
Íngrid Betancourt y Rodolfo Hernández pusieron a bailar a todos a su ritmo. Con un discurso anticorrupción —tan gaseoso como efectivo—, los dos candidatos les impusieron a sus contradictores un estándar imposible de cumplir: hacer política sin políticos.
Líneas rojas por todos lados: “Petro es un traidor por buscar el apoyo del Partido Liberal”, “Alejandro Gaviria le abrió la puerta del Centro a Cambio Radical”, “Enrique Peñalosa se entregó por un aval a la politiquería de La U”. Qué peligro la Santa Inquisición de la política colombiana, señalando qué alianzas son pecados mortales, como si solamente fuera incorruptible quien llegue solo a la primera vuelta.
Claro, los partidos, con su falta de principios programáticos y su clientelismo descarado —y muchas veces corrupto—, son responsables de erosionar la confianza de los colombianos. Sin embargo, las reglas del juego son claras y tarde o temprano, en campaña o como Gobierno, los candidatos del dedo acusador van a necesitar a esos partidos y terminarán cayendo en el pecado original de las alianzas. En ese momento, quienes borraron los límites entre la corrupción y el ejercicio normal de la política serán víctimas del ambiente macartista que ayudaron a crear.
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