
La ansiedad de la recta final de las elecciones genera toda clase de maromas conceptuales para justificar y darle legitimidad a las jugaditas que hacen unos y otros para hacerse a “aquellos votos”. No deja de sorprender que líderes y sazonados opinadores desplieguen todo su ingenio para que los pecadillos parezcan virtudes; para que lo inaceptable se normalice; para que lo malo parezca bueno; para que las mentiras inocultables pasen a ser inofensivas imprecisiones; para que toque esperar al veredicto de la justicia.
Eso importaría un bledo si esos argumentos se usan para tranquilizar las conciencias personales. El asunto se vuelve peliagudo cuando se esgrimen esos “axiomas” de cara a la sociedad para tratar de llevarla a aceptar el comportamiento de algunos políticos y que la prevalencia de ciertos comportamientos sea inevitable. Este tipo de justificaciones es lo que ha sumido en el cinismo a millones de compatriotas. De ahí la trascendencia de desenmascarar las falacias que esconden esas lógicas colectivas que llevan al “todo se puede”.
“Hay que hablar con todos”. El dialogar es reconocer al interlocutor. La decisión de interactuar con una persona —aún más en el caso de que detente autoridad o representación— es otorgarle legitimidad y reconocimiento. Es bien sabido en la diplomacia, en la política y en la guerra que la decisión de dialogar no es neutra, siempre tiene consecuencias. Que no nos digan que “era solo un tintico”.
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