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Álvaro García Jiménez
Puntos de vista

Cayeron en la trampa del tigre

Es curioso que después del triunfo de Abelardo De la Espriella la percepción política general —en los medios, en las redes y en las calles— es que el gran derrotado fue el presidente Gustavo Petro y no el candidato Iván Cepeda. Y muy seguramente esa distorsión —en el fondo— es la causa más importante de la derrota del proyecto progresista en Colombia.

Nadie puede negar que Iván Cepeda ha sido una figura importante en la política colombiana de los últimos años. Su papel como promotor del proceso de paz con las FARC y contradictor de Álvaro Uribe en los tribunales, le dio el estatus suficiente para tomar las banderas del proyecto de continuidad de la izquierda en el poder. Aunque ha defendido causas más que polémicas —como el Gobierno de Cuba, las figuras del régimen de Venezuela como Chávez y Maduro o el apoyo a guerrilleros tránsfugas de las FARC como Santrich— siempre lo ha hecho desde un tono sereno, sin estridencias y pretendiendo el control de las ideas y las palabras. Cepeda es exactamente la antítesis de Petro, que es impulsivo, reactivo, orador en tarima de odios, reclamos y excusas, amigo de la agitación, enemigo de la reflexión, usuario compulsivo de X y definitivamente más dado a confrontación que a la construcción de consensos. Todo esto para señalar que los posibles atributos de Cepeda como candidato fueron devorados —conscientemente— por la ansiedad de control y figuración de Petro, quien se despojó de su traje de presidente para ponerse el que más le gusta, el de candidato.

Petro terminó compitiendo con su protegido pero, eso sí, poniéndolo a cargar la pesada mochila de las vergüenzas de su gobierno. Cepeda nunca dijo nada —o no pudo decir nada— del saqueo a la UNGRD, del proceso por lavado de Nicolás Petro, de los topes volados de la campaña, del polígrafo a Marelbys, de los desafueros y excesos de la primera dama, del canciller Leyva señalando a Petro de drogadicto, de los títulos falsos de Juliana Guerrero, de las peleas entre funcionarios, del escándalo de ‘Papá Pitufo’, de la visita del mandatario a burdeles en Europa, de la crisis de los pasaportes, de los ataques permanentes a alcaldes y gobernadores, de las grabaciones de Benedetti, de la confrontación auspiciada por el presidente entre negros y actores porno dentro del Gobierno, del destierro político que promovieron contra Francia Márquez, de las frases racistas, de las relaciones del terrorista ‘Calarcá’ con altos funcionarios, del asesinato de Miguel Uribe, de la crisis de la salud y la extinción del ICETEX, de la reivindicación permanente del M-19 y de la bandera de guerra a muerte, de la debacle moral y financiera de Ecopetrol, de los insultos a las cortes y al Banco de la República, de la crisis internacional con los vecinos del continente etc… Y mucha gente se dio cuenta de eso.

Mientras tanto, Abelardo de la Espriella le dio lógica e identidad total a su opción política. Ganó porque fue coherente, disciplinado e innovador. Fue el vehículo más adecuado para castigar al Gobierno Petro. En tiempos de desconfianza hacia la política, se presentó y se comportó como un “outsider” —rechazó explícitamente y hasta con rudeza el apoyo de partidos tradicionales— conectándose plenamente con la tendencia global. Se movió con agilidad en una realidad que sus contrincantes no vieron: la elección ya no era entre Petro y Uribe, y los dejó peleando con fantasmas. Logró apropiarse del discurso del cambio y dejó a Cepeda en el tablero como el representante del establecimiento político. Finalmente interpretó con claridad la necesidad y la demanda de seguridad y autoridad, atributos manoseados por Petro desde el primer día de su gobierno. Petro cayó en la trampa que le tendió el ‘Tigre’ y se montó al ring cuando no le tocaba, no era su pelea; y dedicó a usurpar los espacios de su propio candidato.

En un país claramente dividido, Abelardo interpretó un sentimiento generalizado y lo capitalizó para sacar la ventaja necesaria para ganar la presidencia: millones de colombianos no votaron solamente por una propuesta de derecha o una doctrina conservadora. Sin duda en el resultado de la elección pesó mucho una experiencia de gobierno. Y seguramente por eso en las canciones de la campaña de Abelardo solamente se mencionaba a Petro, nunca a Cepeda: él —al fin y al cabo— no era el verdadero contradictor. Aunque en el voto de cada ciudadano siempre hay una esperanza de futuro, en esta ocasión pesó mucho un plebiscito sobre el presente. 
 

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