Mi Supermán medía 1.93. El de ahora, 1.85. El colombiano, 1.74.
Cristopher Reeve, el hombre de acero de mi época, pesaba casi 99 kilos. Henry Cavill, el de ahora, 93. El colombiano, 66.
El de antes rayaba en la perfección. Era “más rápido que una bala, más poderoso que una locomotora, capaz de saltar el edificio más alto de un solo impulso”, como lo decían en la presentación del programa de los años ochenta que —de tanto verla— terminé memorizándola.
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