
Una de las mayores satisfacciones que me ha dado la vida es recorrer a Colombia y admirar la idiosincrasia de sus regiones. Nada más agradable que conocer el modo de pensar en cada una, y cómo esa diversidad cultural y económica enaltece a la nación. Por eso puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que nuestro país es hermoso y que su gente es muy buena. Y en eso radica su riqueza.
La mayoría de esos recorridos los he hecho en moto. Así conocí Caquetá, Putumayo, Huila, Tolima, el Eje Cafetero, buena parte de Antioquia, los llanos orientales, la costa Caribe, el Pacífico y el suroccidente colombiano. Es que la moto es un medio de transporte magnífico: está al alcance de todo el mundo ―para mí representa la verdadera revolución social― y facilita poder conocer pueblos, fincas, ríos y montañas.
Colombia es un país inmensamente arrugado. Tiene tres cordilleras, valles y cañones. Esa misma topografía estimula la creación y el fortalecimiento de empresas regionales por una razón muy sencilla: el transporte terrestre de materiales pesa mucho en el valor de los productos finales. Es más rentable para cada región tener un aparato productivo propio que, además de todo, genere empleo.
Ahora que hay una controversia sobre la conveniencia de establecer nuevos feriados como el Día de la Virgen de Chiquinquirá, que es el próximo 9 de julio, debo resaltar que los puentes festivos ayudan a que el dinero circule en el territorio nacional, pues la gente que sale de las grandes ciudades gasta dinero parando en estaderos, restaurantes y hoteles, y comprando cosas en la carretera. Es otra forma de promover la distribución de la riqueza.
El mayor potencial de Colombia es su gente. A lo largo de todos estos años he tenido la fortuna de trabajar con personas de todo el país. Y debido a esta experiencia, puedo decir que hay una gran diferencia entre los paisas y el resto de los colombianos. Ellos son luchadores incansables. Son tan buenos trabajando, que nos llevan mucha ventaja a los demás. No en balde en Medellín y Antioquia se nota el progreso de verdad. Todavía recuerdo una época en que me tocaba ir a la galería de Santa Helena con frecuencia. Entonces llegaba a las 3:00 de la mañana y mientras los trabajadores de otros lados aún dormían, ellos ya estaban descargando camiones. Por eso siempre he sostenido que cuando cualquier colombiano madruga a trabajar, los paisas ya le llevan dos horas de ventaja.
Pero definitivamente a quienes más aprecio y con quienes más he convivido son las personas del Pacífico, principalmente en Cali y el Valle del Cauca. Los afrocolombianos son entrañables en todos los sentidos: alegres, queridos y trabajadores. Además, tienen una característica que no es muy común: que se sobreponen a las adversidades de una manera encomiable, pues tienen la capacidad de afrontar los problemas con dignidad y alegría.
Cuando trabajé con ellos como contratista de corte, alce y transporte de caña entendí lo que significa trabajar mucho y recibir poco. Resulta que yo madrugaba a recoger a los corteros en varios municipios vallecaucanos. Apenas llegábamos al cañal, ellos sacaban su arroz con leche para desayunar y me lo compartían. Luego nos poníamos a trabajar duro hasta tarde. Pero comprendí rápidamente que semejante esfuerzo no era bien recompensado porque cada vez que recibía el cheque de la semana y les pagaba sus jornales, no quedaba mayor cosa. Eso me marcó a tal punto que se convirtió en la semilla de mi filosofía de vida, que es valorar la mano de obra.
En esta época del año cuando muchos colombianos no pueden disfrutar de unas vacaciones, es importante recordar el potencial de nuestro país, la enorme capacidad que tiene su gente y la urgencia de generar las oportunidades necesarias para que todos progresemos.
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