
Faltando pocas horas para cerrar las urnas y al pasar por el centro de Londres en medio de una ola de calor atípica, no registrada en el último cuarto de siglo, y observar estatuas y monumentos recubiertos en oro, así como joyerías de alta gama ofreciendo glamour y opulencia y, en la misma semana, en Oslo, escuchar a las organizaciones más importantes del planeta exponer sus preocupaciones y avances sobre las cadenas de valor libres de deforestación desde Indonesia hasta la Amazonía continental, pasando por el Congo (con un brote reciente de ébola en zonas de alta minería ilegal), puedo afirmar que el mundo se encuentra en una carrera por el acceso a recursos estratégicos, ya sean estos comida, energía o minerales, mientras nos preparamos —consciente o con golpes de facto— para los eventos climáticos extremos.
El crecimiento económico de los países del norte global es inversamente proporcional a la inequidad. Deterioro ambiental y resiliencia a eventos climáticos extremos fue el tema descrito por Bill Gates antes de la cumbre climática de cambio climático, donde afirmó: “Si bien la humanidad no desaparecerá con este fenómeno, sí habrá quienes lo sufran más de manera más extrema que otros, para lo cual habrá que destinar más recursos en salud y alimentación”.
Tamaña predicción corresponde a un escenario internacional donde los grandes inversionistas del planeta han incrementado la búsqueda de minerales estratégicos y ‘tierras raras’ ya sea para la guerra —incluyendo el manejo de datos e inteligencia artificial o tecnológica— y para la especulación financiera, así como de diferentes fuentes de energía que determinarán la velocidad de la autosuficiencia energética, siempre con los países tropicales con el sol a su espalda.
Para rematar, los mismos grandes inversionistas que buscan gas, níquel, coltán, ‘tierras raras’, bauxita, cobre y niobio son los mismos que desesperadamente demandan las últimas tierras agropecuarias del mundo porque, adicionalmente al creciente consumo de energía y proteína con poblaciones con mayor capacidad adquisitiva, esas tierras son hoy excelente refugio para la estabilidad de capitales de la gran inversión internacional (el mismo factor que lleva al interés por el oro está impulsando un interés por la tierra).
Colombia es un país con recursos naturales aún poco explotados e inclusive poco conocidos. La posibilidad de encontrar yacimientos, sean no convencionales o tradicionales, en fuentes de energía es muy amplia, sea continental u offshore . La existencia de minerales de transición, de ‘tierras raras’ y preciosos es enorme e inclusive aún desconocida para zonas geográficas.
De los 40 millones de hectáreas utilizadas para temas de agricultura de baja intensidad, más de un 70 por ciento están dedicadas a ganadería extensiva por especulación de tierras.
Así como en Indonesia se están concesionando millones de hectáreas en zonas de sabana y bosques públicos, al igual que en el Brasil se acaba la moratoria de la soya, las bancadas ruralistas en Colombia están presionando la ampliación de la frontera agropecuaria y gritan a los cuatro vientos que la altillanura debe ser el nuevo ‘cerrado’ colombiano.
En China, Europa o Estados Unidos, el consumo de carne, aceite, café, carbón, oro, cuero, madera y cacao seguirá creciendo, pero solamente en algunos de los mercados de consumo existirán los requerimientos legales para demostrar la debida diligencia o la muy importante trazabilidad de las cadenas productivas, asegurando que no venga de zonas de deforestación, sino también cumpliendo las regulaciones ambientales y el respeto de los derechos de las poblaciones rurales.
En pocas palabras, nuestro país está abocado a su fatídica ‘reprimarización’ extractivista, donde seguimos cinco siglos después con el café, oro, banano, ganado en pie, aceite, madera, flores, arroz y aguacate en su formato más primitivo. Y, adicionalmente, una larga fila de banqueros de todos los pelambres, colores, rasgos de ojos y acentos ofreciéndonos la plata para construir la infraestructura necesaria para transportar estas materias primas hacia el mercado internacional, donde serán convenientemente desarrollados y no le pondremos el valor agregado en nuestro trópico.
No importa si es hacia China, Estados Unidos, Europa o a los ávidos compradores de Oriente; lo cierto es que Colombia está en los primeros lugares de la disputa global de bienes que tienen un impacto directo sobre la deforestación y la degradación ambiental, la pérdida de suelos y aguas y la exacerbación de conflictos sociales y ambientales en zonas de extracción y, peor aún, ocupa uno de los primeros lugares en el mundo donde los grupos armados ilegales nacionales o internacionales están jugando un rol preponderante en el control de los mercados y los recursos estratégicos de interés mundial. Por lo tanto, la elección presidencial en Colombia no es un mero asunto doméstico, sino una crítica decisión de interés de grandes potencias económicas internacionales sobre un pequeño país incrustado en su eterna guerra interna, su mar de corrupción y su fragmentación de identidad nacional.
La robustez de nuestras instituciones, el marco legal, el pragmatismo económico, la imprescindible ‘desdogmatización’ del debate ambiental, la imprescindible inclusión de los datos de ciencia para la toma de decisiones e incluso la autocrítica del movimiento social frente a los desmadres ante el uso de la consulta previa (licencia social y demás derechos territoriales), serán necesarios a la hora de defender el patrimonio público ambiental de los colombianos frente a la maquiavélica tendencia de algunas potencias de impulsar la desregulación, flexibilización normativa y desaparición de la institucionalidad ambiental.
Sea cual sea el resultado electoral, los colombianos no podemos esperar que sea el mercado mundial el que genere las condiciones de consumo responsable; debe ser el propio Estado colombiano el que determine las normas y regulaciones para un mercado internacional, que no impliquen la destrucción, degradación y conflictividad en sus ecosistemas críticos.
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