
De repente, el frío me recorrió de arriba abajo. Me paralicé. A los pocos segundos intenté reaccionar, levanté la cabeza y miré a la ventana. Arrugué la mirada. Empecé a sollozar, solo. Por fortuna, estaba solo. Sentí muy fuerte cada gota que se estrelló contra el vidrio. Llovía a chorros.
Cuando las lágrimas comenzaron a nublarme la visión, empezó a dibujarse en mi mente la imagen del niñito de seis años, hermoso, con un sombrero aguadeño que le quedaba perfecto sobre su cabecita, dejándole ver apenas su corte de pelo rapado, que personalmente en los niños me gusta mucho, pero que en mi casa se niegan rotundamente a usar.
La imagen está en una foto en blanco y negro que me saltó a la cara cuando leía sobre lo que le sucedió a este angelito con nombre de emperador. En el retrato posa montando feliz lo que parece ser un caballito de palo, mirando a quien le toma la foto y no al lente de la cámara, misión imposible con las criaturas de esa edad. Lo sé por experiencia.
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