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LA SUERTE ESTÁ ECHADA

LA SUERTE ESTÁ ECHADA
Enrique Santos Calderón
Los Danieles

LA SUERTE ESTÁ ECHADA

Todo está dicho. Todo está jugado. Tan solo falta ver lo que sucede hoy. Y asimilar sus resultados con la tranquila madurez que ha demostrado el país en sus recientes duelos electorales. Que comienza, ante todo, por respetar el resultado.

Sería inconcebible que el presidente Petro insistiera en su actitud de cuestionar una elección porque le es desfavorable. Y todo indica que la de hoy lo será. Ocasión para que dé una muestra de talante democrático, felicitando al vencedor e iniciando, de paso, una profunda reflexión autocrítica sobre por qué no logró convocar a las mayorías, pese a haber gozado durante cuatro años de la mayor tribuna para dirigirse a la nación.

Sería reconfortante para el país que su saliente primer mandatario acogiera el veredicto de las urnas sin mezquinas reticencias ni peligrosas demoras, demostrando que es un jefe de Estado que sabe perder y es capaz de desearle a su sucesor que le vaya bien. Por el bien de la nación.  

No quiero anticiparme, pero hay pocos indicios de que así procederá. Espero equivocarme y que el petrismo no opte por un camino de oposición ciega y destructiva. Ni de verborrea desmedida. Hablar de que se podría "incendiar el país", como lo han hecho Gustavo Bolívar y el usualmente lúcido exdirector de Gestión de Riesgo, Carlos Carrillo, es jugar con un lenguaje apocalíptico que no por absurdo deja de ser dañino. Además de, este sí, incendiario.

Iván Cepeda no ha caído en estas posturas y, si es un líder serio, debe estar pensando más bien en cómo encauzar, dentro de las reglas del juego democrático, la oposición a un gobierno que representará la antítesis de su pensamiento. Si es que se consolida como su cabeza; si Petro no se le atraviesa y si no surgen otras figuras o movimientos que pasen al primer plano del protagonismo político.  

En el otro polo del espectro, Abelardo de la Espriella debe estar pensando en cómo liberarse de su imagen de extremista de derecha para lograr una base más amplia de apoyo, que le facilite gobernabilidad y suficiente oxígeno político. Lo ha logrado según las encuestas y, a partir de mañana, lo más probable es que Colombia tenga un presidente electo con intenciones de aplicar un drástico cambio de rumbo.

¿Hacia dónde precisamente? He aquí la cuestión y la necesidad de que comience a explicar mejor su programa de gobierno, más allá de consignas de campaña y generalidades sobre mano fuerte y orden público. Interrogante central es cómo piensa redefinir la estrategia de seguridad del país.  

Tiene sólidos apoyos políticos y gremiales y el previsible respaldo de esa amplia franja de colombianos indecisos o titubeantes que al final se montan siempre en el vagón que ven como ganador. Lo que digo no es derrotismo, sino realismo. Y es con realismo, desprovisto de odios o rencores del pasado, como se debe asumir la nueva realidad política que enfrentará el país bajo un mandato de don Abelardo de la Espriella Otero.

El tema da para mucho, pero hay que pasar a otro. Ya estamos en modo Mundial, con una selección que despierta entusiasmo y concentra, esta sí, toda la esperanza nacional.

El triunfo frente a Uzbekistán es un buen comienzo que nos coloca a la cabeza del grupo y nos libera de amargos recuerdos, como la eliminación en la primera fase del Mundial de Francia en el 98, o la derrota frente a Camerún por un error de Higuita en Italia en el 90.

He sido fervoroso seguidor durante sesenta años de todos los partidos de la selección Colombia, comenzando por el de Chile en el 62 y el inolvidable gol olímpico de Marcos Coll, que permitió empatar 4-4 a la Unión Soviética (que nos llevaba dos goles) y desató en Bogotá y otras ciudades un fervor callejero sin precedentes. 

No hay que insistir en que, como factor de identidad nacional o como pasión personal, el fútbol genera emociones muy diversas y hasta cambios de personalidad. Basta ver a las señoras, en otros tiempos displicentes con la frivolidad futbolera del marido, hoy todas de amarillo hasta los pies vestidas. 

Emoción patriótica o indignación nacional, todos los sentimientos afloran en el Mundial de fútbol. El 5-0 que le metimos a Argentina no se olvida, aunque haya resultado un "accidente de la historia", como lo calificó Maradona. Grandes victorias ha habido y también humillantes derrotas (el 9-0 y el 6-0 ante Brasil en el 57 y 77, por ejemplo) en el curso de una luchada trayectoria ascendente.  

Hoy el país tiene una selección seria, sólida y llena de talento. Solo falta que se inspire en el ejemplo de las mujeres, campeonas de la Liga de Naciones Femenina. Que el buen ejemplo cunda. 

P. S. 1: La pelea de artes marciales que organizó Trump en el jardín de la Casa Blanca para celebrar sus ochenta años desató la más indignada reacción imaginable. Miles de estadounidenses coincidieron por las redes en que fue un espectáculo denigrante y una vergüenza para la nación. ¿El que debió estar en la jaula es Trump?

P. S. 2: La caída del líder del Tren de Aragua en una operación conjunta de Estados Unidos y Venezuela era algo hasta hace poco inconcebible. Tiene mensajes importantes, que en este país pronto entenderemos.

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