
Según los últimos datos del Ministerio de Relaciones Exteriores hay 4,7 millones de colombianos viviendo en el exterior. Ya pasamos o estaríamos cerca de llegar a los 5 millones. Eso es, aproximadamente, un 10 por ciento de la población del país, una relación bastante alta comparada con el mundo y más con países de nuestras características. Colombia ha sido muy hostil con sus hijos. Sea cruzando el Darién o embarcando en El Dorado, cortar raíces y empezar de cero ha sido la única salida para millones de los nuestros. La diáspora colombiana es una historia poco feliz.
En los 60 y 70 la violencia interna y el boom petrolero de Venezuela movilizaron a muchos a probar suerte al oriente del Orinoco, la gran crisis financiera de 1999 despidió a cientos de miles a EE.UU. y España y en general, a cuentagotas, cada etapa del país obliga a jóvenes y familias a lamerse las heridas, cerrar los ojos y buscar lo que Colombia no les supo dar. Casi todos tenemos algún amigo o familiar al que la vida no le dejó otra.
La estadística global no computa los millones de desplazados internos que escapando de balazos lo perdieron todo y no hubieran dudado un momento en sumarse a la diáspora si hubiera existido la opción. Ni para tantos otros para los que partir es siempre una tentación que se les presenta como una gotera diaria, mientras sobrellevan la esforzada tarea de vivir bien en Colombia.
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