
En la película Match Point de Woody Allen, una pelota golpea la cinta de la red durante un partido de tenis y queda suspendida en el aire durante unos segundos. Puede caer de un lado o del otro y eso significará la victoria o la derrota. Son tan solo unos milímetros que pueden cambiar una vida o definir el éxito o el fracaso. Son pocos milímetros y un instante: “aquel que dijo ‘más vale tener suerte que talento’, conocía la esencia de la vida... La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte. Asusta pensar cuántas cosas se escapan a nuestro control... En un partido hay momentos en que la pelota golpea el borde de la red y en una fracción de segundo puede seguir hacia adelante o caer hacia atrás... Con un poco de suerte seguirá hacia adelante y ganas, o no lo hace y pierdes”. Así comienza la película como una gran metáfora de la vida.
Pero muchas veces ni siquiera depende de la suerte o del talento, sino de algo mucho más profundo o misterioso. Qué factores influyen para que la gente acuda masivamente a comprar un libro y lo convierta en un best seller en cuestión de horas o que agote la taquilla de un estreno cinematográfico. ¿Qué fue lo que llamó la atención a finales de mayo de 1967 de miles de lectores argentinos, preocupados por un posible descenso a la segunda división del River Plate, a comprar un libro cuya portada era un galeón sobre una espesa selva de un autor desconocido, colombiano, con el título Cien años de soledad? Todavía sigue siendo un misterio, pero esa caída de la pelota al otro lado de la red significó no solo el reconocimiento universal de Gabriel García Márquez, sino el inicio de la travesía épica de un libro que ya es un clásico de la literatura universal. Esto solo por poner un ejemplo.
En política, el match point ocurre a cada rato. En Colombia, el preconteo de la reciente segunda vuelta presidencial muestra, en medio de una masiva votación, un empate técnico de tan solo doscientos cuarenta y cinco mil votos equivalentes a un 0.96 por ciento. Menos de un punto. La pelota en el límite abriendo una grieta sobre el polvillo de arena. Sin embargo, esa grieta señala algo que ya se nos revelaba en octubre de 2016 cuando ganó el plebiscito por la paz por un escaso 0.43 por ciento. Ya sabemos que ese día el match point no dejó una grieta, sino que quebró al país en dos mitades.
Esos dos países se reflejan hoy en un gigante espejo roto. Esos dos países tan distintos y con visiones de futuro tan distantes es la realidad que arrastramos hace años. Ninguno de los dos países puede cantar una rotunda victoria ni una derrota aplastante. Es difícil nombrar esa orfandad de las dos mitades que a pesar de compartir un territorio y unos símbolos hace mucho imaginan porvenires tan distantes y memorias históricas con relatos tan diferentes.
Esa grieta convertida en fractura sobre el polvillo de arena de nuestro presente cada vez nos distancia más entre la incertidumbre, la rabia y la tristeza. El match point favoreció un lado y pareciera que un mínimo porcentaje debería facilitar unos acuerdos y unos diálogos urgentes, pero por el contrario marcó un abismo mucho más profundo. Han quedado heridas más abiertas, contradicciones más hondas y diferencias irreconciliables. Es la realidad del país acorde al nuevo orden mundial. Todo indica que quien lleva la iniciativa en el tono de la confrontación y agresividad lleva las de ganar sin importar las sombras que lo rodeen. Los nuevos lenguajes y plataformas contribuyen a la amplificación del miedo. La nueva ultraderecha ha aprendido muy bien a usar las nuevas tecnologías y algoritmo para disfrazar la intolerancia y el resentimiento en proyecto político.
Ese 0.96 por ciento es el territorio del “casi”. Es el espacio de sueños que estuvieron a punto de suceder. Un reflejo de la realidad de la vida donde postergamos siempre algo: cuando tenga plata hago el viaje o cuando tenga trabajo me doy ciertos gustos o cuando tenga salud haré deporte, etc. Ese 0.96 por ciento del “casi” prueba que trece millones de personas siguen creyendo en una sociedad distinta, más abierta y plural.
Las dos Colombias seguirán mirándose con sospecha y seguirán desconfiando del relato del otro como dos memorias enfrentadas sobre la forma de entender la paz, la libertad y los derechos de todos. Por eso lamento que por ese estrecho margen lo que iba a resultar un momento de inflexión de nuestra historia terminara siendo una jornada de frustración e impotencia. Los que habitamos el país del SI y que votamos por Iván Cepeda nos tocó recordar aquel aforismo de Jorge Luis Borges que dice que “la derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce”. Una vez más nos tocó refugiarnos en esas palabras para autoconsolarnos. La diferencia es que ese estrecho margen nos dejó la votación más alta de la izquierda en Colombia. Eso pone a Iván Cepeda como jefe indiscutible de la oposición y de la bancada del Pacto Histórico en el Congreso. De Igual forma, pone a Aida Quilcué como cabeza de la bancada en la Cámara de Representantes. Ojalá desde la campaña de la ultraderecha, con su afán revanchista y discurso de odio, sepan leer ese estrecho margen y comprendan que deben gobernar para los habitantes de los dos países quebrados y proponer alguna estrategia para un posible acuerdo nacional como tanto lo propuso Iván Cepeda, porque de lo contrario “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la Tierra”.
Por mi parte, al igual que el 2 de octubre de 2016, traigo unos cortos versos de la gran poeta uruguaya Cristina Peri Rossi: “Tengo un dolor aquí, del lado de la patria”. Estoy con ese dolor, del lado de la patria en la que siempre he estado y sintiéndome tan lejos de los que votaron por el otro proyecto de nación. Ahí está el muro, como ese viejo muro de Berlín que dividió una historia y una identidad en dos países lejanos.
Como en Match Point, la pelota cayó de un lado de la red y el otro país se llena de miedo frente a las consecuencias. El asunto no es dónde cayó, sino comprobar cuán cerca estuvo de hacerlo al otro lado. Ese 0.96 por ciento es la medida exacta de nuestra fragilidad y también de nuestra responsabilidad y fracaso. Por el momento, parece que seguimos avanzando hacia el mismo destino de los Buendía y ser una nación atrapada en el círculo de sus propias guerras, convencida de que siempre habrá una segunda oportunidad, hasta descubrir, muy tarde, que algunas historias, como advirtió García Márquez, no la tienen: “Esto es amigos, el nudo de nuestra soledad”.
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