
Hoy salimos a votar libremente, pero temerosos de que el presidente de Colombia insista sin evidencia en que hubo fraude en la primera vuelta, lo que probablemente se repita en esta vuelta, y que a raíz de esta situación nos arroje al incendio con el que sus esbirros amenazan a una ciudadanía que en los últimos 123 años ha visto morir asesinados, o en el fragor de escaramuzas, alrededor de 550.000 personas por decisiones irresponsables de sus líderes en 1903, en 1948 y desde 1957 hasta ahora. ¿Vamos a hacer algo ahora para no abrir otra vena rota?
Muy posiblemente ya puede ser tarde para detener la historia y evitar cientos de miles de víctimas adicionales. Hemos actuado como sonámbulos los últimos cuatro años, levemente conscientes de que nos van a arrojar por un despeñadero, pero incapaces de actuar individualmente y carentes de canales de acción colectiva que permitan desviar el peligro.
Tuvimos en primer lugar todo un año, entre 2022 y 2023, para no haber permitido que Petro probara cautelosamente hasta dónde podía ponerse de gorra las instituciones y hasta cuándo podría hacerlo sin provocar una reacción efectiva de la oposición o de los ciudadanos. Después de 2023 ya dejó de tantear y se entregó a desbaratar lo que se había logrado construir en los anteriores cuarenta años sin control u obstáculos distintos a la resistencia pasiva pero temerosa y silenciosa del Congreso y de las cortes.
La población permaneció abúlica en su mayor parte, incapaz de reaccionar o tomar decisiones para evitar el destrozo, o sometida por grupos armados a la inacción y dominada por el terror impuesto por los que supuestamente negociaban con el Gobierno la Paz Total. A partir de 2023 fuimos espectadores involuntarios de instalaciones de arte vivo (performances) en las que el jefe de Estado, cuidadosamente disfrazado de local, despotricaba contra el ayer, incapaz de construir el mañana. La población no dejaba de ser consciente de estos actos, pero los admitía como irrelevantes o quizás los veía como desfogues que permitían bajar la presión y mitigar el daño que provocarían actuaciones menos simbólicas, pero más perjudiciales. Estas performances tenían sin embargo el objetivo de enardecer los odios y agudizar la desconfianza.
El final de la partida comenzó hace tres semanas, después de la primera vuelta, cuando el presidente verificó que no tenía los votos para asegurar la continuidad y decidió enviar mensajes para indicar que no está dispuesto a permitir la derrota en la segunda vuelta: ha insistido en desconocer el resultado de esa elección e incitar a sus seguidores a “incendiar el país”, como lo dijo claramente Gustavo Bolívar, inconsciente de que esto le puede significar a él que sin visa no hay paraíso.
El presidente no previó o posiblemente no le importó que la candidatura de Iván Cepeda quedara afectada y que Cepeda podría ‘abrírsele’, como sucedió a medias. Ese fue el momento cuando Iván pudo condenar a los aspirantes a pirómanos y también cuando todos nosotros, los sonámbulos, le pudimos haber advertido al presidente que si él insistía en que hubo fraude nos abstendríamos de votar o votaríamos en blanco.
Cepeda pudo haberse comprometido a no cuestionar sin evidencia los resultados de la primera vuelta y la de hoy. Ya eso no sucedió. Nos queda la inquietud de cuál va a ser el fin. Cómo en la obra de teatro Endgame (en español Final del partido).
Vamos a saber si los sonámbulos despiertan y, si lo hacen, ¿podrán apagar la hoguera?
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