«Irra empezó a sentir una desazón en el estómago. Hambre. ¿Cómo era posible soportar tanto tiempo sin comer? Miró su anzuelo y las lombrices dentro de la totumita llena de barro. “Pueda ser que me pesque unos cuantos charres hoy —pensaba—. Aun cuando rabicoloradas prende este anzuelo...”. La desazón se iba esparciendo a todo el cuerpo... Sintió náuseas, un vahído... Se incorporó, sosteniéndose del borde de la champa. El estómago se revolvía produciéndole un cosquilleo, ansias de vomitar... Sacó la cabeza hacia el río... Se miró su imagen en el agua... Y el primer empujo de vómito... Su garganta gorgoteaba y sentía que el estómago se le saltaba por la boca... Pero nada arrojaba... Se apretó el vientre y luchaba por vomitar. Hasta que fue saliendo una cosa verde, viscosa, que sabía amarga...
(…)
Extenuado, la comisura de los labios amargada por el vómito verde, se tendió de espaldas en el plan de la piragua. Yacía allí rendido, nervioso, mirando vagamente el cielo claro sobre su frente.
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