardo ha prometido resultados inmediatos: corrupción y seguridad. Hay un libro —recomendado para estos tiempos de charlatanería y pseudomoralismo—titulado Los principios no se negocian escrito por exgeneral colombiano Juan Carlos Buitrago, un oficial con un alto grado de cultura que no se dejó cooptar por el crimen y la corrupción. La radiografía que hace el exgeneral sobre la corrupción en las instituciones nacionales, regionales y locales de Colombia es desoladora. En Colombia, la honestidad es una desventaja para el individuo que desempeña un cargo público. El aparato de corrupción instalado a manera de un software maligno en las instituciones le hace la vida imposible e insustancial a ese buen hombre que, traía desde su casa, el instituto o la universidad, una idea romántica sobre la ética ciudadana. Los alfiles que rodean a Abelardo no auguran nada bueno en la lucha contra la corrupción, puesto que la mochila que cargan sobre sus espaldas es una sumatoria de infamias, incoherencias y alguna condena.

La seguridad es una asignatura pendiente desde los tiempos en que los rojos y los azules se mataban con sevicia. Los gobiernos han intentado resolver la violencia en las comarcas rurales mediante negociaciones y acuerdos de paz, pero siempre ha quedado algún cabo suelto, una obra por concluir o sucedido un sabotaje que lo arruinó todo. Algunos gobiernos han matado a la perra, pero quedaron los perritos por allí, buscando la manera de sobrevivir en las selvas, desfiladeros, páramos y líneas fronterizas que ningún ejército a podido dominar. Son balas perdidas en la inmensurable y enrevesada geografía colombiana en la que se trafica a espuertas, y donde una trasferencia de cincuenta millones de pesos desde una cuenta desconocida a una conocida es más efectiva que el fuego de un mortero de 120 milímetros. Lugares en los que un celular en manos de un individuo al que poco le importa la vida o la de los demás, coacciona más que una columna de hombres armados hasta los dientes.

No sé, Viejo Topo, qué tipo de “guerra” empezará Abelardo, pero como todas las comenzadas en Colombia, acabará mal. Hay gente a los que le da lo mismo morir hoy que en cinco, diez o veinte años después. A los gobiernos que saben aplicar racional y metódicamente la fuerza con el diálogo, la negociación y la transformación territorial les ha ido mejor que a aquellos que se entregaron en forma absoluta a la violencia estatal y paraestatal. Una cosa es la propaganda armada como la desplegada por grupos de fanáticos y frikis luciendo prendas militares y banderas del nazismo, y otra el combate real en la que puedes perder un brazo, una pierna, la vista o la vida misma. Una división de infantería puede ocupar un territorio durante meses sin que ocurra un solo encuentro bélico en virtud a que el adversario a batir, como en la saga de El depredador, se torna invisible. Los generales colombianos lo saben. “No se ven, pero allí están”, comentan los lugareños. Las agrupaciones armadas ejercen el control territorial por vías menos convencionales, pero condenadamente eficaces.

El Gobierno de Abelardo será más de lo mismo con los mismos. Su columna vertebral será la slopaganda para maquillar la dura realidad de millones de colombianos y colombianas que se verán afectados por prometida política antisocial. El Pacto Histórico tiene todas las papeletas para ejercer una buena oposición y volver la corriente electoral hacia su lado, pero si sabe hacer bien las tareas. Luego del 21 de junio apareció en las redes sociales algún viejo godo con una pátina de izquierda lanzando fuego, como los dragones de la Casa Targaryen, contra Iván Cepeda; lo mismo que un “don nadie” de rostro patibulario que parecía haberse fugado de un manicomio, declamado incoherencias contra líderes y lideresas que se han jugado la piel en tiempos en que te pegaban un balazo sólo por llamarte de izquierda. En la siguiente columna, Viejo Topo, te explico las dos rutas por las que puede optar el Pacto Histórico para volverse una fuerza irrelevante a la vuelta de unos años o aprovechar el tirón de este último cuatrienio para fortalecer su musculatura.  

Apunte: Me he partido de la risa con un trino de Carolina Sanín en la red X en el que compara a Abelardo con Tom Ripley el personaje de la escritora estadounidense Patricia Highsmith. La miniserie Ripley de Netflix, protagonizada por el actor irlandés Andrew Scott, es una obra de arte cinematográfica tanto como lo es la saga de El Padrino de Francis Ford Coppola.  
 

Finalización del artículo

Lea los comentarios

Artículo de libre acceso

Libre

Compartir en redes sociales