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A UN PASO DE LA BARBARIDAD

A UN PASO DE LA BARBARIDAD
Daniel Samper Pizano
Los Danieles

A UN PASO DE LA BARBARIDAD

“Hay batallones de bobos que no votan porque dicen que da igual” - Víctor Manuel

Si las encuestas no se equivocan (quiera Dios que estén despistadas), Colombia se apesta a cometer hoy una de las mayores barbaridades de su historia: elegir como presidente de la República a Abelardo de la Espriella, un extraño personaje multicolor que se destaca, antes que todo, por su condición de exhibicionista multimillonario gracias a los honorarios con que lo han recompensado famosos delincuentes internacionales. 

Su “programa” de gobierno plantea, entre otras prelaciones, “destripar a la izquierda”, como quien vacía a un gato, y favorecer al gran capital. Sus planes de relaciones exteriores incluyen, acatando órdenes de Donald Trump, cortar amarras con las grandes instituciones internacionales (la ONU, la OEA, la FAO, Unicef, etc.), someterse a la dictadura del dólar y matricularse en un club de gobernantes ultraderechistas al lado de Bukele, Milei, Noboa y otros pájaros. Quienes acogen la doctrina belicosa de Trump deberán suscribir los 73.000 muertos de Gaza, la destrucción del Líbano, los desastres económicos que ha traído la guerra con Irán y la persecución miserable de latinos inocentes en territorio gringo por el imperdonable delito de trabajar.

Ocupan el escenario, al que ahora se añade De la Espriella, los dos más grandes políticos de nuestro tiempo: Álvaro Uribe Vélez, con un nefasto historial a cuestas, y Gustavo Petro, un hombre cuya lengua descontrolada ha causado nocivos efectos a él y a su causa. Esos dos rostros estarán acechándonos en el fondo de las urnas que hoy recogerán las quejas y sueños de los colombianos. Y, sin embargo, hay que votar. Hay que acudir a los puestos electorales y apostar por el uno, por el otro o por la papeleta en blanco (perfectamente legítima), porque, como dice la reciente canción de Víctor Manuel, no todo da igual.

Y puesto que no todo da igual, me apresuro a decir que mi intención de voto apoya a Iván Cepeda, cuya elección es aún posible. No obstante sus silencios ante algunas declaraciones absurdas de Petro, parece un tipo moderado, sosegado, con una hoja de vida limpia y una actitud abierta. Mi voto es por él, pero no puede entenderse como una aprobación general al gobierno de Petro que, si bien muestra logros en el reparto de tierras, la defensa del medio ambiente y las relaciones internacionales, en otros asuntos ha sido un mandatario esperpéntico, un peligro para la confianza institucional y un irreflexivo enemigo del propio candidato que apoyó. Tampoco es un voto en pro del Pacto Histórico, que ha reeditado algunas de las peores mañas de la vieja política: corrupción, desafío a la ley, clientelismo, favoritismos personales, abuso del poder.

A pesar de todo, elegir a De la Espriella más que un pésimo remedio sería otra enfermedad peor. Todo permite creer que comprometerá los derechos civiles, debilitará las libertades, trabajará por los ricos, rebajará aún más el menguado nivel que afecta a la ética pública y acudirá a la fuerza y la violencia como solución de problemas sociales. Sus perfilamientos y azuzamientos revelan a un tipo peligroso oculto bajo la imagen simpática y descomplicada del costeño chévere.

Rememos a la orilla opuesta. Tanto si la izquierda gana como si pierde, deberá practicar una revisión a fondo y emprender una profunda autocrítica sobre el fomento del odio en las redes, la exaltación de los seguidores más furiosos, la conversión de la red de información pública en instrumento político, la descalificación de quienes podrían estar compartiendo luchas. Que lo haga en grado sumo la derecha no autoriza a competir con ella. La arrogancia y el sectarismo han sido mal negocio para un movimiento de izquierda que aspiraba a prolongarse con el respaldo ciudadano. 

Una nueva opción en el poder exigiría un pacto diferente al que nos gobernó: más amplio, con equipos mejor preparados, con personalidades atractivas y capacitadas. 

El destino contrario, la oposición, es más exigente que el poder mismo. Aparte de desoír a los promotores virulentos y convocar en cambio a fuerzas democráticas contra el gobierno que tantos males presagia, debe ofrecer a los ciudadanos proyectos y propuestas que merezcan su apoyo. No basta con atacar al que sube y señalar sus fallas, que con seguridad serán muchas. Es menester ofrecer opciones mejores, o de lo contrario seguiremos hundidos en la ciénaga de la política tradicional.

En cualquier caso, hoy empieza una nueva etapa en el país y en las toldas progresistas. Es preciso estar a la altura de una labor que no solo será difícil sino, como lo empiezan a sentir algunos, también altamente peligrosa. 

Gracias a la inmigración

Mientras la extrema derecha europea aprueba medidas contra los inmigrantes, España debe su creciente progreso a los sudacas y otras nacionalidades. Un documento divulgado esta semana por el Instituto Español de Estudios Económicos revela que el sorprendente desarrollo de su economía “responde en buena medida a los flujos migratorios, motor del crecimiento”. Ocurre que las tres cuartas partes del aumento del PIB “son atribuibles a la contribución de la población extranjera”. El gerente del Banco de España, José Luis Escrivá, lo corrobora: “La inmigración representa una fortaleza desde el punto de vista económico”, declaró recientemente. Él lo sabe mejor  que nadie.

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