
Los testimonios de Aida Merlano nos han revelado que el conglomerado Char funciona como una mafia, un núcleo familiar no muy distinto al de la Cosa Nostra que el cine nos ha vendido: compra de votos, amenazas, negocios y socios oscuros, y una historia de amor que no pudo ser. Este escándalo confirma también lo que ya muchos sabían: que los Char gozan de un poder avasallador en Barranquilla y en todo el departamento del Atlántico, donde han sido gobierno por casi tres lustros.
Sin embargo, estas escuetas revelaciones no han impedido que los analistas y periodistas traten con extrema ligereza —y también con un dejo de desprecio — este fenómeno que, por supuesto, debería preocuparnos a todos. Pienso que los bogotanos seguimos viendo lo que pasa fuera de Bogotá como un circo. En el interior, y me incluyo, hemos sido incapaces de entender la complejidad de la cultura política barranquillera. No es mi intención explicar a fondo sus rasgos, pero sí quiero dejar algunas reflexiones sobre la interpretación que desde el centro se ha dado durante años al fenómeno Char.
Ha sido costumbre describir el poder de esta familia en Barranquilla como si fueran emperadores, líderes amados que hacen lo que quieren en una ciudad que les rinde pleitesía. Un feudo en el que un millón y medio de personas se someten ante sus señores. Un pueblo consciente de la entrega incondicional de sus soberanos, de quienes se deja manipular a cambio de pan y circo, y de una que otra nueva obra. Esa analogía, aparte de anacrónica, evoca el terrible estereotipo que comenzó a construirse a finales de la Colonia: que en las tierras cálidas no habrá nunca civilización y que sus gentes son más propensas a sucumbir al deseo, al engaño y la trampa. Hace poco leí en la prensa un párrafo sobre la “cultura de la costa” y la “cultura barranquillera” como explicación de la ilegalidad y el adulterio en el caso Merlano. Solo faltó decir que los costeños parrandean días enteros con una botella de ron en la mano y se la pasan echados en la hamaca.
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