¿VOTAR POR EL MAN?
10 Abril 2022

Daniel Samper Pizano

¿VOTAR POR EL MAN?

¿Quién es Fico, al que nos están vendiendo como el más probable e inmediato presidente de la República? Difícil saberlo. Se presenta como un fulano cualquiera, y su costoso equipo de asesores de imagen lo pinta como un hombre de la calle. “Soy como vos”, confiesa Fico al ciudadano anónimo. Él mismo se desdibuja y, por asemejarse a la quintaesencia del compadre, prescinde de atributos particulares. No tiene nombre: el tarjetón decía Fico. No tiene partido político. No tiene jefes. Cultiva un aspecto de caminante de avenidas: greñudo, barbado, de “torpe aliño indumentario”, como señala Antonio Machado (poeta que él negará conocer y que es probable que no conozca). Viste como cualquier vecino, y se precia de ello. “De bluyines y tenis”, declara orgulloso. Pero si él carece de perfil, sus seguidores son sombras. “Apelo al ciudadano de la calle”. Esa que va allí, ese que acaba de coger el bus, aquella del moño...

¿Recuerdan ustedes la comedia Seinfeld? Sus creadores afirmaban que era “una serie acerca de nada”. Pues Fico es el caudillo de la nada. Dizque el poder no le mueve la aguja. Ni Bogotá ni Casa de Nariño. Proclama que gobernará desde la calle y las regiones. En fin, un tipo cualquiera, como usted o como yo. (Aclaro que jamás votaría por un incapaz como yo. Quiero a alguien muchísimo mejor y más preparado).

La situación me parece aterradora: estamos buscando a Supermán para gobernar este endiablado país y todo lo que nos ofrecen es un señor que pasa por ahí. Un tal Fico. “El candidato del pueblo”, según Semana, revista que le sirve de cartel publicitario. “Alguien natural”, comenta uno de sus asesores de imagen: alguien que “se puede tocar”. Un parcero. Un man.

Sin embargo, ese fantasma en cuyas manos pretenden poner los destinos de Colombia dista mucho del personaje “como vos” que le han fabricado con enormes gastos publicitarios. Es paisa, tiene 44 años, casado, con hijos, ingeniero con brochazos de gerencia y ciencias políticas. Su pasado no es el de un tipo del montón. Ha sido asesor de seguridad urbana en México y Buenos Aires, socio de una empresa internacional poco transparente señalada en los Papeles de Panamá, concejal de Medellín y alcalde de la ciudad entre 2016 y 2019. En su gestión alcanzó enorme popularidad (entre el 82 y el 86 por ciento de favorabilidad). Pero no todo fueron fríjoles y gloria. Su secretario de Seguridad resultó acusado por la Fiscalía de concierto para delinquir, y multado el de Gobierno por vulnerar normas electorales. El propio candidato tiene tres procesos abiertos en la Procuraduría, según el informativo El Armadillo.

La mayor crítica contra la administración de Federico Andrés Gutiérrez Zuluaga (tal es su verdadero nombre) se refiere al colosal montaje informático y propagandístico que opera en lo oculto y que está dedicado a alabar al personaje y ensuciar a sus adversarios. Entre 2016 y 2017 Medellín gastó en publicidad oficial más de 130.000 millones de pesos, según investigó La Silla Vacía. En el Periódico de la Urbe, de la capital antioqueña, Juan David Ortiz ganó un premio de periodismo Simón Bolívar por su pesquisa sobre la Bodega de Fico, epicentro de cuentas falsas manejadas por un equipo de redes sociales bajo el mando de Mateo Gómez Vahos, mago informático, contratista municipal, amigo del candidato y constante asesor de sus multimillonarias campañas. Hemos visto el entusiasmo con que grandes capitalistas y empresarios hacen vaca para reforzar las finanzas del que ha escogido la derecha como su salvador.

¿Qué hay y quién se esconde tras la aparente independencia y sencillez de Fico? Sergio Fajardo, del que antaño fue partidario, afirma que, aunque lo maquillen, “es la versión 2022 de Uribe”. Otros sostienen que, además, es la prolongación desgarbada de Iván Duque. Una pista estremecedora: su personaje favorito es el fascista Laureano Gómez.
Como entre paisas se conocen, pedí a un respetado antioqueño que contara a los lectores de esta columna quién es Fico y cómo fue su mandato. Esto me dijo:

De estadista, nada. 

Es un equilibrista. Caminó años por una cuerda floja para no dejarse pillar por el uribismo y usó bien los trampolines hasta ahora. La sospecha de serlo (o la curiosidad) lograron que de Federico Gutiérrez se preguntaran solo si era un caballo de Troya de Uribe o qué. Nada más. Pero ni una preguntica sobre finanzas públicas, sobre salud pública, sobre educación. Nada. Mejor para él, porque de lo otro nada.
Su alcaldía la empleó, básicamente, en hacerse campaña política. Nunca antes se habían gastado tantos dineros públicos en propaganda para inflar el ego de un funcionario.

No creo que Fico haya inaugurado la era de los políticos manirrotos con la plata del Estado, pero sí fue el que más se descaró: no solo toda la publicidad (medios, vallas, pancartas, viajes, invitaciones, galardones huecos), sino que construyó lo que llaman bodega para bombardear con lluvia ácida de descrédito a sus oponentes conceptuales a través de las redes sociales. Y de esa misma bodega salieron millares de ramos de rosas perfumadas sobre su brillante gestión y sus dotes de estadista.

Federico Gutiérrez hace aparecer a Iván Duque como un Carlos Lleras Restrepo. Y prolonga ante la nación la idea de que Antioquia es un productor de Cosiacas, de culebreros y de pistoleros, por cuenta de estos exponentes que, parece increíble, han nacido en la misma región de Nicanor Restrepo y Carlos Gaviria.

Hasta ahí el corresponsal, cuya identidad reservo. Hasta aquí yo. ¿Y hasta dónde y hasta cuándo Uribe I, Uribe II, Uribe III?

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