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MEDIO SIGLO SIN DE GREIFF

MEDIO SIGLO SIN DE GREIFF
Daniel Samper Pizano
Los Danieles

MEDIO SIGLO SIN DE GREIFF

En la mañana del domingo 11 de julio de 1976, hace exactamente cincuenta años, uno de los hijos del maestro León de Greiff acudió a la casa del poeta en Bogotá y lo encontró muerto. Tenía ochenta años. Pronto se extendió la noticia y todo el país lamentó la ausencia de este sabio adorable cuyo nombre completo era Francisco de Asís León Bogislao. Los medios de comunicación citaron sus más populares poemas, sus amigos recordaron agudos apuntes y circularon las más conocidas imágenes, con la boina vasca, la corbata mal anudada y la chaqueta tiznada de ceniza de Pielroja.

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“Porque me ven la barba y el pelo y la alta pipa…”. 

Unos pocos meses antes, a mediados de 1975, el abstruso vate había realizado una visita a su amigo Lino Gil en Cali, e inesperadamente cayó enfermo. Yo trabajaba en El Pueblo y tuve el privilegio de que don León me pidiera acompañarlo con mi mujer al médico mientras llegaban de Bogotá sus hijos. Aunque recordaba y recuerdo cada segundo de ese divertido encuentro del cantor de Bolombolo con el facultativo, me abstuve, por respeto con el impaciente poeta paciente, de escribir sobre la surrealista cita. 

Empero, al conocer y lamentar la noticia de su muerte, pensé que aquel episodio de León en el consultorio era una de las más entrañables escenas del genial antioqueño. Así que el 18 de julio del 76 pudieron leerla los suscritores del periódico caleño.

Ahora, al cumplirse medio siglo del viaje final del poeta con Señora Muerte, pensé que reproducirlo en Los Danieles sería un homenaje modesto y cariñoso a uno de los más grandes poetas de la lengua española.

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“Y lloremos un poco por lo que tanto fue…”

 

Un león en el consultorio

Daniel Samper Pizano

El maestro León de Greiff estaba enfermo. Había empezado a toser a las doce del día y a las dos de la tarde seguía tosiendo. Las venas de la frente parecían cordilleras y él soplaba como un huracán. Su anfitrión en Cali, el poeta Lino Gil Jaramillo, lo metió en un carro y lo llevó donde el médico. El maestro no quiso cambiarse la piyama; apenas se enfundó unas pantuflas y un saco de paño y nos mandó llamar a mi mujer y a mí. Pasado un rato la tos se había calmado un poco. Pero se le había alborotado el mamagallismo.

Su visita al médico fue una memorable comedia.

— Maestro —le dijo el médico al salir del cuarto donde lo auscultó—, lo examiné y ya sé que le pasa.

— No es hambre, no se preocupe.

  Usted padece una bronquitis infecciosa y, va a tener que tomarse unos remedios que le voy a dar. Ante todo, Digitoxina o Digoxina…

— ¿Cómo?

— Digoxina,,, Digo-oxina

— Bueno, diga lo que quiera.

— Además, tiene hinchadas las canillas.

— Ah, caramba,,,

— Para eso no le voy a recetar nada, sino que se cuide más y descanse.

— ¿Qué son las canillas?

— Además, maestro, tiene un poco fatigado el costado de la caja torácica. Lo que llaman “el corazón derecho”.

— No creo. Yo siempre he sido izquierdista.

— En cuanto a la bronquitis, no le voy a decir que deje el cigarrillo, porque creo que dejarlo no le afecta ni le beneficia.

— Eso suena científico.

— Cuando vuelva a Bogotá tiene que seguir consultando al médico…

— Yo duré veintidós años sin ir al médico y fue la mejor época de mi vida.

— Voy a mandarlo donde el doctor Enrique Alvarado.

— Yo iba mucho a Alvarado. A Alvarado, Tolima. ¿Ha estado allá?

— Necesito que se cuide, maestro. Vamos a tratar de que esté lo mejor posible durante los años que le quedan de vida, que ojalá sean muchos.

— Veinticuatro no más. Yo escribí una vez que moriré “la víspera de cumplir ciento cinco años”, y tengo setenta y pico. El pico es de nueve.

— ¿Cómo está de trago, maestro?

— Por prescripción médica me tomo cinco, seis o siete tragos por la tarde. Es para la tensión arterial y para dormir. Cuando uno está anciano duerme menos, ¿no es cierto?

— Sí, maestro.

— Ah, bueno.

— ¿Y de comidas?

— Yo solo como al desayuno: huevos fritos, café y arepas. A veces compro sardinas picantes y se las revuelvo a los huevos. Yo era buena muela, pero dejé el almuerzo en Suecia porque trabajaba en la embajada de las diez de la mañana a las cuatro de la tarde. Después dejé la comida. ¿Sabe qué sí como? Papaya. Como papaya mucho.

— Le encontré el hígado un poco grande.

— Mi hermano Ullov murió en el cuarenta y dos a los treinta y cinco años de un mal al hígado. Tenía cirrosis, que es una de las enfermedades más tremendas de la cabrona vida.

— Va a tener que tomarse varios remedios, siguiendo la prescripción y poniéndole cuidado a las horas. Pero es que yo no sé qué tan aconductado es usted, maestro.

— Según para lo que sea.

— Voy a darle la lista en un papelito.

— Eso sí, porque de memoria es difícil. ¿Sabe qué más como? Pastillas de astronauta. Me las manda una amiga de Venezuela.

— ¿Es bueno para tomar cápsulas?

— Inclusive las de disparar. Yo tengo un verso sobre “dos huequecillos minúsculos en las sienes”. ¿Lo ha leído?

— ¿El maestro qué tal es para inyecciones?

— Muy bueno. Una vez, en Bolombolo, sobreviví a una enfermedad mortal gracias a las inyecciones. A siete personas nos dio fiebre hemoglobínica y nos inyectaron arsenibenzol. Seis murieron. Yo sobreviví.

— Le voy a poner una inyección: Binotal 1000.

— Mi hijo Boris no resiste ver que me pongan una inyección en el rabo. Siendo un rabo muy bello. 

— A ver, maestro, la nalga izquierda.

— Chuce y no joda más.

— Con calma… espere le busco el negocio…

— El negocio está en la mitad, no sea pendejo.

El maestro respinga y hay que repetir la punzada.

— Ese cuadro de Merino en la pared… ¿Sabe, doctor, que yo fui muy amigo de Merino?

— Anjá.

— Yo he tenido tres caricaturistas amigos: Ricardo Rendón, Merino y Chapete. ¿Sabe cómo se llama Chapete? Hernando Turriago: Pero yo le digo Surriago, porque no me ha autorizado el tuteo.

— Aquí tiene la prescripción, maestro. Como hay antibióticos, debe ser muy puntual en los remedios. 

De Greiff mira con curiosidad la hojita de los fármacos. Luego lee en voz alta:

— “Doctor Jorge E. Velásquez”. ¿Jorge Enrique o Jorge Eduardo?

— Jorge Enrique, maestro.

— Ah, bueno.

De Greiff se cierra el saco de paño encima de la piyama, se despide del doctor y se aleja arrastrando las pantuflas. Va apoyado en el brazo de mi mujer y acompañado de su pequeño grupo. Unas horas después llegan a Cali sus hijos Boris y Hjalmar y lo llevan de regreso a Bogotá. Allí lo esperan largos días de cama, música clásica y tinto amargo mejorado con etanol. Ah, bueno.

(Publicado en El Pueblo, Cali, el 18 de julio de 1976, y retocado levemente por exigencias de contexto)

ESQUIRLA. Los manifiestos escritos por veintisiete notables y profesores sirven como base de reflexión en este país de locos. De locos irresponsables, influyentes, de diversos tamaños, de variados orígenes políticos y sumamente peligrosos todos. 

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“Juego mi vida, cambió mi vida…”
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