CEPEDA ES EL NUEVO GUAIDÓ

No fue una semana sencilla: Suiza eliminó a la selección Colombia, el volante Jáminton Campaz botó un gol en el último minuto, el presidente Tigre anunció su primera docena de ministros y el presidente Berto no los reconoció porque, para él, el ganador de las elecciones fue Cepeda: podría ser peor, podría haber dicho que fue el volante Jáminton Campaz.
El tribuno de Ciénaga de Oro informó al planeta entero, en un trino de madrugada, que conversó con Donald Trump, le pidió que lo sacara de la lista Clinton, y de paso le contó al presidente gringo que George Washington le regaló un mechón de pelo a Simón Bolívar: un cachumbo que Berto debería injertarse en la coronilla para mitigar el fracaso de su reforma más importante: la capilar.

Lo necesita para que pueda agarrarse de las mechas con Carlos Alonso Lucio, porque la pelea de estos dos viejos compadres del M-19 resulta insoportable.
Carlos Alonso, precisamente, fue quien abrió la jornada de empalme de la que es coordinador. Escucharlo era como estar en el culto. Invocaba de forma constante a Dios, se refería a sus milagros. Parecía un pastor rindiendo testimonio. Y de alguna manera lo es, porque si alguien puede decir que es la prueba viviente de la bondad del Señor es este hombre milagroso que ha vivido todo tipo de conversiones: fue guerrillero del M-19; dicen —sin que me conste— que fue asesor de los paras y del cartel de Cali; y, en esa espiral de descenso, también fue congresista. Solo le faltó vender Herbalife.
Con gran espíritu laico, el doctor Carlos Alonso bautizó la operación del empalme con el nombre de Arca de Noé por la cantidad de animales que la componían, en especial delfines, como Rodrigo Lara o Miguel Gómez. Parejas de sapos, de lobos, de lagartos que quedaron sin oficio porque, no sin razón, el Tigre, comandante del arca, ordenó suspender el proceso cuando Berto escribió esta frase en su cuenta de Twitter:
—El presidente es el filósofo Iván Cepeda.
Es decir: el candidato que perdió. ¿De dónde obtuvo semejante conclusión? ¿Es, además, Iván Cepeda, filósofo de profesión? ¿La filósofa del movimiento no era, acaso, la doctora Irene Vélez y, estirando la cuerda, el ministro de Educación? ¿No tenía más sentido escribir “el presidente es el k-poper Iván Cepeda”?
Berto, pues, autoproclamó a su candidato como ganador y en el canal RTVC informaron el hecho sin cuestionarlo, con lo cual, en adelante, Iván Cepeda se convirtió en una nueva versión de Juan Guaidó: un candidato que se autoproclamó presidente.
Ante semejante realidad, el único empalme que tendría sentido es el que se adelante entre el gobierno saliente de Gustavo Berto y el gobierno entrante de Guaidó Cepeda: que Francia Márquez le entregue las llaves del helicóptero a Aida Quilcué; Armandito, las del locker a Majo Pizarro; el ministro Ávila, la clave del wifi a Clarita López y Guillermo Alfonso Jaramillo, el puesto a sí mismo.
Otty Patiño podría hacer empalme con Danilo Rueda, el alto comisionado para Jugar Congelados que nombraría el gobierno de Cepeda. Y el nuevo canciller —¿mi tío Ernesto? ¿Mafe Carrascal? ¿Alguna mujer k-poper entrada en años?— lograría una victoria temprana al conseguir el reconocimiento de los gobiernos de Nicaragua y Cuba al nuevo régimen democrático de Iván Guaidó.
Ahora bien: todo el episodio comenzó cuando Carlos Alonso amenazó en la revista Cambio, sin necesidad alguna, con extraditar a Berto: ¿por qué lo hizo? ¿Qué ganaba el pastor con mostrar los dientes, o el báculo, o lo que rimara con él? Pero, sobre todo: ¿por qué aquellos compañeros de lucha del M-19 se aborrecen mutuamente de semejante manera? ¿Uno le quitó la cantimplora en el monte al otro y nunca se la devolvió? ¿Alguno desordenaba las cosas del otro en el cambuche? ¿Berto le metió a modo de broma un sapo en una bota Machita a Lucio?
¿O el desprecio sucedió después de sus años como guerrilleros, en el exilio, cuando Lucio y su pareja de entonces, Íngrid Betancourt, fueron a Bruselas, le pidieron prestada la cama a Berto y se la rompieron, según confesó el tribuno del pueblo en una entrevista?
El hecho es que no habrá empalme y Rosita Villavicencio se quedará con el vestido de guardia suiza que llevó al Vaticano. No se lo entregará al nuevo canciller, que es un señor Omar Bula, O. Bula, en las tarjetas personales: una Cancillería muy fértil. Se trata de un hombre levemente trumpista que llama a la China “el mugre del planeta”, aborrece a la ONU, ve la sombra de Soros por todas partes y dice que el cambio climático no existe: que el cambio climático son los papás. La ministra Carvajalino, de la cartera de Agricultura, no le pasará las carpetas del puesto a su sucesor, Indalecio Liévano, curtido estadista que adelantará su programa de crédito al latifundista desamparado en la patria mil-agro ingreso seguro.
Los Nadies, pues, se irán sin dar siquiera la mano a los Nunca, dentro de los que destaca la dinastía entera de la familia Gómez, incluyendo al nuevo jefe de gabinete, bisnieto de Laureano: otro delfín en el arca de Noé: “Noé trabajado y ya tengo puesto público”, dijo el muchacho.
En un acto valiente, el ministro de Defensa reconoció el triunfo de Abelardo, pero de cualquier manera el país será irrespirable. Si extraditan a Berto, como sueña Lucio —el overol naranja, el mechón amarillento de George Washington injertado en la cabeza mientras sube al avión—, el país se incendia en llamas. Si, por el contrario, Berto lidera libre la oposición, y agita a diario en la plaza pública la bandera roja y negra de la libertad o muerte, el incendio durará cuatro años. Y si lo reprime el primerizo presidente therian, con ayuda del báculo del pastor Lucio, la conflagración será del tamaño del ego del presidente.
No tenemos remedio. Nuestra única esperanza es que en 2030 elijamos un presidente que calme las aguas y sea en verdad querido por el pueblo. Puede ser Jáminton Campaz.
BOLETAS PARA LA FUNCIÓN DE DESPEDIDA - EL FIN DE "EL PETROVERSO"
BOGOTÁ
Sábado 1 de agosto (8:00 p.m.) - Auditorio Orígenes de la Universidad EAN
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