RÍOS VOLADORES

Jair Bolsonaro llegó al poder con los teócratas cristianos y la llamada “bancada ruralista”, compuesta por agroempresarios enemigos de las restricciones ambientales. También lo acompañaron los garimperios, gremio de mineros artesanales al que perteneció su padre y que su hijo después legalizó sin importar sus nocivas consecuencias ambientales.
A ese cordón de municipios en donde aplastó el bolsonarismo lo llamaron Arco de la Deforestación. Y es fácil explicarlo porque esos votantes viven de la madera robada y de la ganadería y la minería ilegal que se imponen en esa parte del Amazonas.
En Brasil lo llaman el Solimões. El río y todos los ecosistemas que alimenta componen el 61 % del país. Para el resto de América Latina y el mundo, la Amazonía brasilera es trascendental, porque en ese país descansa el 60 % de la selva amazónica.
Explicar por qué es necesario preservarlo ya es un lugar común. Y parece que mientras más estudios existen para demostrar su importancia para el futuro de la vida en este planeta, más crece el apoyo a los políticos que prometen destruirlo.
Uno de esos fenómenos ambientales sobre los que se apalanca la vida en el continente es el de los ríos voladores. Se trata de la humedad que se evapora del Atlántico, entra a la Amazonía en lo que los científicos llaman la evapotranspiración del bosque, hasta estrellarse con la cordillera de los Andes en forma de lluvia. Parecen corrientes enormes de bruma que viajan poseídas por encima de los árboles.
Tras tres años del gobierno de Bolsonaro, se registró el mayor incremento de deforestación en más de una década. Sin árboles, empezaron a encogerse los ríos voladores que riegan su lluvia sobre la cuenca que alimenta el sistema de Chingaza para Bogotá. (Todo y todos dependemos del Amazonas). Y un par de años después, por acá sufrimos sequías y racionamientos. (Todos bebemos de los ríos voladores).
El ministro designado de Medio Ambiente, el biólogo Fabio Arjona, le dijo a El Espectador que el proceso para declarar toda la Amazonía excluida de actividades extractivas fomenta “que la ilegalidad llegue masivamente. Entonces, nos quedamos sin el pan y sin el queso. Eso es un tema más que todo de origen populista: ‘Vamos a declarar la Amazonía libre de explotación minera’. ¡Paja! Es en el papel, pero en la práctica vas a contribuir a la ilegalidad. Hay que hacer un justo balance”. El justo balance que propone el futuro ministro podría conducir a que acá en Colombia tomemos la trocha bolsonarista. Lo importante es acabar la minería ilegal de la Amazonía, no reemplazarla con explotación legalizada.
Para Arjona, en todo caso sí hay territorios vedados: “De pronto, en áreas de piedemonte podría pensarse en algo”. Vaya uno a saber qué tan grandes son esas áreas y qué se imagina el ministro del Ambiente de la “patria milagro” por piedemonte, pero lo cierto es que la destrucción de la Amazonía nos respira a todos en la nuca. Las mediciones estiman que hasta ahora se ha deforestado entre el 12 % y el 17 %. El 25 % es el punto de no retorno. Cuando eso ocurra, los ríos voladores harán parte de los mitos y la sequía será generalizada; el agua será un bien preciado e inaccesible para la mayoría de personas de la región.
Por eso en el Amazonas todos persisten y allá sí hacen milagros, como el que ocurre en el corazón de Leticia todos los días. A las cinco de la tarde las copas de los árboles del parque Santander se inundan de miles de aves que se encuentran en un baile frenético. Lo hacen porque antes el Amazonas llegaba hasta ese lugar, pero el río se ha ido corriendo. Aun así, siempre retornan ríos voladores de pájaros que se rehúsan a aceptar el cambio de coordenadas y se reúnen a pesar del ruido y de la presencia humana que se apoderaron de su lugar de encuentro.
También persisten sus osos perezosos, su biodiversidad apabullante, sus curanderos y expertos milenarios, sus comunidades indígenas consagradas a recuperar tortugas, ríos y bosques, su gente enamorada de su tierra.
El escenario es además una selva transfronteriza en donde conviven tres nacionalidades como si fueran una sola. Colombia cuenta con el 10 % de este ecosistema y Perú, con el 13 %. En ambos países se acaba de imponer una visión que desconoce la apremiante necesidad de proteger la principal fuente de seguridad hídrica de América Latina. En Brasil amenaza con volver a gobernar de la mano de Flávio Bolsonaro, quien podría ser elegido en Octubre. Y si esas fuerzas se alinean, podrán acabarla en tiempo récord. Dejarán de viajar los ríos voladores y tal vez ese sea el castigo que merecemos por elegir codiciosos incapaces de protegerlos.
Si el presidente Gustavo Petro no hubiese dedicado el final de su gobierno a hacer campaña y, una vez perdió, a gritar fraude sin pruebas, tal vez hubiese podido concluir el proceso de consulta previa que inició el año pasado para declarar todo el bioma amazónico como zona de reserva. Pero eligió perderse en un río volador errático y turbio, incapaz de avizorar un futuro en el que no todo gire en torno a él. Y en eso se parece al Amazonas.
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