
La reciente visita del secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, visibilizó algunos cambios en el entendimiento bilateral que es preciso registrar. Para empezar, el tono es distinto al que estamos acostumbrados a observar. En la rueda de prensa fue claro desde el comienzo que ni Petro ni Blinken estaban en el negocio de soltar frases huecas ni de apostarle a las declaraciones vacuas para evitar desacuerdos públicos. Y eso está muy bien. Es útil que todos nos familiaricemos con los grandes desafíos que plantea nuestra relación con Washington y no se viola ninguna norma del protocolo diplomático cuando se contradice o se matizan las afirmaciones del interlocutor. Al contrario, es una forma de expresar en dónde está parado cada uno y cuál es la naturaleza de su posición.
Pero, además, tuve la impresión de que la actual administración Biden también entendió al gobierno anterior colombiano como una pausa, un paréntesis que ya es preciso cerrar para continuar trabajando con los temas prioritarios. Por eso la insistencia en regresar a la implementación del acuerdo de paz. Como muchos de nosotros, el gobierno estadounidense parece tener la impresión de que por ponerle todo el capital político al proyecto de la paz total, se está descuidando la implementación de un acuerdo que ya es una realidad. Entonces, en este campo, no sobra el llamado de atención.
El único espacio de gestión que Blinken le reconoció al gobierno anterior (de nuevo, como muchos de nosotros) es el de la puesta en marcha del Estatuto de Protección a los venezolanos migrantes. Como en el caso del proceso de paz, Estados Unidos quiere algo de continuidad en ese sentido y un compromiso con el verdadero otorgamiento de garantías a los migrantes a través de dicho estatuto.
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