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CANTO MI VOTO

CANTO MI VOTO
Daniel Samper Ospina
Los Danieles

CANTO MI VOTO

Tengo dos primos que son hermanos entre sí y piensan votar esta mañana por candidatos diferentes, y cada uno invirtió la semana en llenarme de argumentos para sumarme a su tropa.

El que piensa votar por Cepeda dice que Abelardo es fascista; el que piensa votar por Abelardo dice que Cepeda es comunista; y cada vez que hablo con alguno de ellos termino tiritando de la ansiedad y de la angustia, y con ganas de llegar a la casa a abrazar a mi osito de peluche.

—Si no va a votar por Cepeda, váyase olvidando de ser mi primo —me dijo mi primo, valga la redundancia, de forma perentoria, en un café al que me citó en el Parque de los Hippies: aquel emblemático lugar en el que la semana pasada unos jóvenes del Pacto Histórico organizaron un concurso de personas parecidas a su candidato. Ganó Clarita López. No participó, cosa curiosa, Roy Barreras. Que tiene fama de ser muy doble.

Después del café, mi primo cepedista me llevó al evento en el que unos líderes intelectuales de centro-izquierda, llenos de júbilo, adherían —algunos por segunda o tercera vez— al candidato, y posteriormente me enseñó a saludar con los dedos, como los k-popers.

Observar en cuerpo presente a Iván Cepeda me sorprendió. En persona, su parsimonia cautiva. Reconozco que tenía algunas prevenciones, porque es el candidato del presidente Berto y por estos días ando sentido con el presidente Berto. Decidió editar una colección de diez tomos con sus mejores discursos, y no tuvo el detalle de mandármelos como regalo. Retiraré las cesantías para comprarlos o esperaré a que salga la película. La protagonizará Cuba Gooding junior.

Tenía mis prevenciones con el candidato de la izquierda, digo, pero entonces en el evento sacó su papelito y leyó un discurso, y quedé como ha quedado él mismo frente a los escándalos más graves del gobierno: con la boca cerrada. 

Sí: es verdad que por momentos no parece convencido de retirar la idea de convocar una constituyente y que su fórmula vicepresidencial se ufanaba de su propia pereza académica. Pero los comerciales en los que algunos de sus adeptos observaban un partido de fútbol (con la camiseta que él mismo vetó), e Iván timbraba y los saludaba con euforia, me llenaron de ánimo: “Es un hombre como uno”, pensé. Le gusta la selección.  

A modo de respuesta, mi otro primo me invitó a uno de esos costosos restaurantes internacionales de menús de degustación, cuyos platillos son tan caros como diminutos, después de los cuales uno sale muerto del hambre a buscar un perro caliente. En el Parque de los Hippies.

—Tráigame un ron Defensor —ordenó mi primo al mesero, un señor parecido a Álex Saab, experto en alimentos como él.

Mi primo se tomó un sorbo largo y me explicó la importancia de votar por el Tigre para atraer inversión. Después pidió un vino marca Fratellone, hizo un buche, frunció el ceño y aprobó.

—Es el vino de Abelardo —me dijo mientras elevaba la copa para examinarla a contraluz—. Es espeso, oloroso y está bien de cuerpo.

—¿Y el vino qué tal está? —le pregunté.

Le planteé mis reparos al candidato exateo, exabogado de narcos y extorturador de animales:

—Su jefe de campaña es Donald Trump… —le advertí.

—¡Exacto! ¡Cómo no votar por él!

—¡Pero si nos va a terminar entregando a los gringos! —le reclamé.

—¡Y da pena con ellos, yo sé, pero en dos años este país será otro gracias a la patria milagro! —alegó.

Y en adelante me explicó las ventajas de la patria milagro, y me mostró la adhesión del Sagrado Corazón a la campaña gracias a la gestión de José Manuel Restrepo.

Luego pagó la cuenta en dólares y me pidió que fuéramos a un meeting —lo dijo así: meeting—, con gente de la campaña, para lo cual me enseñó a ponerme en firmes por la patria.

Embebido por la euforia, pleno de ser parte al fin de una manada, terminé abrazándome en círculo con varios zucaritas vestidos con la camiseta de la selección, mientras coreábamos como argentinos que Abelardo era el tigre de nuestras vidas. 

 —¡Andá a destripar a mi hermano! —me dijo mi primo sin abandonar el acento austral.

—¡A destriparlo para qué!

—¡Y a pedirle a Marco Rubio que le quite la visa!

Soy demasiado tibio para todos los gustos. Quizás —como decía mi primo de derechas, a modo de argumento final— Abelardo es el candidato natural de los humoristas. Su gobierno ofrecería contenido a borbotones, aunque puede arrestar a quien se atreva a hacerlo: unas por otras. Pero si voto por el Tigre, mis gatos no me lo perdonarían.

A la vez reconozco que votar por Iván sería una forma de agradecer al presidente Berto por las labores de su gobierno en favor de la vida. Porque más allá de los 55 mil asesinatos que dejó su cuatrienio de “patria o muerte”, dentro de los que destaca un candidato de la oposición, o del reguero de muertos que dejó el colapso del sistema de salud, es el hombre que demostró que las instituciones colombianas pueden soportar un gobierno de izquierdas, aunque quizás no dos. 

Pero en este momento estoy corto de liquidez, y votar por Cepeda implica comprar un bidón de gasolina, cara como nunca, para protestar en la calle, como indicaron Carlitos Carrillo y Gus Bolívar, los exfuncionarios humanos. (En caso de que Iván pierda; si gana, los resultados serán reconocidos democráticamente.)

Ha llegado, pues, el día crucial. Observaría los resultados con mis primos, pero desde la primera vuelta no se hablan. Uno hace parte de los más de diez millones de fascistas que elegirán a Abelardo; otro, de los más de diez millones de comunistas radicales que subirán a Cepeda para que se instale para siempre. Me propongo invitarlos a almorzar a partir de mañana, ojalá en un lugar neutral, libre de tendencias ideológicas, que nos guste a todos: el Crepes de cualquier esquina. No resultará sencillo tender puentes: cada uno elaboró una celda con los ladrillos de sus sesgos. Aunque ladrillos, los diez tomos con los discursos de Berto. Qué ganas de abrazar a mi osito de peluche.

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